La historia que abre la recopilación de cuentos de gatos realizada por Avery Hopwood y publicada en 1921 con el título “Lords of the Housetops: Thirteen Cat Tales” (Señores de los tejados: Trece cuentos gatunos) está escrita por Mary Eleanor Wilkins Freeman y se llama sencillamente “The Cat” (El gato). Es un cuento sencillo, directo, extraño, sorprendente incluso.
Empieza así: “Caía la nieve, y el pelo del gato estaba rígido y en punta, pero seguía imperturbable. Permanecía sentado, preparado para el último salto, y así llevaba horas”. Sigue diciendo que es de noche, pero que poco le importa porque ese invierno estaba solo. Ninguna voz en el mundo le llamaba y no le esperaba un plato cerca del fuego. Solo tenía hambre, mucha hambre, y pocas presas salían con un tiempo semejante.
Describe la paciente espera del gato ante la madriguera de un conejo entre una pared de roca y un precipicio, y cómo, por fin, consigue hacerse con el conejo. Acaba el párrafo diciendo: “Y el gato se fue a casa, arrastrando a su presa”. El gato vive en una cabaña en medio de las montañas que construyó el hombre al que “pertenece”. Para entrar, debe trepar por un árbol que da a un ventanuco sin cerrar que le permite colarse en el interior. El gato sabe que el hombre se fue y que solo regresará en primavera, pues es mayor y sus viejos huesos no aguantarían el feroz invierno. Según la autora “su razonamiento siempre era secuencial e indirecto; siempre lo había sido, volvería a ser, y regresaba a casa esperando ver a su amo”.
Una vez en la casa vacía y helada, el gato de espeso y brillante pelo gris con manchas, de cara y pecho blanco, se prepara para comerse el conejo cuando oye una voz llamar desde fuera, entre las poderosas ráfagas de viento, y el gato contesta con un maullido donde cabe “la pregunta, el aviso, el miedo y, por fin, la camaradería”. Pero nadie le oye por culpa de los aullidos del viento.
Por fin, el extraño consigue entrar; es un hombre pequeño, debilitado, que tiembla mientras recoge leña y enciende la estufa. Se sienta en una silla y alarga unas manos amarillentas hacia la estufa. El gato sale de debajo del catre, salta en su regazo con el conejo. El hombre grita, asustado, y de un salto apoya la espalda contra la pared, pero el gato insiste y le lleva el conejo mientras se frota contra sus piernas y sus zapatos rotos.
La autora describe al hombre como un viejo “Ishmael”, es decir, un marginado cuya experiencia con los hombres no ha sido buena y viceversa, pero le gustan los gatos y acepta el regalo. Cocina el conejo – aunque casi se lo hubiera comido crudo por el hambre –, y cuando está medio hecho, lo divide exactamente por la mitad para que cada uno coma su parte. Esa noche, el hombre y el gato durmieron juntos en el catre cercano a la estufa.
El hombre fue el invitado del gato todo el largo invierno en las montañas. Durante estos meses, el gato trabajó duro, intentando cazar suficiente para los dos, pero no siempre podía. Lo compartió todo con el hombre, excepto los ratones. A cambio, el hombre mantuvo la cabaña caliente; había mucha madera a unos pocos metros. Cada noche cenaban juntos y cada noche dormían juntos.
A medida que se acercaba la primavera, cazar se hizo más fácil. Y un día, el gato tuvo suerte, consiguió un conejo, una perdiz y un ratón. Hizo varios viajes para depositarlos delante de la puerta antes de maullar para que el hombre le abriera, pero nadie contestó. El gato insistió entre triunfante y suplicante. La puerta no se abrió. Al cabo del rato trepó por el árbol y se coló por el ventanuco, el hombre se había ido.
El gato se comió el ratón delante de la puerta y, con mucho esfuerzo, llevó el conejo y la perdiz hasta el interior de la casa. Allí esperó, pero no vino nadie, y a los dos días empezó a comérselos. Durmió en la cama mucho tiempo, se despertó, pero el hombre seguía sin estar. Salió a cazar y volvió al atardecer con un pájaro, había luz en la ventana. Se detuvo ante la puerta y maulló con insistencia. Su amo de antes había vuelto y le abrió.
Este trataba al gato como a un compañero, pero sin sentir ningún afecto. Nunca le acariciaba. Aunque se preocupaba por él, le dejaba solo todo el invierno. Cuando vio al gato resplandeciente con su pelaje de invierno, se le iluminó la cara, y el gato se frotó contra sus piernas. No compartió el pájaro, su amo ya tenía la cena cociendo sobre la estufa.
Después de cenar, el amo buscó el tabaco en la repisa, pero ya no estaba. Entonces, poco a poco, se dio cuenta de que había cosas cambiadas, que apenas quedaba leña, que las mantas tenían otro olor. Era un hombre mayor, muy mayor, había tenido encontronazos con el mundo, sus sentidos se habían amortiguado. Acabó por rendirse, dejó de buscar el tabaco y se sentó cerca de la chimenea, la pipa vacía en la mano. “El hombre y el gato se miraron a través de la insuperable barrera de silencio creada entre el ser humano y el animal desde la creación del mundo”.
Mary Eleanor Wilkins Freeman nació el 31 de octubre de 1852 en Randolph, Massachusetts, y tuvo una educación muy estricta. A pesar de ello, y al contrario de su hermana, nunca le interesaron las tareas domésticas, hasta el punto de rebelarse y rehusar hacerlas. De adolescente empezó a escribir cuentos y poemas para niños con el fin de ayudar económicamente a su familia después de que su padre perdiera el negocio. En 1881 ganó el primer premio de un concurso literario con “The Ghost Family” (La familia fantasma). Sus relatos en torno a lo sobrenatural mezclados con una elevada dosis de realismo tuvieron mucho éxito.
Después de diez años de noviazgo se casó en 1902, a los 50 años, con el Dr. Charles Manning, un médico que no ejercía siete años más joven que ella. Se instalaron en Metuchen, Nueva Jersey, donde ella se convirtió en una auténtica celebridad a pesar de haber publicado relatos satíricos de sus vecinos. Su marido era alcohólico e ingresó en el hospital psiquiátrico de Trenton. Murió en 1923 dejando un dólar a su mujer y el resto de su fortuna al chófer.
Fue la primera persona galardonada con la medalla William Dean Howells, otorgada por la Academia de las Artes y Letras de Estados Unidos. Falleció de un infarto a los 77 años el 15 de marzo de 1930.















