Gatos y Respeto

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Muchos gatos y Ernest Hemingway

Ernest Hemingway dijo una vez que “la honradez emocional de un gato es total; los seres humanos esconden sus sentimientos por diferentes razones, pero un gato nunca”. No podemos estar más de acuerdo con las palabras del escritor – aunque lo mismo podría decirse de cualquier animal -, que siempre vivió con gatos, desde su infancia en Illinois y Michigan, pasando por París, Cayo Hueso, Cuba y su última residencia en Idaho.

En 1943 escribió a su primera esposa (Hadley Richardson) desde Finca Vigía en Cuba: “Un gato lleva a otro… Y este lugar es tan grande que no te das cuenta de que hay tantos gatos hasta que los ves llegar en masa a la hora de comer”. No cabe duda de que amaba profundamente a los gatos y a otros animales. También tuvo nueve perros, una vaca y un búho americano al que rescató pocas semanas antes de su muerte.

Los gatos de Finca Vigía

Decía que los gatos eran “fábricas de ronroneo” y “esponjas de amor” que se empapaban de afecto a cambio de consuelo y compañía. Todos tenían un nombre según su carácter, algunos más imaginativos que otros. Estaba F. Puss (F. Gatito), Fatso (Gordo), Friendless (Sin amigos) y Friendless’ Brother (El hermano de Sin amigos), Feather Kitty (Gatita pluma), Princessa, Furhouse (Casa de pelo), entre muchos otros.

Friendless’ Brother y Willy observando a un mono en Finca Vigía

Con Friendless

Escribió un cuento muy corto titulado “Cat in The Rain” (Gato en la lluvia), publicado en 1925 en la colección “Our Time”, que a posteriori hizo correr ríos de tinta. En ese cuento, una pareja de turistas estadounidenses en Italia se ven obligados a quedarse en el hotel por culpa de la lluvia. La esposa ve a un gato debajo de una mesa en la terraza y se empeña en tenerlo.

Con Boise

También menciona a los gatos en otras obras, todas escritas hacia el final de su vida, como en “París era una fiesta”, “Islas en el golfo”, “El jardín del Edén” y “Al romper el alba”, todas ellas bastante autobiográficas.

Con Cristóbal

Además, ¿quién no ha oído hablar de los famosos gatos de seis dedos de su residencia en Cayo Hueso? Llegó a la isla en abril de 1928 con Pauline Pfeiffer, su segunda mujer, y decidieron pasar los veranos en Wyoming y los inviernos en Florida. Escribió las novelas “Adiós a las armas” y “Tener y no tener” en la casa de estilo colonial que compraron y reformaron.

Cristóbal e Izzie

Hoy, la casa es un museo dedicado al escritor y el hogar de unos cuarenta gatos de seis dedos o polidáctilos. Durante su estancia en Cayo Hueso, el capitán de barco Harold Stanley le regaló una gata blanca polidáctila a Hemingway a la que sus hijos llamaron “Snow White” (Blancanieves). La gata no tardó en tener gatitos a los que se nombró por los amigos famosos del escritor. Los gatos que ahora viven en el museo (e incluso duermen en la cama de Hemingway) son los descendientes de esta primera gata.

La casa de Hemingway en Cayo Hueso

Conoció a Martha Gellhorn durante la Guerra Civil española. De hecho, escribió su única obra de teatro, “La quinta columna”, en un hotel de Madrid mientras las tropas franquistas bombardeaban la ciudad. A su regreso a Estados Unidos se separó de Pauline. En 1939, Hemingway alquiló Finca Vigía, en Cuba, una propiedad de más de seis hectáreas a unos 25 km de La Habana, y Martha se reunió con él un poco después. Al parecer, volvía periódicamente a Cayo Hueso para ver a sus hijos y gatos. En Cuba hubo muchos más gatos, un sinfín de gatos incluso, y su idilio con la isla duró muchos años, concretamente hasta el 25 de julio de 1960.

Good Will en Finca Vigía

Para entonces ya estaba casado con Mary Welsh, a la que había conocido en 1945. Su última residencia fue en Ketchum, Idaho, donde también le acompañó un gato llamado Big Boy Peterson (Chicarrón Peterson). Se suicidó con su escopeta favorita el 2 de julio de 1961, a los 62 años. Curiosamente, su padre, su hermana y su hermano también se suicidaron. A partir de 1954, la salud del escritor se deterioró después de dos graves accidentes.

Mary Hemingway con Boise

Big Boy Peterson en Ketchum, Idaho

Ganador del Premio Nobel, conductor de ambulancias en Italia durante la I Guerra Mundial, corresponsal de guerra en la Guerra Civil Española y en la II Guerra Mundial, aventurero y, desde luego, amante de los gatos. E incluso de otros animales, pero… cazador y pescador empedernido, además de aficionado a las corridas de toros.

Willy, Spendy, Shopsky y Ecstasy en Finca Vigía

Hemingway no se limitaba a cazar en Idaho o a pescar en las cálidas aguas del Golfo. Iba regularmente de safari a África, y los dos accidentes que acabaron con su salud (además del alcohol) tuvieron lugar con muy pocos días de diferencia en Uganda. La revista Life le encargó en 1959 un reportaje de diez mil palabras sobre las corridas, y aunque no estaba bien físicamente, se desplazó en dos ocasiones a España para escribirlo. Habían pasado más de treinta años desde que descubrió los encierros de Pamplona en los años veinte, pero le seguían gustando.

A pesar de la proliferación de gatos en Cayo Hueso y en Finca Vigía, Hemingway jamás consideró la posibilidad de esterilizarlos porque iba contra sus principios. Y nos preguntamos ¿qué fue de los numerosísimos gatos de Finca Vigía cuando Hemingway y su cuarta esposa abandonaron la isla para siempre?

Gatos y Respeto cree que no basta con amar a los gatos si no se respeta a todos los otros seres vivos del planeta. Nadie que realmente quiera a un gato puede empuñar un arma y disparar a un conejo o a un elefante, solo representa una terrible contradicción.

Gatito y pies de Hemingway


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Gatos y la pintora Gabriele Münter

Gato en cojín (Gabriele Münter, 1909)

La pintora Gabriele Münter nació el 19 de febrero de 1877 en el seno de una familia de clase media alta de Berlín. Sus padres la animaron cuando empezó a dibujar de pequeña y muy pronto contrataron a un profesor. Asistió a clases en el estudio del artista Ernest Bloch en Düsseldorf antes de ingresar en la Damenschule (Escuela femenina) de Willy Platz. Aprendió la técnica del grabado en madera, pintura y escultura.

El susto (Gabriele Münter, 1926)

Perdió a sus padres poco antes de cumplir los 21 años y viajó a Estados Unidos con su hermana porque en ese país vivían unos primos. Permanecieron allí dos años, recorriendo los estados de Texas, Arkansas y Misuri, e hizo toda una serie de fotos con una pequeña Kodak. Las hermanas habían heredado dinero suficiente para vivir de forma independiente. De niñas disfrutaron de mucha libertad y no estuvieron sujetas a las restricciones impuestas por la sociedad.

Niña con gatos (Gabriele Münter, 1927)

A su regreso de Estados Unidos en 1901 se matriculó en la Escuela La Phalanx de Múnich, una institución vanguardista que rechazaba las manifestaciones más académicas y conservadoras de la época, dirigida entonces por Vasili Kandinski. Gabriele Münter intentó estudiar en la Escuela de Arte oficial de la ciudad, pero estaba vetada a las mujeres.

Naturaleza muerta y gato (Gabriele Münter, 1930)

Kandinski, cuya carrera empezaba a despuntar, fue el primero que supo apreciar el talento de Gabriele Münter, y no tardó en ofrecerle participar en los cursos de verano que la Phalanx organizaba en los Alpes. La atracción entre profesor y alumna fue instantánea. Él tenía 36 años y ella 25. Al año se comprometieron en matrimonio a pesar de que Kandinski estaba casado en Rusia con su prima. El pintor pidió el divorcio, pero  no se le concedió hasta mucho después.

Gato (Vasili Kandinski, 1907)

En 1909, Gabriele Münter se compró una casa en Murnau, a unos 70 kilómetros de Múnich, en la que residió con Kandinski hasta el comienzo de la I Guerra Mundial. En verano les visitaban los pintores Aleksei von Jawlensky y Marianne von Werefkin, el escultor Moisés Kogan, que murió en Auschwitz en 1943, y el bailarín Alexander Sakharov. Todos ellos se unirían al famoso grupo Der Blaue Reiter (El Jinete Azul).

Gato (Moisés Kogan)

Moisés Kogan

Habían descubierto la vieja ciudad de Murnau un par de años antes. Creemos que las fotos de Gabriele y de Vasili con la gata Vaska fueran tomadas en Murnau y que la fecha está equivocada, tal vez sean de 1909. La gata parece estar muy cómoda con ambos y los dos la miran con cariño, sobre todo Gabriele. Da la sensación de ser un momento muy feliz en el que decidieron hacerse la misma foto.

Gabriele Münter y Vaska (Foto de Vasili Kandinski, 1907)

Vasili Kandinski y Vaska (Foto de Gabriele Münter, 1907)

Vasili Kandinski, Franz Marc y Gabriele Münter fundaron Der Blaue Reiter, aunque a la pintora pocas veces se la menciona, con la publicación del almanaque en mayo de 1912, el grupo precursor del expresionismo alemán. No cabe duda de que Gabriele influyó en la obra de Kandiski y en su uso de colores saturados, algo que tampoco suele reconocerse. Juntos recorrieron Holanda, Italia, Francia y el norte de África. En París tuvieron ocasión de visitar a Matisse, cuya obra repercutió de manera importante en la pintura de Gabriele Münter.

Portada almanaque Der Blaue Reiter

Henri Matisse y gato

Con la I Guerra Mundial, la pareja se trasladó a Suiza, pero Kandinski se vio obligado a regresar a Rusia. Gabriele Münter se fue a Copenhague, ciudad en la que vivió cinco años. Los dos se vieron por última vez en el invierno de 1915. Dos años después, Kandinski se casó con Nina Andreiévskaya, una mujer 26 años más joven, de lo que Gabriele se enteró al cabo de varios años.

Dos gatos (Franz Marc)

La artista dejó de pintar y tardó mucho en retomar los pinceles. Regresó en 1920 a Alemania y en 1927 conoció al filósofo e historiador del arte Johannes Eichner, con quien permaneció unida hasta la muerte de éste en 1958.

Johannes Eichner por Gabriele Münter

Después de una prolongada estancia en París, entre 1929 y 1930 empezó a pintar de nuevo y en 1932 regresó a su casa de Murnau. A partir de ese momento se dedicó sobre todo a pintar flores y cuadros abstractos. En 1937, los nazis le prohibieron que siguiera pintando. Como era de esperar, el nacionalsocialismo tampoco vio con buenos ojos las obras de Kandinski. Este había confiado numerosos cuadros suyos a Gabriele Münter para que los salvaguardara, y ella consiguió esconderlos en su casa de Murnau, de tal forma que, a pesar de varios registros realizados por los nazis, nunca los encontraron. En 1956, el entonces director de la Städtische Galerie im Lenbachhaus de Múnich pudo contemplar las obras de Kandinski y de numerosos pintores de Der Blaue Reiter. Al cumplir 80 años, la pintora donó una parte importante de la colección al museo.

Muñeca, gato y niña (Gabriele Münter)

Sus obras se expusieron en Estados Unidos por primera vez durante los años sesenta y en el Mannheim Kunsthalle en 1961. Se la siguió considerando la representante del expresionismo años después de la II Guerra Mundial cuando volvió a resurgir el interés por este movimiento.

Muñeca, gato y niña (Óleo sobre cristal, Gabriele Münter, 1914)

La Fundación Gabriele Münter y Johannes Eichner se estableció en 1966, a los cuatro años de fallecer la artista, tal como habían establecido en sus testamentos. Actualmente no solo es un valioso centro de investigación de las obras de Münter, sino también del grupo Der Blaue Reiter. Al morir Johannes Eichner, Gabriele vivió en su casa de Murnau, donde falleció el 19 de mayo de 1962 a los 85 años.

Tumba de Gabriele Münter y Johannes Eichner


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Gatos en el folclore ruso

El gato es importante en Rusia, no solo porque al parecer el  60% de la población tiene un gato doméstico, sino por el importante lugar que ocupa en el folclore. En el cuento de hadas épico “Ruslán y Ludmila”, escrito por Pushkin y publicado en 1820, los seis primeros versos, inmediatamente después de la dedicatoria propiamente dicha, se refieren a un gato: “Hay un roble verde en la orilla/ de la bahía azul; atado a una cadenita de oro/ el gato, conocedor de muchas fábulas,/ pasea alrededor del tronco sin cesar./ Si se mueve a la derecha, cantará una canción./ Si se mueve a la izquierda, contará un cuento”.

Ruslán y Ludmila

Este curioso gato cantante y hablador, conocido por todos los niños rusos, está relacionado con el gato Bajun, que significa “hablador”, del verbo “bayat” (hablar), también llamado Kot Baikun. Se trata de un gato negro de enormes proporciones capaz de contar maravillosas historias y cuentos durante horas hasta adormecer a quien le escucha y entonces comérselo. Pero… si el oyente consigue permanecer despierto y atrapar al Kot Bajun, este se convertirá en el más fiel de los compañeros y le ayudará a superar cualquier dificultad.

Bajun

Bajun

Algunos dicen que Kot Bayun vive con Baba Yaga en una isba sostenida con patas de pollo en el Reino Tres Veces Diez, en Ucrania, mientras otros afirman que mora encima de un poste de hierro en la Tierra Tres Veces Nueve, en Rusia, donde no hay ni animales ni plantas. El gran tamaño y el color de Baiyun nos lleva a Beguemot, el travieso y parlanchín gato que juega al ajedrez en la novela de Mijaíl Bulgákov, cuyo nombre viene del monstruo Behemot, del que se habla en el Libro de Job.

La isla de Baba Yaga

Beguemot

Beguemot tiene el don de convertirse en un hombre rollizo en ciertas ocasiones, y el autor lo describe así: “Gordo como un cerdo, negro como el tizón o como el mirlo, y con los bigotes de un oficial de caballería”. Además, es un auténtico glotón.

Beguemot

El Beguemot del Museo Bulgákov

En Rusia existe la tradición de que al mudarse a una nueva casa, el gato debe ser el primero en entrar e inspeccionar las estancias. La cama se colocará donde se haya sentado por primera vez porque será el lugar más seguro. Hace unos catorce años, uno de los mayores bancos de Rusia ofrecía prestar un gato a cualquiera que contratara una hipoteca con ellos. Incluso tenían un portafolio con fotos de gatos para que el cliente pudiera escogerlo.

La casa del gato

Los gatos son los guías hacia el Más Allá, y antes se decía que si un gato saltaba por encima de un muerto, este regresaría como un vampiro porque el Guardián del Otro Mundo le había rechazado. Se sigue diciendo que cualquiera que mate a un gato no se limitará a siete años de mala suerte, sino que sufrirá lo peor de lo peor durante estos años.

El gato de Kazán

En muchos cuentos, los papeles protagonistas corresponden a gatos, y aquí resumiremos dos de los más conocidos. El primero es el gato y la zorrita. Érase una vez un gato macho al que le faltaba una oreja y que no dejaba de pelearse. Su amo decidió deshacerse de él, lo metió en un saco y se lo llevó al bosque, donde le abandonó, pero el gato consiguió agujerear el saco y salir. Primero se aseó, luego encontró una cabaña abandonada y se echó la siesta para reponerse de las emociones. Al despertar, sintió hambre y cazó unos ratones. Siguió así durante un tiempo, aunque no le gustase especialmente cazar; estaba acostumbrado a que le trajeran la comida.

Un buen día conoció a una zorrita, y aunque ella nunca había visto a un gato, le pareció de lo más apuesto. Le preguntó quién era y él contestó: “Soy el nuevo Gobernador procedente de los bosque siberianos, me llamo Catafay Ivanovich”. La zorrita Lisa le invitó a su casa, y como los dos se llevaban muy bien y eran solteros, decidieron casarse.

Al día siguiente, la zorrita salió a buscar comida y se encontró con el lobo, que empezó a coquetear con ella, pero le detuvo diciendo que estaba casada. El zorro quiso conocer a su marido, claro. Ella contestó: “Cielos, mi Catafay Ivanovich es de lo más fiero. Trae un cordero como prueba de respeto y te presentaré”. Al oso que al poco se cruzó en su camino le pidió que trajera un buey.

Los dos volvieron al rato con los presentes y le ordenaron a la liebre que avisara a la zorrita. El oso trepó a un árbol y el lobo se escondió debajo de un montón de hojas secas. El oso vio llegar a la pareja desde su escondite y el fiero marido de Lisa le pareció muy pequeño, pero Catafay se tiró encima del buey y empezó a arrancarle trozos pidiendo más y más.

El lobo se movió debajo de las hojas para ver qué ocurría. Catafay le oyó y creyendo que se trataba de un ratón, se le tiró encima, arañándole el hocico. El lobo huyó, aterrado, y el oso se cayó del árbol. A partir de ese día Lisa y Catafay vivieron felices sin tener que preocuparse de la comida para el duro invierno.

Otro cuento es el del Gato, el Gallo y la Zorra. Un gato y un gallo vivían felices en la misma cabaña. Siempre que el gato salía a cazar, le recomendaba al gallo que no saliera ni abriera la puerta a nadie. Una zorra muy lista decidió hacerse con el gallo y le ofreció grano si salía, pero el gallo le contestó que estaba muy bien en su casa.

La vez siguiente, dejó el grano delante de la ventana y se escondió. El gato salió a cazar, el gallo vio el grano, se aseguró de que no había nadie y saltó fuera a comerlo. La zorra no dejó pasar la oportunidad y se lo llevó. Por mucho que gritó el pobre gallo llamando a su compañero el gato, este estaba demasiado lejos para oírlo.

El gato, a su regreso, entendió lo que había pasado y al día siguiente siguió las huellas de la zorra hasta su casa. La zorra tenía cuatro hijas y un hijo, y antes de salir les encomendó que pusieran agua a hervir porque a su regreso, matarían al gallo y lo hervirían.

La zorra se fue y el gato empezó a cantar. La hija mayor, llena de curiosidad, salió a ver quién cantaba tan bien. El gato le dio en el hocico, ella se desmayó y la metió en un saco. Lo mismo pasó con las otras tres y, finalmente, con el hijo pequeño. El gato colgó el saco de una rama, entró y liberó a su amigo el gallo. Desde ese día, el gallo jamás desobedeció al gato.

Dedicamos esta entrada a nuestro amigo Carlos, que creció en Moscú.