Gatos y Respeto

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Dos gatos, Adorno y Flanelle, y Julio Cortázar

Aunque suele atribuirse el nombre de Adorno al gato que se ve en las fotos con Cortázar, en realidad se trata de su gata Flanelle. Puede que el error se deba a que el escritor le dedicara el relato titulado “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno” (https://libreriodelaplata.com/la-entrada-en-religion-de-teodoro-w-adorno-de-julio-cortazar/) en la colección “Último round”. En ese relato cuenta cómo conoció a un gato negro, delgado, hambriento, que vivía en un basurero de Saignon, pueblecito del interior de Provenza donde pasaba las vacaciones con su mujer. Le llamó Adorno en honor a Theodor L.W. Adorno, el conocido filósofo alemán.

En este breve relato, Julio Cortázar habla de un gato negro con corbata blanca que apareció durante tres años en la casa donde vivía los cuatro meses de verano. Al cuarto año no vino, pensó que habría muerto, pero al cabo de unos días, haciendo recados en el pueblo, descubrió a Teodoro hecho un ovillo delante de la puerta de la Señorita Sophie, la sacristana. De ahí el título del relato. Teodoro Adorno, gato filósofo, ni le miró, y creemos que el escritor se sintió ofendido. Pero ¿qué esperaba? ¿Por qué iba a mirarle Teodoro si no podía contar con él todo el año, si solo era un pasatiempo veraniego?

Al no encontrar fotos de Teodoro Adorno, y a pesar de que Cortázar dice haberle fotografiado, incluimos una de un gato negro del pueblo de Saignon.

Gato negro de Saignon

Julio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 en la Embajada argentina de Bruselas por pura casualidad, “producto del turismo y de la diplomacia”, como él mismo decía. No llegó a Argentina hasta cuatro años después cuando sus padres se instalaron en Banfield, en la zona Sur del Gran Buenos Aires.

Se licenció como profesor en Letras en 1935 y ejerció primero en Bolívar y luego en Chivilcoy. Tres años después publicó con su propio dinero 250 ejemplares de la colección de poemas “Presencia” bajo el seudónimo de Julio Denis. Enseñó Literatura Francesa en Mendoza y más tarde, Literatura Europea en la Universidad de Cuyo, pero renunció al puesto por desacuerdos con el peronismo. Se instaló en París en 1951, a los 37 años, gracias a una beca otorgada por el gobierno francés.

A Julio Cortázar le gustaba mucho el jazz, sobre todo Charlie Parker, y tocaba el clarinete y el piano desde niño. En honor a su ídolo, se compró una trompeta, pero al principio los sonidos destemplados que sacaba del instrumento ahuyentaban a otros seres muy queridos por él, los gatos.

Sus amigos siempre decían que si no estaba pegado a la radio oyendo la retransmisión de un combate de boxeo, otra de sus grandes pasiones, tenía un gato en brazos. Ese amor le venía de la niñez; parece ser que en la casa de Banfield, lo que más abundaba eran los gatos.

Sabemos de dos gatos que ocuparon un sitio especial en la vida del autor, Teodoro Adorno, del que ya hemos hablado, y Flanelle, una gatita con la que vivió muchos años. La llamó Flanelle por la suavidad de su pelaje (significa “franela” en francés) y se cuenta que fue sumamente consentida. Un cuento que alude al profundo amor que sentía por Flanelle es https://www.literatura.us/cortazar/losgatos.html en “Queremos tanto a Glenda”, una colección de relatos publicada en 1980.

Con Osvaldo Soriano, Jorge Enrique Adoum y Alejandra Adoum, París, 1976

Osvaldo Soriano, otro escritor que pasó una larga temporada en París huyendo de la dictadura, cuidaba de Flanelle mientras Julio Cortázar y su segunda esposa, la canadiense Carol Dunlop, viajaban por Europa y Centroamérica. Ya que hemos mencionado al “gordo” Soriano, debemos añadir que también estaba loco por los gatos y que escribió “El negro de París” (https://gatosyrespeto.org/2014/07/31/osvaldo-soriano-y-los-gatos/), un cuento maravilloso.

En 1982, Julio y Carol emprendieron un viaje de 33 días desde París a Marsella en un Vokswagen Combi rojo al que llamaron “Fafner” (como el dragón de la Saga Volsunga o la Tetralogía de Richard Wagner), durmiendo en las áreas de servicio de la autopista, para coescribir “Los autonautas de la cosmopista”. En los agradecimientos, Cortázar dice lo siguiente: “A Luis Tomasello, que no sólo supo crear casi milagrosamente amplios espacios para la estiba de las provisiones y bastimentos en Fafner, sino que además se hizo cargo de nuestra gata Flanelle, evitándole así que tuviera que afrontar las duras condiciones de vida en la autopista, sin hablar del apoyo logístico que aportó al cargamento y arrumaje”.

Fafner

“Los autonautas de la cosmopista” fue lo último que escribió Julio Cortázar. Flanelle murió antes de que regresara a París, y su esposa Carol, el 2 de noviembre de 1982, al poco de volver. Los derechos de autor de las ediciones en español y en francés se donaron íntegramente al movimiento sandinista de Nicaragua.

Los autonautas de la cosmopista

Hasta su muerte el 12 de febrero de 1984, su primera mujer, Aurora Bernárdez, volvió con él y le cuidó durante su enfermedad, convirtiéndose en la única heredera de su obra publicada y de todos sus textos sin publicar. Salvó los miles de libros en español de la biblioteca del autor y los donó a la Biblioteca Nacional de Nicaragua. Entre los textos inéditos, en 2009 se publicó “Papeles inesperados”, con un cuento titulado “Gatos” que nada tiene que ver con gatos ¿o sí? En 2014, el relato fue traducido al alemán.Julio Cortázar fue un traductor de gran prestigio internacional. De hecho, la traducción que hizo de la obra de Edgar Allan Poe se considera la mejor en castellano hasta el momento.

Hablando de los gatos en su infancia, dijo: “No estaba privado de felicidad; la única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego que no era fácil; pero pronto descubrí los gatos, en los que podía imaginar mi propia condición, y los libros donde la encontraba de lleno”.

Para acabar mencionaremos un último relato corto, y muy divertido, acerca de gatos y teléfonos, “Cómo se pasa al lado”, del libro “Un tal Lucas”. Aquí está el enlace donde pueden oírlo con la voz del propio Cortázar. http://blog.santillana.com.ec/cuento-como-se-pasa-al-lado-en-la-voz-de-su-autor-julio-cortazar/

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Gatos, tristeza y Françoise Sagan

El 6 de enero de 1979, el programa “30 millones de amigos” emitió un reportaje en torno a los animales de Françoise Sagan, cuando ya era muy famosa, de unos quince minutos de duración (https://www.youtube.com/watch?v=CSP88KlQAQQ). Rodado en su casa de campo de Equemauville, en Normandía, habla de su gato Minou y de su perro Werther, que no solo se llevaban bien, sino que eran realmente amigos. Ambos la acompañaban cuando dejaba su piso de París para pasar unos días en el campo. En la época, Werther tenía diez u once años, y Minou, algo más.

Werther, 11 años

Minou

También menciona a Coco el caballo. Según cuenta, un caballo anterior a Coco se aburría y compraron un asno para hacerle compañía, pero el caballo murió y el asno se deprimió, por lo que compraron otro caballo… También relata una anécdota acerca de un productor de cine que fue a la casa de campo para hablar de la compra de derechos de una novela suya. El caballo se acercó y sopló encima del hombro del productor, que dio un salto de un metro y se marchó sin firmar el contrato porque los caballos le daban miedo. Por cierto, el programa “30 millones de amigos” (30 millions d’amis), el primero de la televisión francesa en hablar únicamente de animales de cualquier tipo, empezó a emitirse el 6 de enero de 1976, tres años antes de la entrevista a la escritora. La cadena pública lo canceló en junio de 2016, después cuarenta años y medio de emisión.

Werther

Minou

Françoise Sagan saltó a la fama a los 18 años, en 1954, con la publicación de su primera novela, “Buenos días, tristeza”, escrita en parte en las mesas del café Le Cujas, en París, y cuyo título está inspirado en un verso de Paul Eluard. La novela salió a la venta el 15 de marzo de 1954, y el 24 de mayo de ese año ganó el Premio de la Crítica. El éxito del libro fue inmediato, y el escándalo también. Había nacido una leyenda.

Con una ardilla

Años después, en una entrevista, la escritora dijo: “El escándalo suscitado por la novela me sorprendió sobremanera. Para tres cuartas partes de la gente, era escandaloso que una joven se acostara con un hombre sin quedarse embarazarse y verse obligada a quedarse. Para mí, el escándalo residía en que un personaje, por total inconsciencia, por puro egoísmo, fuera la causa de un suicidio”.

Con Anthony Perkins en el rodaje de “No me digas adiós”.

Françoise, cuyo verdadero apellido era Quoirez, adoptó “Sagan” como seudónimo en honor al príncipe de Sagan, un personaje de Proust, cuando su padre montó en cólera al saber que iba a publicar una novela. Nacida el 21 de junio de 1935 en Carjac, departamento del Lot, en el seno de una familia burguesa, fue una niña mimada que siempre había hecho lo que le apetecía y que duraba poco en los colegios privados, pero que devoraba los libros.

En 1956 publicó su segunda novela, “Una cierta sonrisa”, escrita en solo dos meses y dedicada a su gran amiga Florence Malraux. También cosechó un éxito rotundo y, de pronto, la joven escritora se hizo rica. Su padre le dio un consejo: “El dinero a tu edad es peligroso, gástalo”. Apasionada de la velocidad, se compró coches, jugó en los grandes casinos de Normandía y de la Costa Azul, frecuentó todas las discotecas de moda de Saint-Tropez y de París. De hecho, el 8 de agosto de 1958 ganó ocho millones de francos (unos 13.000 euros de ahora) con los que se compró la mansión de Equemauville.

En su casa de campo

Tenía dos Jaguar, un Ferrari, un Aston Martin que conducía de noche por París con su hermano Jacques Quoirez, su cómplice, creando lo que la prensa bautizará como “el mundo de la Sagan”. No tardó en convertirse en el símbolo de una generación adinerada, despreocupada y sexualmente libre. Escribía de madrugada, a partir de medianoche, y se levantaba bien entrada la tarde.

Con un gato persa y su hermano, Jacques Quoirez

Sufrió un grave accidente de coche en 1957 en el que casi perdió la vida. Para mitigar el dolor, los médicos le administraron un derivado de la morfina. Al salir del hospital, se sometió a una cura de desintoxicación, pero no consiguió desengancharse y empezó a beber.

Con su siamés

En 1958 se casó con el editor Guy Schoeller, veinte años mayor que ella, que llevaba años protegiéndola. Se divorció a los dos años para casarse con un modelo estadounidense, Robert Westhoff, con el que tuvo un hijo en 1962. Aunque se divorciaron, siguieron compartiendo casa hasta separarse definitivamente en 1972. Pero su gran amor fue la estilista Peggy Roche, que siguió a su lado hasta que la muerte las separó.

Con un gato persa

Firmó unas veinte novelas y varias obras de teatro, entre las que está “Château en Suède” (Un castillo en Suecia), que le valió el Premio Brigadier 1960. También publicó colecciones de relatos y escribió canciones para Juliette Gréco.

Portada de “Una tormenta inmóvil”

Firmó el “Manifiesto 121” en 1960, durante la Guerra de Argelia, alentando a los soldados franceses a desertar. Como represalia, la OAS (Organización del Ejército Secreto) puso una bomba en casa de sus padres. Once años después, el 5 de abril de 1971, será una de las firmantes de “El manifiesto de las 343”, publicado por el periódico “Le Nouvel Observateur”, en el que 343 mujeres reconocían haber abortado, algo duramente castigado en Francia en aquella época. Exigen el derecho a los anticonceptivos y al aborto legal. Entre las firmantes estaban Simone de Beauvoir, Catherine Deneuve, Jeanne Moreau, Delphine Seyrig…

Con su gato siamés y su perro

Françoise Sagan dijo haber vivido con gatos y perros desde siempre. Creía que numerosos dueños de animales demuestran un profundo egoísmo al exigir que sus animales respondan al cariño que les dan, o adjudicándoles un papel en su vida. Con ella, los animales eran libres, les ofrecía techo, comida y afecto sin pedir nada a cambio.

Portada de “¿Le gusta Brahms?”

Murió el 24 de septiembre de 2004 después de haber perdido todo su dinero por una turbia historia con la Hacienda francesa. Pasó sus últimos doce años con su compañera Ingrid Mechoulam, que cuidó de ella y se ocupó de volver a comprar todas las casas de Françoise Sagan a medida que salían a subasta.

Minou acariciado

Dedicamos esta entrada a Oussama Bel Aïba, amante de los gatos y enamorado de la escritora.


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El gato sin adulterar, de Terry Pratchett

Además de la saga de novelas “Mundodisco”  y otros libros de ciencia-ficción, Terry Pratchett escribió un librito genial de 46 páginas titulado “The Unadulterated Cat” (El gato sin adulterar, o también, El gato en estado puro), donde describe con total precisión el comportamiento de un gato auténtico, es decir, un callejero de pura raza.

¿Es tu gato? Pensé que era el mío.

Terry Pratchett con su inseparable sombrero negro y un gato a juego

Empieza así: “El gato sin adulterar va camino de convertirse en una especie en peligro de extinción, ya que cada vez tendemos a aceptar más a esos gatos producidos industrialmente que nos venden las agencias de publicidad – mininos que ronronean plácidamente delante de bandejas plateadas llenas de comida como los que salen en la tele. Pero la campaña a favor de los gatos auténticos cambiará todo esto ayudándonos a reconocer a un verdadero gato sin adulterar cuando se cruce en nuestro camino. Basta con unos pocos ejemplos: las orejas del gato auténtico parecen haber sido esquiladas; el gato auténtico no sale en tarjetas navideñas… el gato auténtico no lleva collar antipulgas… y tampoco corre detrás de algo que lleve una campanita. Pero el gato auténtico come tarta de queso. Y menudillos. Y mantequilla. Y cualquier cosa que se deje en la mesa, siempre y cuando crea que no les pillarán. El gato auténtico oye abrirse la puerta del frigorífico aunque esté dos habitaciones más allá”.

-¿Qué tal son tus nuevos dos patas? -A mí me parecen todos iguales.

Basta con leer este primer párrafo para saber que el Sr. Pratchett no solo era un experto en “Mundodisco”, sino también en el mundo gatuno. El libro está dividido en diecinueve capítulos que van desde cómo hacerse con un gato, pasando por las enfermedades, la comida, sexo, higiene, hasta el futuro del gato auténtico. Dicho así, el lector ingenuo podría creer que se encuentra ante el habitual libro de gatos, pero estaría equivocado.

Si no fuera porque me das de comer, juraría que solo eres un producto de mi imaginación.

Escojamos un capítulo al azar, “Poner nombre a los gatos”. Con razón dice que menos del 17% de los gatos acaban con un nombre diferente al que se les puso en un primer momento, a pesar del esfuerzo que supuso encontrarlo: “Tiene pinta de Ofelia, pero al final la gata se llamará Mipo o Ratosa. Eso nos lleva a lo que debe tenerse en cuenta a la hora de nombrar a un gato: debe ser algo de lo que nadie se avergüence cuando llame al gato a medianoche o a primera hora de la mañana mientras golpea una lata de paté con una cuchara.” Y añade que cuanto más corto, mejor. Dicho esto, en ocasiones los gatos tienen nombres larguísimos tipo ‘saldeahiquetemato’ o el también conocido “sueltaesoahoramismogatoasqueroso’. En su opinión, ningún gato auténtico puede llamarse Frufru José Vicente Junior.

Me preocupa no ir al cielo si no soy bueno con los mininos.

Terry Pratchet también habla de la alimentación gatuna. Como todos los que tenemos gatos, descubrió que esa fantástica lata que anuncian en la tele suele ser rechazada de lleno por el gato auténtico. Vamos, que ni se acerca a olerla. Después de varios intentos, se acaba comprando la marca más barata. Milagro, el gato se lo come y pide más. Con alivio, se vuelve al supermercado para comprar doce latas. Al gato ya no le gusta.

Le han enseñado muy bien, pero ¿quién?

Después de observar lo que comen los gatos, se atreve a asegurar que cualquier fabricante que lance una comida húmeda para gatos hecha de filete, pavo medio congelado, hierba, migas recogidas del suelo, ranas y saltamontes será un éxito. Al menos durante un día. Continuando con el tema de la comida, está convencido de que “el gato auténtico no caza para comer, sino por amor a sus dos patas. No tarda en darse cuenta de que, por alguna oscura razón, los seres de dos patas omiten algunos detalles en sus hogares y se apresuran a corregir este error. La musaraña descabezada es muy popular. Y para ese necesario toque de color, el conjunto de vísceras en miniatura. Ahora bien, con el fin de mejorar el efecto, el artículo debe dejarse en un lugar donde tardará unos días en ser descubierto, dándole la oportunidad de adquirir una personalidad propia”.

¿Intentas darme cuerda?

Cualquiera que tenga un huerto y un gato (o gatos) sabe la pasión que siente este último por ayudar a cavar. No hay nada como plantar varias tomateras perfectamente alineadas, regarlas, volver al día siguiente y ver que todas, sin excepción, han sido cuidadosamente arrancadas. De ahí la viñeta del gato después de ser el objetivo de un terrón de tierra (que nunca le alcanza).

El gato auténtico después del bombardeo con un terrón de tierra

Terence David John Pratchett, nacido el 28 de abril de 1948 en Beaconsfield, Inglaterra, es el autor de las 41 novelas “Mundodisco”. Publicó su primera novela, “The Carpet People”, en 1971, y “El color de la magia”, la primera de la serie “Mundodisco”, en 1983. Se vendieron 55.000 ejemplares de “Snuff” (2011) en los primeros tres días de su publicación, colocándose a la cabeza de las novelas vendidas con mayor rapidez en el Reino Unido. La última, “La corona del pastor”, salió a la venta cinco meses después de que falleciera.

Veterinario: No le pasa nada.

Vendió más de 85 millones de libros, traducidos a 37 idiomas, en todo el mundo y fue galardonado en 2010 con el Premio Mundial de Literatura Fantástica a los Logros de una Vida.

Hola, soy gato. ¿Eres el de la comida?

En diciembre de 2007 anunció públicamente que le habían diagnosticado Alzheimer precoz. A partir de ese momento dedicó parte de su tiempo a luchar contra la enfermedad mediante importantes donaciones al Alzheimer Research Trust, rodando un programa de televisión donde describía lo que es padecer de Alzheimer y patrocinando la investigación. Una de sus quejas era el limitado presupuesto que el gobierno británico asigna a la investigación de dicha enfermedad. Falleció el 12 de marzo de 2015 a los 66 años.

Ese día desapareció una persona con un enorme sentido del humor. “El gato en estado puro” no está traducido al español, pero si leen en inglés, lo recomendamos. Es uno de esos libros, si se lee en el autobús o en el metro, que hace pensar a los demás viajeros que el lector está loco porque se ríe solo. Las ilustraciones son de Gray Jollife, conocido viñetista que ha participado en tres libros gatunos y al que dedicaremos una entrada especial.

Gray Jollife

-Me han esterilizado. – Y a mí, pero ¿qué tal si lo intentamos?

Para acabar, citaremos una frase atribuida a Terry Pratchett: “En la antigüedad, los gatos eran adorados como dioses. No lo han olvidado”.

Esta entrada es para nuestra amiga Gusa.

San Pedro: ¿Entras o sales?


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Gatos, Bloomsbury y Charleston

Duncan Grant (1938)

El círculo de Bloomsbury nació más o menos cuando Vanessa Bell, entonces Vanessa Stephen, vendió la casa de sus padres en Hyde Park y se trasladó con sus dos hermanos Thoby y Adrian, y su hermana Virginia – que aún no llevaba el apellido Woolf -, al barrio de Bloomsbury, una zona más bohemia y menos cara. Vanessa, al igual que su hermana pequeña – se llevaban tres años -, había estudiado idiomas, matemáticas e historia en casa, pero sus padres habían aceptado que tomara clases de dibujo fuera del hogar.

Vanessa Bell

Ya en la casa de Bloomsbury, cuando tenía 25 años, Vanessa creó en 1904 el “Club de los viernes”, el origen del Círculo de Bloomsbury. Entre sus miembros estaban Leonard Woolf, que se casaría con Virginia en 1912, Roger Fry y Duncan Grant.

Opussyquinusque (Duncan Grant)

Vanessa se casó con Clive Bell, un conocido crítico de arte, y tuvieron dos hijos, Julian (nuerto a los 29 años en la Guerra Civil española) y Quentin. El matrimonio abierto que formaban dio pie a unas relaciones poco convencionales que hasta hoy en día pueden parecer sorprendentes. Vanessa tuvo amantes, otro crítico de arte y el pintor Duncan Grant, con quien tuvo una hija, Angelica, a la que Clive Bell crió como propia.

Para Vanessa Bell, de Duncan Grant

Los miembros del Círculo de Bloomsbury, intelectuales de buena familia, en su mayoría antimilitaristas, incluso pacifistas, reaccionaban contra la encorsetada moral de la era victoriana y eran decididamente sufragistas, sobre todo Virginia Woolf.

Sappho y Pluto, los gatos de Virginia Woolf

Sappho, 1947, foto de Virginia Woolf

En 1916, Vanessa, Clive y sus dos hijos, Julian y Quentin, que contaban con ocho y seis años respectivamente, así como Duncan Grant y su amigo y amante David Garnett, se mudaron a la granja Charleston, en el condado de Sussex, acompañados por el perro Henry. Lo hicieron aconsejados por Virginia Woolf,  sobre todo porque Duncan y David eran objetores de conciencia y debían encontrar trabajo de “importancia nacional” si no querían acabar en la cárcel. Efectivamente, trabajaron durante los dos años siguientes en una granja vecina.

Granja Charleston

La granja no tardó en convertirse en un punto de encuentro para todos los amigos que formaban el grupo de Bloomsbury. Refiriéndose a esa época, Vanessa Bell escribió: “Hablábamos de todo; cualquiera podía decir lo que quisiera acerca de arte, sexo o religión”.

Salón de la granja Charleston

Al parecer, siempre había gatos en la granja, y se sabe que uno se llamaba Marco Polo. Desde luego, Duncan y Vanessa pintaron a varios, sobre todo él. Se conserva un portafolio de Duncan lleno de dibujos de gatos dedicado a Vanessa. Hemos encontrado una foto suya sentado delante de la granja con dos niñas, Judith y su hija Angelica, muy interesadas en el gatito que el pintor tiene en el regazo.

Duncan Grant, Judith Stephen y Angelica Bell con un gatito en Charleston.

El matrimonio Bell ya no era tal cuando se trasladaron a Charleston, pero nunca se separaron oficialmente. Clive tuvo un sinfín de aventuras con otras mujeres y Vanessa se enamoró de Duncan Grant, a pesar de que él era homosexual. La hija de ambos, que nació en la granja en 1918, no supo hasta años después, poco antes de su boda, que Duncan Grant era su padre biológico.

Sam, el gato de Charleston (Duncan Grant)

También es curioso que Clive Bell quizá fuera el miembro menos querido del grupo de Bloomsbury. Se le reprochaba ser un esnob, un ricachón hedonista, racista y antisemita que había pasado de ser un socialista liberal a un auténtico reaccionario.

Vanessa Bell  fue una celebrada pintora en su época. Expuso en Londres y en París, donde se la aplaudió por su innovador estilo. Rechazó de lleno la pintura narrativa victoriana así como el ideal femenino de la época. Diseñó varias cubiertas para la editorial de su hermana y su cuñado, la Hogarth Press.

Vanessa Bell

Un gato de Charleston (Duncan Grant)

En 1932, el historiador británico Kenneth Clark encargó una vajilla a Vanessa Bell y a Duncan Clark. Ambos artistas, en honor a Jane Clark, la esposa del barón, diseñaron una vajilla compuesta por cincuenta platos, cada uno con el retrato de un personaje histórico femenino. Adquirida posteriormente por un coleccionista, desapareció hasta el año 2017 y fue expuesta en su totalidad en Londres en 2018.

Vanessa Bell (años 30)

Incluimos aquí el retrato de Amaryllis con un gato pintado por Vanessa Bell alrededor de 1958. Amaryllis era la mayor de las cuatro hijas de Angelica Bell y de David  Garnett (que había sido amante de Duncan), y por lo tanto, nieta de Vanessa y de este último.

Amaryllis con gato (Vanessa Bell)

La amistad entre Vanessa y Duncan continuó hasta la muerte de la pintora en 1961, a los 81 años, y nunca se separaron. Durante los últimos años de vida de Duncan, otro amante, el poeta Paul Roche, al que conocía desde el año 1946, convivió con él en Charleston ayudándole a mantener el estilo de vida al que estaba acostumbrado. La relación entre ambos también fue muy fuerte y duró incluso después del matrimonio del poeta y del nacimiento de sus cinco hijos. Duncan falleció en la casa de Roche en 1978 a los 93 años.

Litografía de Duncan Grant

Está enterrado al lado de Vanessa Bell en el cementerio de la Iglesia de Saint Peter, en West Firle, muy cerca de la granja Charleston donde pasaron tantos años juntos.


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Los gatos de Ulthar y H.P. Lovecraft

Se sabe que Lovecraft tuvo un gato negro cuando de niño vivía en casa de su abuelo y que dicho gato desapareció en 1904. Ese mismo año murió su abuelo dejando a la familia en dificultades financieras. Lovecraft tenía entonces 13 años. De adulto habló de su adorado gato en numerosas cartas e incluso le dedicó unas líneas en el relato “Las ratas en las paredes”, publicado en marzo de 1924.

Lovecraft con un gato

Al parecer, Lovecraft no volvió a tener un gato a pesar del cariño que sentía por ellos. Por ejemplo, años después, en otra casa de Providence, Massachusetts, puso nombre a cada uno de los gatos del barrio y decidió que pertenecían a una fraternidad ficticia llamada Kappa Alpha Tau. Los gatos le conocían y se le acercaban.

La obra de H.P. Lovecraft no fue reconocida durante su vida; a veces prefería no comer con tal de tener dinero para mandar cartas a sus amigos y corresponsales, como Robert Barlow, albacea de su obra. No hablaremos aquí en detalle de su vida, está al alcance de todos en Internet. Los gatos aparecen en varias obras del autor, en “The Dream Quest of Unknown Kadath” (La búsqueda onírica de la desconocida Kadath), en el escalofriante relato “Las ratas en las paredes”, en “Los gatos de Ulthar” y en el ensayo “Cats and Dogs”. Todos estos títulos merecen una entrada y hemos escogido “Ulthar” para empezar.

Lovecraft, Robert Barlow, sus padres y un gato negro

Escrito el 15 de junio de 1920, el cuento está claramente influenciado por el escritor anglo-irlandés Lord Dunsany, al que Lovecraft admiraba. El niño huérfano se llama Menes, como el mítico fundador de la ciudad egipcia de Menfis, donde también se veneraba a la diosa Bastet, asimilada a Sejmet.

El relato empieza con un canto al gato: “Dícese que en Ulthar, más allá del río Skai, nadie puede matar a un gato; y en verdad me lo creo mientras observo a aquel sentado que ronronea ante el hogar. El gato es críptico, y está próximo a cosas extrañas que los hombres no pueden ver. Es el alma del antiguo Egipto, el portador de relatos de las olvidadas ciudades de Meroe y Ofir. Es pariente de los señores de la jungla y heredero de los secretos de la vetusta y siniestra África. La Esfinge es prima suya, habla su idioma; pero es más antiguo que la Esfinge, y él recuerda lo que ella ha olvidado”.

En Ulthar, un viejo y su esposa disfrutaban poniendo trampas y matando a todos los gatos que se acercaban a su casucha a las afueras del pueblo. El resto de habitantes, gente sencilla, deploraba la desaparición de sus gatos, pero no se atrevían a enfrentarse a la pareja de ancianos, pues la expresión de sus caras marchitas les asustaba.

Un buen día, una caravana procedente del sur entró en las estrechas calles de Ulthar. Pero esas personas en nada se parecían a las de otras caravanas que llegaban al pueblo dos veces al año. Eran de tez oscura, en sus carretas llevaban pintadas extrañas figuras con cuerpo humano y cabeza de gato, halcón, carnero y león, y su jefe iba tocado con un disco entre dos cuernos. Entre el grupo había un niño huérfano llamado Menes cuya única compañía era un gatito negro.

Lovecraft y los gatos de Ulthar (Providence, Rhode Island)

La tercera mañana de la estancia de la caravana en Ulthar, Menes no encontró a su gato. Al verle llorar desconsoladamente en la plaza, la gente le habló de la malévola pareja y de los horribles ruidos que habían oído por la noche. El niño dejó de llorar, reflexionó y empezó a orar en un idioma desconocido. Las nubes adoptaron formas exóticas de criaturas híbridas coronadas con discos flanqueados por cuernos que dejaron atónitos a los aldeanos.

El extraño grupo abandonó Ulthar esa misma noche; jamás les volvieron a ver. Y también esa noche desaparecieron todos los gatos del pueblo. No quedaba ninguno, ni pequeños ni grandes, ni negros, grises, atigrados, amarillos o blancos.

El viejo Kranon, el burgomaestre, acusó a la gente de tez oscura de haberse llevado a los gatos para vengarse de la desaparición del gatito de Menes, y los maldijo. Pero Nith, el notario, dijo que más bien habría que sospechar del viejo y de su mujer. Aun así, nadie se atrevió a acercarse a la choza, a pesar de que Atal, el hijo del posadero, juró haber visto a todos los gatos de Ulthar en la hora crepuscular congregarse en el jardín semiabandonado de la pareja.

Los habitantes de Ulthar se fueron a dormir inquietos y enfadados, pero al amanecer descubrieron que los gatos habían vuelto. No faltaba ninguno y parecían satisfechos, tranquilos, contentos, y no dejaban de ronronear. Durante los dos días siguientes, los gatos rechazaron la carne y la leche que les ponían sus dueños.

Hasta una semana después los habitantes no se dieron cuenta de que ya no se veía luz en la casucha de la pareja de ancianos. Ninth dijo que nadie les había visto desde la noche que los gatos habían desaparecido. Pasó otra semana antes de que el burgomaestre decidiera vencer su miedo e ir a ver qué pasaba. Por si acaso, se llevó a Shang el herrero y a Thul el cantero como testigos. Después de romper la frágil puerta, solo encontraron dos esqueletos en el suelo de tierra batida y unos cuantos escarabajos escondiéndose en los rincones oscuros.

Lo ocurrido dio mucho que hablar. Zath el médico y Nith el notario debatieron el tema hasta la saciedad. Kranon, Shang y Thul tuvieron que contestar a mil preguntas. Incluso el pequeño Atal debió repetir decenas de veces lo que había visto esa noche, y todos le dieron dulces para recompensarle.

Lovecraft en 1934

El cuento acaba así: “Al final, los ciudadanos aprobaron una ley notable de la que hablan los negociantes en Hatheg y los viajeros en Nir; concretamente que en Ulthar nadie puede matar a un gato”.


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El gato negro, de Edgar Allan Poe

Dibujo de Aubrey Beardsley

Edgar Allan Poe nació en Boston el 19 de enero de 1809, hizo doscientos diez años la semana pasada. Ninguno de sus numerosos biógrafos menciona que tuviera un gato, aunque no sería de extrañar que en los doce años que vivió con su amada esposa Virginia compartieran su hogar con uno. Solo sabemos que el 19 de agosto de 1843, el periódico Saturday Evening Post publicó un aterrador relato titulado “El gato negro”, que posteriormente sería traducido y analizado en un sinfín de idiomas.

Cartel de la película (1934)

Por si alguien no lo ha leído, este es un resumen del cuento: El narrador, un hombre condenado a muerte, empieza diciendo que no pide que nadie le crea, pero que no está loco y que no soñó la historia. Añade que siempre le gustaron los animales, desde su más tierna infancia, y que de adulto, uno de sus mayores placeres era alimentarlos y acariciarlos. Se casó joven y descubrió que su esposa compartía su inclinación: tenían pájaros, peces de colores, un buen perro, conejos, un pequeño mono y un gato. Este era grande, completamente negro y muy inteligente, por lo que su esposa a veces decía, sonriendo, que todos los gatos negros son brujas disfrazadas.

Pluto, pues así se llamaba el gato, era su favorito, siempre estaban juntos y la amistad entre ambos duró varios años, hasta que el narrador cayó en las garras de la bebida. Empezó a maltratar a los animales de casa si se cruzaban en su camino y con el tiempo, incluso Pluto – que ya empezaba a tener años -, se llevó alguna patada que otra. Una noche, al regresar embriagado, pensó que Pluto le evitaba. Agarró al gato de mala manera, por lo que este, asustado, le mordió, y el narrador le sacó un ojo con su navaja.

Grabado de Fritz Eichenberg

Al día siguiente sintió remordimientos, pero fueron de corta duración; el alcohol se encargó de disiparlos. Pluto se recuperó, no parecía sufrir, pero salía huyendo cada vez que veía a su maltratador. El narrador sigue diciendo que esa actitud acabó por sacarle de quicio y que, una mañana, totalmente despejado de las nubes del alcohol, pasó un nudo corredizo alrededor del cuello de Pluto y le colgó de un árbol.

Ilustración de Anna Pedzik

Esa misma noche se declaró un devastador un incendio en la casa obligando al matrimonio y a los criados a salir corriendo. Todos los muros, excepto uno, se cayeron, y en el único que quedaba en pie, grabado cual bajorrelieve sobre el fondo blanco, aparecía la figura de un gigantesco gato negro con una soga alrededor del cuello. El narrador explica que encontró una explicación lógica a la aparición y que no le preocupó sobremanera.

Fotograma de la película de 1934

Siguió bebiendo; y una noche, mientras se emborrachaba en “un antro infame”, vio una forma negra en las enormes barricas de ginebra o de ron. Se acercó y descubrió que era un gato negro de grandes proporciones cuya única diferencia con Pluto era una pechera blanca. El gato le siguió a casa y se instaló como si siempre hubiera vivido allí. Al poco, el narrador empezó a sentir una creciente antipatía hacia el animal, al que su esposa alimentaba y defendía. Huía de “su odiosa presencia, como del aliento de la peste”. Pero cuanto más le rehuía, más le perseguía el gato, sentándose bajo su silla, saltando en su regazo, buscando caricias.

Dibujo de Jessica Morichi

Además, la marca blanca en el pecho del gato, al principio de contornos indefinidos, empezó poco a poco a adoptar la forma del patíbulo. El gato se convirtió en una pesadilla para el narrador, que desahogó sus ataques de furia maltratando a su pobre esposa. Esta, un día, le acompañó al sótano a buscar algo y, como siempre, el gato negro bajó con ellos. Allí, olvidando el terror que le causaba el animal, cogió un hacha y la levantó a punto de asestarle un golpe mortal, pero su mujer le agarró por el brazo, impidiéndoselo. Incapaz de contener su rabia, le abrió el cráneo a su esposa de un hachazo.

Autor desconocido

Las paredes del sótano eran gruesas y decidió emparedarla para ocultar su horrible crimen. Una vez acabada la obra y recogida cualquier cosa que pudiera incriminarle, empezó a buscar al gato negro, pero este había desaparecido. Y entonces dice, textualmente: “Es imposible describir, o siquiera imaginar, la profunda y dichosa sensación de alivio que me produjo la ausencia de la odiada criatura. (…) Dormí profunda y tranquilamente, sí, ¡incluso con el peso de un asesinato en el alma!”

Ilustración de Vania Zouravliov

Pero la policía apareció al cabo de tres días y pidió inspeccionar la casa. El narrador, convencido de que no podían descubrirle, se la enseñó y, efectivamente, no vieron nada. Cuando los guardias ya subían por la escalera del sótano, no pudo resistir a la tentación de demostrar la solidez de los muros y golpeó con su bastón el punto en que había emparedado a “mi esposa del corazón”.

Ilustración de Aubrey Beardsley

Horrorizado, nada más apagarse la reverberación del golpe, oyó “una voz de ultratumba, un gemido, al principio sordo y discontinuo, como el llanto de un niño, que rápidamente se transformó en un largo, fuerte, ininterrumpido grito, del todo anómalo e inhumano, un aullido, un lamento entre el horror y el triunfo”.

Portada moderna

Los policías demolieron la pared, y el cadáver de su esposa, ya en avanzado estado de descomposición, apareció de pie ante todos. Y acaba diciendo: “Sentada en su cabeza estaba la horrible bestia cuyas artimañas me habían inducido al asesinato, y cuya voz informante me mandaría ante el verdugo. ¡Había encerrado al monstruo en la tumba!”

Ilustración de Alphonse Legros

Ilustración de Frederick Simpson Coburn

Un escalofriante relato en el que un hombre, un borracho, un maltratador, un asesino, culpa a un gato de todas sus acciones. Edgar Allan Poe fue un maestro del misterio y del horror, del romanticismo más absoluto, como lo demuestran sus maravillosos poemas. Se le considera el inventor del género detectivesco y fue uno de los primeros en escribir relatos de ciencia-ficción.

El escritor no tuvo una vida fácil y murió el 7 de octubre de 1849, a los 40 años, dos después de que falleciera Virginia, la mujer que fue su inspiración, el 30 de enero de 1847 a los 24 años. Ambos murieron de tuberculosis.


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La gata invitada, un libro de Takashi Hiraide

Hishida Shunso (1874-1911)

Es sabido que los japoneses aman a los gatos. Quizá se deba a su inclinación por la elegancia y lo misterioso, dos cualidades muy felinas. El gato aparece en pinturas de la Era Edo (1603-1867), cuando también surgieron las leyendas en torno a los bakeneko o gatos cambiantes (https://gatosyrespeto.org/2016/02/04/los-gatos-cambiantes-o-bakeneko-de-japon/), pero no es realmente hasta el siglo XX cuando el gato se convierte en el protagonista de varias novelas importantes. Por ejemplo, “Wagahai wa neko de aru”, en español  “Soy un gato” o “Yo, el gato”, de Natsume Soseki (https://gatosyrespeto.org/2015/04/23/soy-un-gato-de-natsume-soseki/), escrita entre 1905 y 1906, traducida al inglés en 1972, llevada al cine diez años después y publicada por primera vez en español por la editorial Trotta en 1999.

Soseki tenía un discípulo llamado Uchida Hyakken que en 1957 escribió un libro titulado “Nora ya”, cuya traducción podría ser “Oh, Nora”, donde cuenta sus desesperados intentos por encontrar a su amado y desaparecido gato. A pesar de la palabra “nora” en el título, que proviene de “nora neko” (gato perdido), se trata de un macho. Por desgracia, este libro no está traducido al español.

Gatos en Kioto

Tampoco ha aparecido en español “Neko to Shozo to futari no onna”, una novela cómica con una gata llamada Lily como protagonista, escrita en 1935 por Tanizaki Junichiro, que podría traducirse como “Una gata, un hombre y dos mujeres”, llevada al cine en 1956 bajo la dirección de Shirô Toyoda.

Shozo y la gata Lily

Gato con grillo (Era Meiji tardía)

En 1987 la escritora vanguardista Kanai Mieko publicó una novela acerca de un joven, sus amigos bohemios y una gata muy preñada a la que debe cuidar. En honor a Uchida Hyakken, tituló el libro “Tama ya” (Oh, Tama).

Era Meiji (1868-1912)

“Tabineko ripoto”, de la novelista Hiro Arikawa, está narrada por un gato llamado “Nana”, que significa “siete” en japonés. En 2012 fue publicada en Japón y en 2017 en España por la editorial Lumen con el título de “A cuerpo de gato”. La versión cinematográfica, dirigida por Koichiro Miki, se estrenó en Japón el 26 de octubre de 2018.

Una vez demostrado que existe una tradición centenaria de escribir novelas protagonizadas por gatos, pasaremos a hablar de una pequeña joya del poeta Takashi Hiraide titulada “Neko no kyaku”, cuya traducción literal es “La gata invitada”. Alfaguara la publicó en 2014 como “El gato que venía del cielo”, el mismo título que en Francia y en Italia. Y en esos tres países se habla de un gato cuando es una gata. En alemán fue “El gato en el jardín” y en inglés, “El gato invitado”.

La historia gira en torno a una pareja de unos treinta años afincada en un barrio tranquilo de Tokio. Alquilan una casita, la “casa de invitados”, un poco apartada de la casa principal en un maravilloso jardín. Se respetan mutuamente, se llevan bien,  pero tienen poco que decirse. Los dos trabajan en casa. La novela empieza con la descripción de lo que se ve a través de la ventana de la cocina, una valla de madera que separa el jardín de un callejón al que da otra casa.

Seiho Takeuchi (1864-1942)

En esa casa, la de los vecinos, vive Chibi, que significa “gatita”. Chibi es blanca con manchas negras y toques de marrón, tiene el rabo corto, como numerosos gatos japoneses, pero Chibi es especial porque es pequeña, elegante y muy bonita. Poco a poco, la gata empieza a visitar a la pareja y acaba teniendo dos casas, como hacen muchos gatos, algo que no suele sentar muy bien a sus dueños. Sin embargo, deberíamos acordarnos de que los gatos no tienen “dueños”.

Seiho Takeuchi

Con el paso del tiempo, Chibi se convierte en el centro de la vida de la pareja. Adaptan la casa para acomodar a la gata; por ejemplo, siempre dejan una ventana entreabierta para que pueda entrar y salir, le compran pescado, le ponen leche, tiene una caja especial e incluso abren el futón mucho antes de irse a dormir y así Chibi puede acostarse cuando quiere.

Takahashi Hiroaki (1871-1945)

La esposa dice: “Para mí, Chibi es una amiga con la que conecto y que ha tomado la forma de un gato”. Pero Chibi nunca permite que la pareja la acaricie o la coja en brazos, y el narrador se pregunta si en la otra casa no tendrá otra personalidad. El autor describe a la gatita de tal forma que cobra vida y parece salir de las páginas, como también lo hacen el jardín, los árboles, la casa principal, la casa de invitados…

Kawanabe Kyôsai (1831-1889)

“El gato que venía del cielo”, la primera novela de Takashi Hiraide, se convirtió en un superventas del New York Times y del Sunday Times en 2014 y ha sido traducida a 24 idiomas. Es un libro delicado, triste, poético, que ningún amante de los gatos puede perderse.

Takashi Hiraide nació en 1950 en Kyushu y se trasladó a Tokio para estudiar en la Universidad Hititsubashi, una famosa escuela de Empresariales y Economía. A la vez, siguió cursos en la Bigakko, una conocida escuela de Arte en la que se han graduado numerosos artistas. En 1972 publicó una serie de poemas en la revista “Eureka” y su primer libro fue muy bien recibido en 1976. Con excepción de diez años, desde 1978 cuando trabajó como editor en Kawde Shobo, siempre se ha centrado en su obra literaria. Tiene una pequeña editorial donde se ocupa incluso de diseñar los libros que publica.

Portada (original de Foujita)

En 1985 participó en el Programa Internacional para Escritores de la Universidad de Iowa como poeta residente. Ganó el Premio Yomiuri de Literatura en 1994 por “Hidarite nikki reigen” (Notas del diario de la mano izquierda); el Premio Kiyama Shohei en 2002 por “Neko no kyaku” (El gato que venía del cielo), y el Premio MEXT de las Artes en 2004 por la biografía del poeta Irako Seihaku.

Portada japonesa

Actualmente reside a las afueras de Tokio con su esposa, la poetisa Michiyo Kawano, y un gato.

Gato en Kioto