Gatos y Respeto

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El gato en anuncios (sobre todo de quesos) y más

El gato aparece en anuncios desde que estos existen. Hace algo más de cuatro años ya dedicamos una entrada a este tema (https://gatosyrespeto.org/2017/02/16/gatos-y-anuncios/). Está claro que usar cualquier animal en un anuncio suele ser un gancho infalible y, según varios estudios recientes, el gato es el más poderoso de todos, pero ¿por qué?

Perfume

Los expertos dicen que el gato representa el arquetipo del bienestar: sabe disfrutar de las buenas cosas de la vida en un entorno seguro y del calor del hogar, unas buenas bases para lanzar ciertos mensajes. De acuerdo, pero no todos los gatos tienen una vida placentera, ¿o es que los publicistas nunca han visto a un gato hambriento y muerto de frío debajo de un coche una noche de invierno?

Además de comunicar una sensación de satisfacción, el gato tiene siete vidas (nueve en muchos países); en otras palabras, quedaremos satisfechos con la robustez y durabilidad del producto. Ha sido utilizado para anunciar cualquier cosa, desde cigarrillos, alcohol (incluso el vinho verde portugués), radiadores (tiene lógica, les gusta el calor), perfumes, jabones…

…y coches (en general suelen ser felinos grandes), pero Pontiac utilizó un gato para promocionar el modelo Catalina, jugando con las tres primeras letras “c-a-t”. El anuncio dice más o menos lo siguiente: “¿Conocen la nueva raza “cats” de Pontiac? Rápida, con equilibrio innato, resistente para nueve vidas, esa es la nueva raza “cats” de Pontiac, ¡el Catalina!”

Los gatos también han promocionado medias, manoplas, leche (tiene sentido, aunque no es recomendable que un gato beba leche), gimnasios y mucho más. El poder del gato parece imparable, a pesar de los ailurófobos, que obviamente están perdiendo la batalla.

Ahora bien, ¿por qué hubo una época – los años cincuenta – en Francia en que el gato personificó el queso? Es verdad que a muchos les gusta el queso, pero suelen inclinarse por los curados. Entre los 20 anuncios que hemos encontrado, todos son quesos blandos y franceses, excepto uno de gruyere suizo escrito en inglés, por lo tanto dirigido a la exportación.

Hay de todo, “El gato ladrón”, “El gato con botas”, “El gato desnudo” (Chat nu) por un juego de palabras con el apellido del fabricante, “Chanu”, “El gato goloso”…

Para acabar una entrada algo absurda cambiaremos totalmente de registro e incluiremos algo que no tiene nada que ver con la publicidad. Se trata de una historia corta escrita por Colette, una de las más tristes que firmó.

“Viví la vida terrestre, donde era negro. Negro del todo, sin una mancha blanca en el pecho, sin estrella blanca en la frente. Ni siquiera tenía esos tres o cuatro pelos blancos que aparecen en la garganta de los gatos negros, debajo de la barbilla. De pelo corto, mate, tupido, rabo delgado y caprichoso, con el ojo oblicuo de color agraz, un auténtico gato negro.

Mi más lejano recuerdo remonta a una casa donde encontré, viniendo hacia mí desde el fondo de una sala larga y sombría, un gatito blanco. Algo inexplicable me empujó hacia él y nos detuvimos nariz contra nariz. Dio un salto hacia atrás e hice lo mismo a la vez. Si no hubiera saltado aquel día, quizá viviría todavía en el mundo de los colores, de los sonidos y de las formas tangibles…

Pero salté y el gato blanco creyó que yo era su sombra negra. En vano intenté convencerle de que yo tenía una sombra mía. Él se empeñó en que solo fuera su sombra y que imitase sin recompensa alguna cada uno de sus gestos. Si bailaba, yo debía bailar, beber si bebía, comer si comía, cazar sus presas. Pero yo bebía la sombra del agua, y comía la sombra de la carne, me hastiaba acechando bajo la sombra del pájaro…

Al gato blanco no le gustaban mis ojos verdes porque se negaban a ser la sombra de sus ojos azules. Los maldecía y les lanzaba su garra. Entonces los cerraba y me acostumbré a no mirar más que las sombras que reinaban detrás de mis párpados.

Pero aquella era una vida pobre para un gatito negro. Las noches de luna me escapaba y bailaba débilmente ante el muro encalado para disfrutar viendo mi sombra, delgada y picuda, más delgada con cada luna, aún más delgada, que parecía derretirse…

Así escapé del gatito blanco. Pero mi evasión no deja de ser una imagen confusa. ¿Trepé por el rayo de luna? ¿Me encerré para siempre detrás de mis párpados bajados? ¿Me llamó uno de los gatos mágicos que emergen del fondo de los espejos? No lo sé. Pero ahora el gato blanco cree haber perdido su sombra, la busca y la llama sin cesar. A pesar de estar muerto, no conozco el descanso y dudo. Poco a poco veo alejarse la certeza de que fui un gato de verdad y no la sombra, la mitad nocturna, el negro anverso del gato blanco”.

Añadiremos dos párrafos del prólogo, también de la autora. El primero dice así: “No hay gatos corrientes. Hay gatos desafortunados, gatos obligados a disimular, gatos menospreciados, gatos que un incurable error humano entrega a manos indignas, gatos que esperan toda la vida una recompensa que nunca llega: la comprensión y la compasión. Pero ni la miseria ni la mala suerte bastan para que un gato sea corriente”.

Y más abajo sigue diciendo: “Merecía algo más el animal al que el creador dio el ojo más grande, el pelaje más suave, la nariz más delicada, la oreja móvil, la pata incomparable y la garra curva que pidió prestada al rosal; el animal más perseguido, el menos feliz y, como dijo Pierre Loti, el mejor organizado para sufrir”. [Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954), traducido del libro “Chats de Colette”, editorial Albin Michel, 1950].

Ya incluimos estos dos párrafos en la entrada que dedicamos a Colette hace más de tres años, pero desde que la autora escribió estas líneas, las razas de gato se han multiplicado, algunas de ellas creadas para acoplarse al ser humano, otras por meros criterios estéticos… La gran mayoría de anuncios actuales solo usan gatos de raza, gatos de photoshop que responden a gustos muy concretos, poco naturales y espontáneos. El gato está de moda, los gatos tienen páginas en Facebook con miles de seguidores, algunos anuncios con gatos se vuelven virales. Pero no olvidemos al gato común, al callejero, a ese que nunca será corriente.


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El niño que dibujaba gatos

Hace mucho tiempo, en un pueblecito de Japón, vivía un granjero y su mujer. Eran pobres, tenían muchos hijos y les costaba alimentarlos a todos. El mayor ya trabajaba con su padre a los 14 años y las niñas ayudaban a su madre en cuanto tenían edad suficiente.

Pero el último en nacer, un niño, no parecía hecho para el trabajo duro. Era muy listo, más que sus hermanas y hermanos, pero era pequeño y débil, y todos decían que nunca llegaría a ser muy fuerte. Así que sus padres pensaron que sería mejor que se hiciera monje en lugar de granjero. Le llevaron al templo del pueblo y le pidieron al viejo monje que le aceptase como ayudante.

El anciano hizo algunas preguntas al niño y al ver con qué inteligencia contestaba, decidió educarle. El chico aprendía rápido y era muy obediente, pero tenía un defecto: le gustaba dibujar gatos mientras estudiaba, y los dibujaba incluso donde no debía.

Dibujaba gatos en cuanto estaba solo. Gatos en los márgenes de los libros, en los biombos del templo, en las paredes, en las columnas… Por mucho que el monje le reprendiera, el niño no podía remediarlo. Le poseía “el genio artístico” y no era el acólito ideal. Un buen acólito estudia, no dibuja.

Edición de Frédéric Clément

Después de pintar unos gatos en un biombo, el monje le dijo que no podía seguir en el templo. Y antes de que se fuera, le dio un consejo: “No lo olvides, evita los lugares grandes de noche, escoge siempre un lugar pequeño”. El niño no entendió el consejo, pero no se atrevió a preguntar y se limitó a despedirse del anciano.

Edición de Lafcadio Hearn
Edición de Frédéric Clément

Estaba muy triste y no sabía qué hacer. No se atrevía a ir a casa, convencido de que sus padres le regañarían por haber desobedecido al monje. Entonces se acordó de que en otro pueblo, a unos 20 kilómetros, había un templo muy grande con muchos monjes. Decidió andar hasta allí y pedirles que le acogieran como acólito.

Edición de Frédéric Clément

El chico ignoraba que el templo estaba cerrado desde hacía tiempo porque un duende se había apoderado del edificio y había asustado a los religiosos. Unos valientes guerreros habían intentado echar al duende, pero nadie volvió a verles nunca. El niño no lo sabía, echó a andar y llegó al pueblo de noche.

Edición de Frédéric Clément

Todo el mundo se había acostado, las casas estaban sumidas en la oscuridad, solo brillaba una luz en el templo. Al llegar a la puerta, llamó. El silencio era total, volvió a llamar y, al no recibir respuesta, empujó suavemente la puerta. No estaba cerrada con llave, de lo cual se alegró.

Edición de Frédéric Clément

Le extrañó que la lámpara estuviera encendida y que no hubiera nadie. También se dio cuenta de que había mucho polvo y telas de araña por doquier, pero pensó que era una buena señal: los monjes necesitaban un ayudante. Lo que más le gustó fue descubrir varios biombos grandes y blancos, perfectos para pintar gatos. Encontró un estuche de pinturas, trituró tinta y se puso manos a la obra.

Edición de Lafcadio Hearn

Después de pintar muchos gatos, empezó a tener sueño. Y recordó el consejo del monje: “Evita los lugares grandes de noche”. El templo era enorme. Por primera vez sintió un poco de miedo y decidió dormir en un pequeño mueble con puerta corredera. El sueño se apoderó de él nada más acurrucarse. Ya de madrugada, le despertó un ruido terrible, como de una tremenda pelea. Era tan horrible que ni siquiera se atrevió a mirar por el resquicio de la puerta.

Edición de Frédéric Clément

La lámpara se apagó, el espantoso escándalo siguió durante mucho tiempo. Por fin se restableció el silencio, pero el niño no asomó la nariz hasta que los primeros rayos de sol penetraron en el interior del mueble por una ranura. Todo el suelo estaba cubierto de sangre y en el centro del templo yacía muerto un enorme, un monstruoso duende rata, ¡más grande que una vaca!

Edición de Lafcadio Hearn

Pero ¿quién lo había matado? De pronto le llamó la atención que las bocas de los gatos que había dibujado la noche anterior estaban rojas y húmedas de sangre. Comprendió que sus gatos habían matado al abominable duende y entendió el consejo del anciano monje.

Con el tiempo, el niño se convirtió en un célebre artista. Todavía hoy se enseña a los viajeros algunos de los gatos que dibujó aquella noche.

Edición de Lafcadio Hearn

El texto original de este cuento fue traducido del japonés al inglés por Lafcadio Hearn en 1898. Es el número 23 de la “Serie de cuentos de hadas japoneses”, de Hasegawa Takejirō, que Hearn incluyó en su recopilación con ilustraciones de Suzuki Kason. La historia era conocida desde la región de Tōhoku hasta la de Chugoku y en la isla de Shikoku como “Eneko to nezumi”, y algunos expertos la hacen remontar al siglo XV.

Patrick Lafcadio Hearn, escritor, periodista, traductor, nació el 27 de junio de 1850 en la isla de Lefkada, Grecia, de madre griega y padre irlandés. Debido a una serie de complicados acontecimientos, la familia se trasladó a Dublín, ciudad en la que primero le abandonó su madre, a continuación su padre y finalmente su tía abuela paterna, a la que habían nombrado su tutora.

Obligado a embarcarse para Estados Unidos a los 19 años, consiguió trabajo de reportero en Cincinnati y, posteriormente, en Nueva Orleans, antes de que le mandaran como corresponsal al Caribe francés, donde permaneció dos años. Desde allí, el periódico le envió a Japón, país en el que vivió el resto de su vida.

Se casó con una japonesa y tuvieron cuatro hijos. Se integró en la cultura de su país de adopción y se cambió el nombre por el de Koizumi Yakumo. Gracias a sus traducciones y publicaciones, Occidente pudo empezar a conocer una cultura tan desconocida como fascinante.

Lafcadio Hearn
Edición de Lafcadio Hearn

Es recordado sobre todo por sus recopilaciones de leyendas e historias de fantasmas, como “Kwaidan: Historias y estudios de cosas extrañas”. También se le conoce por haber escrito sobre Nueva Orleans, basándose en los diez años que residió en esta ciudad.


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Un gato llamado Murr y E.T.A. Hoffmann

El gato Murr

El libro se titula en realidad “Opiniones del gato Murr”, y es la segunda y última novela de su autor, E.T.A. Hoffmann, nacido el 24 de enero de 1776 en Königsberg, Prusia. Ha sido traducido a un sinfín de idiomas y, sinceramente, si no lo han hecho, merece la pena leerlo. Es divertido, irónico, entrañable, inquietante y mucho más.

Edición alemana reciente
Edición alemana 1855

El gato Murr es autodidacta, lee y escribe sin la menor dificultad. No vayan a creer que se inclina por historietas o novelitas, no, para nada, Murr dedica su tiempo a la Filosofía. En la introducción a la autobiografía del gato Murr, el supuesto editor dice que este libro, más que cualquier otro, necesita un prólogo, dada la extraña forma en que está compuesto. Quizá sea mejor resumir brevemente esta introducción.

Edición inglesa
Edición francesa

Dicho editor tenía un amigo muy querido que le rogó encarecidamente que se hiciera cargo del manuscrito de un joven autor. Prometió encontrar un impresor y quedó bastante sorprendido al descubrir que el manuscrito contenía la vida y las opiniones de un gato escritas por él mismo. Pero había dado su palabra, y ya que el estilo de las primeras páginas le pareció brillante, se lo entregó a un impresor.

Edición española
Edición italiana

Cuando le llegaron las pruebas de imprenta, vio con horror que algunos fragmentos de otra biografía se entremezclaban con los trepidantes hechos de la vida de Murr, concretamente la del maestro de capilla Johannes Kreisler. Le costó algún tiempo elucidar el misterio, pero lo consiguió.

Edición lituana
Edición turca

Cuando Murr empezó a escribir sus opiniones, encontró otro libro en el estudio de su amo y procedió a arrancar las páginas y a colocarlas como papel secante entre las suyas. Estas páginas no se entresacaron del manuscrito y fueron impresas como si formaran parte de la biografía.

Edición Zúrich, 1914
Edición finlandesa

El editor reconoce humildemente que él tuvo la culpa, pero se consuela enseguida. El lector evitará fácilmente cualquier confusión, ya que cuando se pasa a los hechos de Kreisler se indica con las letras P.d.D. (papel de deshecho) y cuando se vuelve al gato Murr, con M. cont (Murr continúa). Y añade que los amigos del maestro de capilla se alegrarán de conocer las extrañas circunstancias de su vida.

Pero hablemos un poco del hombre que decidió escribir una autobiografía felina. E.T.A. Hoffmann fue jurista, pintor, músico y escritor. La “A” de su tercera inicial corresponde a Amadeus, nombre que adoptó a los veintiocho años debido a su admiración por Mozart. No tuvo una infancia muy feliz. Sus padres se divorciaron cuando era aún muy joven y su madre, propensa a la depresión, regresó con su familia.

E.T.A. Hoffmann, autorretrato

Creció en una casa con su abuela materna, tres tías y un tío tan malhumorado como estricto. Pero la vida musical en la ciudad de Königsberg era muy activa y la familia celebraba veladas musicales con regularidad. A los 16 años ingresó en la Universidad para estudiar derecho, muy a pesar suyo, pero acabó gustándole y se convirtió en un buen abogado.

El gato Murr, por Diana Ringo
El gato Murr, por Josef Hegenbarth

Durante el tiempo de prueba en el tribunal de Königsberg, Hoffmannn daba clases de piano y se enamoró perdidamente de una de sus alumnas, que no había cumplido los treinta años, pero estaba casada con un hombre de sesenta. A pesar de la oposición del marido, la relación duró hasta 1798, aunque de modo epistolar en los últimos años.

El gato Murr, por Carl Spitzweg

Un año después dio al traste con su nuevo puesto de “asesor del gobernador” de Posen al realizar caricaturas de varios notables de la ciudad y distribuirlas durante los carnavales de 1802. Exiliado a Plock hasta 1804, se casó con Michaelina Rorer, hija de un secretario de juzgado polaco.

El gato Murr, por Harald Metzkes

Destinado a Varsovia, rehusó jurar lealtad a Napoleón en diciembre de 1806 y perdió el trabajo. Su esposa regresó a Posen con Cecilia, la hija de ambos, nacida en 1805 y fallecida en 1807, y Hoffmann se fue a Berlín y poco después consiguió el puesto de director en el teatro de Bamberg. Fueron años muy difíciles, y cuando Joseph Seconda le ofreció ser director musical de su compañía operística, los Hoffmann se trasladaron a Dresden en 1813.

Maximilian Liebenwein (Edición de 1923)
Maximilian Liebenwein

No tardó en discutir con Seconda y el matrimonio partió hacia Berlín en 1814. Allí consiguió trabajo en el tribunal de la Corte. Su ópera “Undine” se estrenó con mucho éxito, pero el teatro ardió después de veinticinco representaciones. A partir de 1819, Hoffmann se vio envuelto en varios litigios debido a sus opiniones liberales y a sus caricaturas. Falleció de sífilis el 25 de junio de 1822, en Berlín, a los 46 años.

Volvamos al gato Murr. En la edición original alemana hay un dibujo del gato Murr, obra de Hoffmann, en la portada (reproducido en la edición inglesa de 1999). En mayo de 1820, Hoffmann escribió a su amigo el Dr. Friedrich Speyer: “Un gato auténtico al que había criado, un gato macho de gran belleza (su semblanza está bastante bien reproducida en la portada) y de aún mayor inteligencia, me dio pie para la divertida broma que se abre camino entre una obra muy seria”.

El gato Murr visto por E.T.A. Hoffmann (Primera edición)

El verdadero Murr murió, tal como cuenta Hoffmann a sus lectores al final del segundo volumen, a finales de noviembre de 1821. El escritor mandó una necrológica a sus amigos, como si se tratara de un ser humano: “En la noche del 29 al 30 de noviembre, después de una breve aunque grave enfermedad, mi amado protegido, el gato Murr, dejó esta vida por un mundo mejor, falleciendo el cuarto año de una prometedora carrera. Los que han conocido al joven desaparecido, que le vieron seguir el camino de la virtud y de la justicia, entenderán mi dolor y lo honrarán con su silencio”.

La muerte del gato Murr
Michael Gavrichkovym

Se sabe que la novela fue escrita entre 1819 y 1821. Murr debió de ser un gato muy querido que acompañaba al escritor en su estudio y al que observaba mientras dormía entre papeles y libros. Las convenciones sociales y literarias son víctimas de la pluma de Hoffmann. Murr, un gato bastante pedante, nunca deja de ironizar acerca de los ideales de la época.

E.T.A. Hoffmann y Murr en Bamberg

E.T.A. Hoffmann no tuvo una vida fácil; tendía a expresar sus opiniones en unos años muy antiliberales, a burlarse de políticos y nobles, y de vez en cuando, a enamorarse de quien no debía.

Michael Gavrichkovym (Edición rusa de 2018)
Michael Gavrichkovym


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La gata blanca, un cuento de hadas de Madame d’Aulnoy (Parte 2)

Adrienne Ségur

El padre de la princesa era el monarca de seis reinos. Su madre, embarazada de ella, pasó por delante de un vergel con frutales y se le antojó probar la fruta, pero para hacerlo tuvo que prometer a unas hadas que les entregaría a su hija recién nacida. El Rey, al enterarse, se opuso muy contrariado, pero un sinfín de desgracias sufridas por sus súbditos le obligó a respetar la promesa de su esposa. La niña creció en una torre mágica de la que no podía salir con la única compañía de Loro y Perrito, dos animales que poseían el don de la palabra. Un hada llamada Violenta la visitaba cada día subida en un dragón.

Garnier Frères (1850-1880)

Pero un día apareció un príncipe bajo su ventana y ambos se enamoraron. Loro les sirvió de mensajero, el joven le dio su retrato… Sin embargo, las hadas ya planeaban casarla con un “hado”, el Rey Mignonnet (Guapito), aunque su aspecto nada tenía que ver con su nombre, sino todo lo contrario. La joven le rechazó de mala manera y por la noche volvió a lanzar la escalera que había tejido para que subiera el apuesto príncipe.

El rey Mignonnet (Guapito)

En ese momento llegaron las hadas con el dragón, que se tragó al príncipe, y la joven princesa fue transformada en una gata blanca, así como toda la corte y los ciudadanos de uno de los seis reinos de su padre. Del parecido entre el primer y el segundo amor de la gata blanca solo se repite que es asombroso, pero no se da otra explicación. Vuelven juntos ante el Rey, y la Reina Gata Blanca le dice que siga gobernando tan bien como hasta ahora, ella dará un reino a cada uno de los otros dos hermanos porque con cuatro tienen de sobra el príncipe y ella.

Ilustraciones de Frédéric Clément

Un cuento sorprendente que no responde del todo a las reglas a las que estamos acostumbrados actualmente. Para empezar es un cuento largo. Aquí hemos hecho un brevísimo resumen. Madame d’Aulnoy describe con detalle el palacio y su decoración, la torre encantada donde está encerrada la gata blanca, la ropa de la protagonista, de la Corte, de los criados…

Maravillas de papel

Incluso relata minuciosamente una batalla naval entre ratas y gatos. Los gatos tienen todas las de perder en un principio, pero consiguen sobreponerse y ganan. La gata blanca, sabia y precavida, no permite que maten a todas las ratas porque también son necesarias.

La batalla naval según Frédéric Clément

Es un cuento cruel en muchos aspectos. Las hadas quieren quedarse con una niña recién nacida y casarla luego con un ser contrahecho y nada simpático, pero ¿con qué fin? El hechizo solo terminará cuando alguien se atreva a cortar la cabeza y la cola de la Gata Blanca… Cuando se refiere al príncipe que trepa por la escalera hacia su ventana, habla de él como “su esposo”. Y, como en cualquier cuento de hadas que se precie, el tiempo no existe.

Maravillas de papel

El escritor de libros infantiles estadounidense Robert D. San Souci (1946-2014) realizó una versión muy edulcorada del cuento porque debió considerarlo no apto para niños. Pero dado que fue asesor de la factoría Disney, no es de extrañar que quisiera censurarlo.

Los cuentos de Madame D’Aulnoy han seguido publicándose a través de los siglos, ilustrados por mujeres como la catalana Lola Anglada (1892-1984), la primera ilustradora profesional en España, además de autora de varios libros. Afiliada a la UGT durante la Guerra Civil española, fue represaliada posteriormente por el franquismo, quedando truncada su carrera.

Adrienne Ségur (https://gatosyrespeto.org/2020/06/18/gatos-y-cuentos-de-hadas-de-adrienne-segur/) incluyó el cuento de la gata blanca en dos recopilaciones “Érase una vez” y, como no podía ser de otro modo, en “El gato Jeremías y otras historias de gatos”.

Adrienne Ségur

Pero hablemos un poco de la autora. Nacida Marie-Catherine Le Jumet de Barneville en 1650 o 1651, bajo el reinado de Luis XIV, fue obligada a casarse a los quince años con el barón d’Aulnoy, François de la Motte, veinte años mayor que ella, y conocido por su afición a la bebida, las mujeres y el juego. Unos años después, la baronesa tramó un plan con un amante y con otro hombre para que su marido fuera acusado de lesa majestad, crimen castigado con la muerte.

Lola Anglada

Declarado inocente y condenados a muerte los dos hombres que le acusaron, Madame d’Aulnoy consiguió escapar milagrosamente (escondiéndose en una iglesia), pero debió exiliarse primero en Flandes, en 1672,  y luego en Inglaterra, en 1675. Regresó a París en 1677, y un año después partió para España con el pretexto de visitar a su madre, la condesa de Gudanne, a la que Carlos II protegía. Por cierto, la autora escribió “Relatos de un viaje a España”, traducido al castellano por primera vez a finales del XIX, donde se incluyen ideas sorprendentes en cuanto a las costumbres españolas de entonces.

Ideas tan sorprendentes que ha llegado a decirse que nunca estuvo en España… En 1682 realizó otro largo viaje a Inglaterra y en 1685 regresó definitivamente a su país natal con el permiso del Rey Sol por “servicios realizados a la Corte”. En otras palabras, Madame D’Aulnoy era una espía.

Lola Anglada

En París se instaló en el Faubourg Saint-Germain llevando una vida muy discreta, pero abrió un salón literario al que acudían regularmente todas las mujeres intelectualmente brillantes de la época (y no eran pocas). Fue amiga de Charles Marguetel de Saint-Denis, señor de Saint Évremon, político y escritor libertino francés de gran renombre.

Versión de Robert San Souci con ilustraciones de Gennady Spirin

Su marido, con el que no compartía casa desde hacía mucho, falleció el 21 de agosto de 1700 habiéndose gastado su fortuna y parte de la de su esposa. Al parecer, la gran popularidad de los cuentos la ayudaron a mantener a sus cuatro hijas. Su primogénita y su hermano, nacidos ambos en 1667, ella en enero y él en noviembre, murieron siendo muy pequeños. Tuvo dos hijas en los dos años siguientes y, posteriormente, en 1676 y 1677 otras dos de padre desconocido.

Maravillas de papel

Luis XIV ya era muy mayor cuando se publicaron por primera vez los cuentos de la autora. Además, estaba bajo la influencia de la muy austera Madame de Maintenon. Lejos quedaban las diversiones de su juventud, las fiestas, las representaciones teatrales, los conciertos. La religiosidad y la moral marcaron el final del reinado del Rey Sol, y los cuentos de hadas, una diversión mundana practicada en los salones de entonces, sirvieron para aliviar la pesadumbre y recordar con nostalgia las fastuosas fiestas de antaño con decorados dignos del mejor cuento de hadas.

Lola Anglada

Al fin y al cabo, Madame d’Aulnoy se nutría en la misma fuente maravillosa que Luis XIV, cuya predilección por los cuentos se debía a los que oyó a sus nodrizas siendo niño. Algunas fiestas, como “Placeres de la isla encantada”, de las que se conservan informes, demuestran su inclinación por todo lo feérico.

Adrienne Ségur

Fue la séptima mujer admitida en la Academia Galileiana de Ciencias, Letras y Artes de Padua, con los nombres de “La elocuente” y “Clio”, musa de la Historia. Falleció en París el 14 de enero de 1705 a los 54 o 55 años.

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La gata blanca, un cuento de hadas de Madame d’Aulnoy (Parte 1)

Ruth Anderson

Madame D’Aulnoy acuñó el término “cuento de hadas” (contes de fées) alrededor de 1690 con la publicación de “L’Île de la félicité (La isla de la alegría), el primer cuento de este género en Francia. Después del éxito de “Contes de ma mère l’Oye” (Cuentos de mi madre la oca), de Charles Perrault, la baronesa (o condesa según algunos) publicó en 1697 los cuatro volúmenes de “Cuentos de hadas”, a los que siguieron “Nuevos cuentos o Las hadas de moda” en 1698.

Madame D’Aulnoy

Hoy en día siguen siendo famosos los cuentos de Perrault (El gato con botas https://gatosyrespeto.org/2019/11/21/el-gato-con-botas/, Caperucita, Pulgarcito…), pero Madame d’Aulnoy ha caído en el olvido. Sin embargo, en la primera mitad del siglo XVIII sus relatos fueron reeditados cinco veces, una más que los de Perrault. Es hora de redescubrir sus fantásticos, imaginativos y novelescos cuentos de hadas.

Auténticas obras maestras de la literatura feérica, muchos de sus cuentos nacen de la tradición oral y supo trasladarlos a un género literario destinado a lectores adultos y aristocráticos. La revista “Mercure galant”, fundada en 1672 para informar y publicar poemas e historias cortas, fue una gran defensora de la calidad literaria de los escritos de Madame D’Aulnoy.

1810

Sus cuentos incluso dejaron el círculo mundano al que pertenecían y fueron reeditados por la Biblioteca Azul, como ocurrió con el cuento que nos sirve de excusa hoy para hablar de esta singular mujer. La colección fue creada a principio del XVII en Troyes por el impresor Nicolas Oudot y estaba compuesta por obras cortas encuadernadas en rústica, impresas en papel de mala calidad y con tapas de color azul grisáceo. Los ejemplares eran baratos y estaban destinados a la clase popular mediante la venta ambulante.

Biblioteca Azul

Pero antes de seguir hablando de la autora, resumiremos el precioso cuento titulado “La gata blanca”. Érase una vez un rey que tenía tres hijos. Temeroso de que el mayor quisiera hacerse con el trono, decide mandar a los tres en busca del perrito más maravilloso del mundo y darles un año para encontrarlo. Entregará su corona al ganador. Los tres emprenden la marcha, pero al cabo de unos días una terrible tormenta sorprende al benjamín en un bosque desconocido. Por suerte, atisba unas luces a lo lejos, se acerca y descubre un magnífico palacio. Llama a la puerta y le abren varias manos sin cuerpo.

Después de asearse y cambiarse de ropa, las manos le guían hacia un comedor donde una pequeña orquesta gatuna toca sus instrumentos. La música no es del gusto del príncipe y se tapa los oídos con las manos. Entonces entra en la sala una pequeña figura espléndidamente vestida cuyo rostro está tapado con un velo negro, flanqueada por dos gatos de luto y seguida por muchos otros llevando jaulas con ratas y ratones. La figura se alza el velo y el príncipe descubre a la gata blanca más bella que jamás pisó y pisará la tierra.

Concierto felino

Con el velo negro

Cenan juntos. En un momento dado, el príncipe (nunca sabemos su nombre) ve que la gata lleva un diminuto retrato atado a la muñeca y pide verlo. Es el de un joven apuestísimo parecido a él como dos gotas de agua. A pesar de sentirse muy intrigado, no se atreve a preguntar por miedo a herir los sentimientos de la bella felina. Después de una representación teatral interpretada por gatos y monos, ambos se retiran a descansar.

La primera cena (Siglo XVIII)

Con el retrato en la muñeca

Al día siguiente, la gata blanca organiza una partida de caza. Ella va montada en un mono y él, en un caballo de madera más rápido que cualquier corcel. Y así transcurre un año sin que el príncipe se dé cuenta. Salen de caza, juegan al ajedrez, algo que se le da muy bien a la gata, pasean, conversan. Esta le recuerda que solo faltan tres días para la cita con su padre. El joven príncipe se desespera, pero la gata le consuela: el caballo de madera recorrerá las quinientas leguas que le separan del palacio de su padre en doce horas y, además, le entrega una bellota que contiene el perro más pequeño que existe.

El caballo de madera según Gustave Staal (1850-1880)

Como era de esperar, el Rey queda maravillado ante las habilidades del minúsculo perrito, pero no le apetece deshacerse de la corona y esta vez se le ocurre mandar a sus tres hijos en busca de una pieza de tela tan ligera y fina que pueda pasar por el ojo de una aguja de bordar. Los tres hermanos se ponen en marcha y el benjamín regresa al castillo de la gata blanca. Al llegar, la encuentra triste y algo desarreglada, pero en cuanto le ve, la gata blanca se alegra y parece revivir.

Y le besó la pata

Transcurre otro año. De nuevo, la gata le avisa con tres días de antelación y le entrega una nuez que no debe romper hasta llegar delante de su padre. Le manda en una carroza tirada por doce caballos blancos como la nieve seguidos por mil guardas gatunos portando las armas de la gata blanca. Cuando el Rey rompe la nuez, aparece una almendra, dentro de la almendra, una avellana, y así hasta un grano de mijo donde está la tela.

Ilustraciones de Vernier

No cabe duda de quién ha ganado, pero el Rey sigue sin estar dispuesto a entregar la corona y les pide una última cosa: dentro de un año deberán volver con la más bella de las princesas. Dará el reino al hijo con la novia más guapa. El joven príncipe regresa al castillo de su querida gata. El tercer año transcurre como los dos anteriores. Cuando ella le avisa de que solo quedan tres días, el príncipe no quiere partir, prefiere su compañía a cualquier reino. La gata blanca le dice que se llevará a la más bella de las princesas, pero para conseguirlo debe cortarle la cabeza y el rabo antes de tirarlos al fuego.

1908

El príncipe, horrorizado, se niega a hacerlo, pero ella acaba convenciéndole porque ha llegado el momento de romper el hechizo. Por fin, él alza la espada con mano temblorosa y obedece. El cuerpo sin vida de la gata blanca se transforma en una joven maravillosa, y en ese momento entra toda la corte de la gata transformada en seres humanos. Esa noche, la gata le cuenta su historia a su amigo. Continuará la semana próxima.


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Una gata autora, Suzanne Szasz y Paul Gallico

Todo empezó cuando el vecino editor de Paul Gallico le dio un manuscrito que parecía estar cifrado. Al cabo de un tiempo, y después de fijarse en el teclado de una máquina de escribir, el escritor y periodista deportivo entendió que los repetidos errores en el texto se debían a que no era ningún dedo lo que había tocado las teclas, sino patas, y concretamente patas de gato. Una vez descubierto el misterio, logró descifrar el código por los grupos de letras del teclado, y leyó el título: “El miau silencioso, un manual para gatitos pequeños, callejeros y gatos sin hogar, de x.x.x.x.x.”

A partir de ese momento y durante 155 páginas, una gata muy sensata explica paso a paso cómo ser acogida por una familia, cómo hacerse con los dueños de la casa, apropiarse de su sillón favorito, conseguir deliciosos bocados en la mesa y, sobre todo, cómo modular el maullido – todo un arte – para obtener los resultados idóneos.

Paul Gallico reconoce en el prólogo que dudó en devolver el manuscrito traducido a su amigo el editor, un confeso ailurófobo, para no desvelar el hecho de que los humanos pertenecemos a los gatos y no al revés. El editor, al conocer el contenido, no quiso perder un segundo en publicarlo, convencido de que por fin el mundo entendería que “son bichos manipuladores”, a pesar de que Gallico le explicó que el libro produciría el efecto opuesto.

Cica celebrando la Navidad

Suzanne Szasz y su marido Ray Shorr son los autores de las fotografías del libro. Cica, la gatita de unos tres meses que apareció en su casa de verano en Westhampton, Long Island, estaba absolutamente decidida a adoptarles costase lo que costase. No solo Cica demostró ser encantadora, sino que se enamoró del coche y tendía a subirse al menor descuido de sus dueños. Además, como no podía ser menos, debía salir en todas las fotos.

“El miau silencioso” en alemán

Cica empieza el libro con las siguientes palabras: “Cuando era muy joven, tuve la desgracia de perder a mi madre y de quedarme sola en el mundo a las seis semanas. No me afectó mucho ya que era inteligente, bien parecida, no me faltaban recursos y tenía mucha confianza en mí misma”. Cica era pequeña, pero con una buena opinión de sí misma.

El libro, que desafortunadamente no está traducido al español, consta de diecinueve capítulos y, como apuntamos en el primer párrafo, se titula “El miau silencioso”. El capítulo XII está dedicado al “idioma gatuno” y empieza explicando ese miau silencioso. En palabras de la autora, es la técnica más eficaz para obtener algo. Recomienda “mirar a la persona, abrir la boca como si se fuera a emitir un maullido, pero sin permitir que se escape el más mínimo sonido”.

Paul Gallico (foto de Carl Van Vechten, 1937)

Según sigue diciendo, el efecto es devastador. “El hombre o la mujer parecen conmoverse en lo más profundo de su ser y estar dispuestos a darnos lo que sea”. Aconseja no usarlo demasiado a menudo para que no pierda efectividad y añade que no entiende a qué se debe esta reacción.

Cualquiera que tenga gatos se habrá fijado en que, de vez en cuando, se sientan en el suelo, nos miran y usan la técnica del “miau silencioso”. Conocemos a uno que la domina a la perfección y, efectivamente, es muy difícil resistirse.

El libro, además de un texto lleno de humor irónico (obra de Paul Gallico, gran amante de los gatos), contiene nada menos que doscientas fotos de Cica ilustrando sus consejos. Está claro que Suzanne Szasz y a su marido cayeron rendidos a los pies de la gatita.

Paul Gallico, nacido en Nueva York en 1897, era el hijo de un pianista y compositor italiano y de una madre austriaca. Se convirtió en un famoso periodista deportivo después de pedirle a Jack Dempsey que boxeara con él, experiencia que utilizó para describir en primera persona qué se sentía al ser noqueado por un campeón.

Paul Gallico con dos gatos

A pesar de ser uno de los periodistas mejor pagados de Estados Unidos, abandonó el mundo del deporte para dedicarse a la ficción. Muchas de sus novelas empezaron como extravagantes historias cortas publicadas en revistas que a menudo recibían malas críticas. Su mayor éxito, “La gansa blanca” (The Snow Goose), es uno de los pocos libros de Paul Gallico traducidos al castellano. “Thomasina, The Cat Who Thought She Was God” (Thomasina, la gata que se creía Dios) fue otro gran éxito llevado al cine por Disney.

Escribió numerosos libros acerca de gatos, como por ejemplo “Jennie”, la indómita gata que ayuda a un niño convertido en gato callejero, y “Honorable Cat”, también con poemas y fotografías de Osamu Nishikawa. Doce novelas suyas fueron llevadas a la gran pantalla y otras cinco, a la televisión. Se casó cuatro veces, escribió más de 40 libros y alcanzó la fama. Hoy en día es un autor casi olvidado.

De los gatos dijo: “Unos gatitos pueden pasarle a cualquiera”. “Todo lo que es y haga un gato me parece maravilloso, precioso, estimulante, tranquilizador, atractivo y encantador”. Hablando del ronroneo, explicó: “Nadie ha sido capaz de descubrir cómo hacen ese sonido sutil, y más aún, nadie lo descubrirá nunca. Es un secreto que perdura desde el principio de los tiempos de los gatos y nunca se desvelará”.

A Paul Gallico le gustaban mucho los gatos, y tuvo uno que se llamaba Sambo. El novelista falleció el 15 de julio de 1976.

Suzanne Szasz nació en Budapest en 1915 y se trasladó a Estados Unidos en 1946. Se divorció de su primer marido, el diplomático Sandor Szasz un año después. Hizo sus primeras fotos con una cámara prestada trabajando en un campamento para niños y no tardo en vender fotos a revistas de la talla de Life, Look, Parents y muchas otras.

Suzanne Szasz

Su capacidad a la hora de trabajar con niños y de “desaparecer”, permitiéndole hacer fotos intimistas y espontáneas, fue alabada por numerosos especialistas infantiles. Ilustró libros de las antropólogas Margaret Mead y Elizabeth Taleporos, así como del científico social Karl W. Deutsch, entre otros.

El 22 de diciembre de 1956 se casó con Ray Shorr, otro fotógrafo, y la persona a la que van dirigidos muchos de los comentarios de Cica. Suzanne Szasz, en una nota al final del libro, dice que cuando Cica apareció al otro lado de la ventana, nunca sospecharon que iban a ser adoptados: “¡Dos fotógrafos ambulantes no pueden tener un gato!” Creemos que queda claro que nunca habían tenido uno, pero que debió tratarse de un amor a primera vista.

Ray Shorr con Cica

Ray Shorr falleció en 1994 y Suzanne Szasz el 3 de julio de 1997, mientras visitaba a su familia en Budapest. No sabemos cómo conocieron a Paul Gallico.


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Gatos, canciones y poemas de María Elena Walsh

María Elena Walsh nació el 1 de febrero de 1930 en Buenos Aires y falleció el 10 de enero de 2011 en esa misma ciudad, dos fechas llenas de sol y luz en el hemisferio austral. Y nos parece que fue una mujer llena de luz, alegría y vida. En Argentina, la mayoría de niños nacidos a partir de los años sesenta crecieron escuchando sus canciones, con letras como estas:

El reino del revés

Escribió numerosas canciones, poemas y cuentos de gatos, y también sabemos que desde su regreso a Buenos Aires a mediados de los años cincuenta siempre hubo uno en su casa. Sin embargo, solo hemos encontrado una foto suya con un gato, realizada en 1971 por el gran fotógrafo Pepe Fernández, a quien dedicó la canción “Zamba para Pepe”.

María Elena Walsh fotografiada por Pepe Fernández en 1971

Incluso sin fotos, creemos que debemos dedicar una entrada a la poetisa, cantautora, escritora y compositora que escribió maravillosas canciones infantiles y poemas. Incluimos portadas de discos, fotos de gatos bonaerenses y más. En cierto modo su obra puede considerarse revolucionaria al ofrecer a los niños un concepto totalmente diferente al habitual en canciones infantiles. María Elena Walsh, como Edward Lear (https://gatosyrespeto.org/2015/08/16/el-gato-old-foss-y-edward-lear/) (https://gatosyrespeto.org/2020/06/11/la-gata-y-el-buho/), creía en el absurdo.

Por ejemplo, escribió el siguiente Limerick “Una vaca que come con cuchara/y que tiene un reloj en vez de cara,/que vuela y habla inglés,/sin duda alguna es/una vaca rarísima, muy rara”. Como habría dicho Lear, se trata de una vaca “runcible”. Es probable que esta “comprensión” del absurdo se debiera a que su padre, desde muy pequeña, le cantó “limericks” ingleses.

María Elena de adolescente

Creció en una amplia casa con jardín en el Gran Buenos Aires donde también había gatos. Fue a una escuela típica de la clase media, pero en su casa reinaba un ambiente mucho menos estricto de lo habitual en la época. Su primer libro de poemas, “Otoño imperdonable”, que publicó a los 17 años después del fallecimiento de su padre, fue elogiado por escritores de la talla de Juan Ramón Jiménez, Silvina Ocampo, Pablo Neruda y Jorge Luis Borges, entre otros.

Gato de Buenos Aires

Publicó un segundo poemario en 1951, “Baladas de un ángel”, pero la situación política e intelectual, así como la falta de libertad sexual, la empujaron a irse a París con su amiga y compañera la poetisa tucumana Leda Valladares. Durante el trayecto que las llevó a Europa, formaron el dúo “Léda et Marie” para interpretar casi exclusivamente temas tradicionales del noroeste argentino.

Chacarera de los gatos

En la capital francesa subieron a escenarios tan diversos como el del Crazy Horse o el de la Universidad de la Sorbona, y estuvieron entre las precursoras de la defensa del folclore. No tardaron en codearse con cantautores como Georges Brassens (https://gatosyrespeto.org/2015/05/03/el-gato-y-george-brassens/), Jacques Brel o Barbara. Adquirieron cierta fama y grabaron varios discos. En París, hacia 1954, empezó a escribir canciones dedicadas a los niños.

Chacarera de los gatos

De hecho, existe en París un calle llamada “Rue du chat qui pêche” (Calle del gato que pesca) – dicen que la más estrecha de la ciudad  – cuyo nombre se debe a la siguiente leyenda: Parece ser que un gato negro siempre acompañaba a un canónigo o un alquimista (esto último no queda claro) cuando iba a pescar al río Sena; el gato golpeaba el suelo con sus patas y los peces picaban. Tres universitarios creyeron estar ante el diablo en persona y tiraron al pobre gato al río. El canónigo/alquimista desapareció. Pero cuál no fue la sorpresa de los estudiantes cuando reapareció unos meses después con el mismo gato.

Calle del gato que pesca, París

Es probable que María Elena conociera la leyenda, pero la letra de su canción no está basada en ella. Eso sí, no nos cabe duda de que el nombre de la calle la empujó a componerla.

El gato que pesca

Leda y María Elena regresaron a Buenos Aires en 1956. Dos años después, la directora de televisión María Hermina Avellaneda convenció a María Elena para que escribiera libretos de programas infantiles. El éxito fue rotundo y siguió componiendo canciones para espectáculos que el dúo ponía en escena.

El gato que pesca

En 1964 la pareja se separó, cada una deseosa de seguir su propio camino. Doña Disparate y Bambuco fue su última presentación conjunta. María Elena dio un recital en el Teatro Regina en 1968 titulado “Juguemos en el mundo. Recital para ejecutivos”, que no tenía nada que ver con canciones infantiles. La repercusión fue tremenda; eran canciones de protesta, pacifistas y feministas.

Ya en 1965 coincidió nuevamente con la fotógrafa Sara Facio, con la que había estudiado en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Y en 1968 fue Sara la encargada de realizar las fotos del famoso recital. Pero no decidieron compartir su vida hasta el año 1975, cuando habían pasado casi diez años desde su reencuentro.

María Elena fotografiada por Sara

En plena dictadura militar, harta de la censura y de todo lo demás, decidió dejar las representaciones teatrales y se refugió en el periodismo. En los llamados “años de plomo”, la época más negra del terror, tuvo el valor de escribir artículos como “Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes” denunciando abiertamente a la censura de entonces.

Gato tango

Después de librar una dura lucha contra el cáncer entre 1981 y 1983, año en que Argentina recuperó la democracia, María Elena Walsh se involucró en varios proyectos políticos y regresó a la televisión con Maria Hermina Avellaneda y Susana Rinaldi en el programa “La Cigarra”.

Jardín Botánico de Buenos Aires

Pero será mejor dejar que Sara Facio, la compañera con la que compartió su vida durante 38 años, nos hable de ella: “En la vida privada lo que más hacía era escuchar música y leer. Después le gustaban también las cosas de la casa, las mascotas, siempre tuvo gatos, y recibir a la tardecita, siempre a uno o dos amigos, no reuniones grandes. Lo que ella llamaba ‘le petit comité’”.

Sara Fancio con un gato

Los textos de María Elena Walsh parecen muy sencillos a primera vista, pero solo trabajándolos mucho podían adquirir esa enorme simplicidad. Nuestro texto favorito tal vez sea un relato titulado “Murrungato del zapato”, la historia de un gato y una planta. Les dejamos aquí el enlace por si les apetece leerlo: https://docs.google.com/document/d/1ifS_wD54Pk9PITVgZk6WdAOuZKuHfUXd7HmGQC4uD1E/edit

Jardín Botánico de Buenos Aires

Queremos dedicar esta entrada a Yolanda. De no ser por ella, ignoraríamos la existencia de la fantástica mujer que fue Maria Elena Walsh. Gracias, Yolanda.


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Los gatos del escritor Yukio Mishima

Yukio Mishima, con más de cien obras en su haber entre novelas, ensayos, relatos, obras de teatro y guiones, es posiblemente el autor japonés más leído en Occidente. Sus escritos tratan de la muerte, la desolación espiritual, el sinsentido de la vida moderna, la sexualidad, los cambios en la cultura y las costumbres, así como de la distancia que separa el cuerpo de la mente.

Una vida en venta (1968) Portada primera edición japonesa

Nació el 14 de enero de 1925 y en realidad se llamaba Kimitake Hiraoka, pero firmó todas sus obras con el nombre de Yukio Mishima. Su padre era un alto funcionario. Mitsuko, su hermana pequeña, a la que adoraba, falleció a los 17 de fiebre tifoidea. En la foto la vemos sentada al lado de Mishima con un gato blanco bastante gordo en brazos.

Yukio Mishima con su hermana Mitsuko y un gato

A Yukio Mishima siempre le gustaron los gatos, y por la foto puede deducirse que había alguno en la casa familiar aunque, al parecer, su padre los odiaba e intentó envenenar a uno añadiendo hierro a su comida.  Existen muchísimas fotos del autor, pero muy pocas en las que está con un gato. En todas las que hemos podido encontrar, se nota que el gato retratado vive con él, es parte del hogar. Nuestra favorita es la de un gato atigrado que parece llevar collar y mira al escritor. Este, sentado en una mesa baja cubierta de libros, está fumando, y detrás hay una pared cubierta con cientos de libros. Para suplir la falta de fotos, hemos ilustrado esta entrada con algunas imágenes de gatos realizadas por artistas japoneses.

De niño, Yukio Mishima vivió con su abuela paterna, que se había casado con un funcionario, pero procedía de una familia de aristócratas y se esforzaba en mantener ciertas pretensiones típicas de la clase alta japonesa. Según varios biógrafos, los años pasados con su abuela pudieron tener que ver con su fascinación por la muerte. No le permitía jugar con otros chicos de su edad ni tampoco tomar el sol.

Fumika Koda

A los 12 años regresó a la casa familiar. Su padre era un firme creyente en educar a sus hijos con una disciplina férrea y los castigaba con severidad por cualquier cosa. Entraba regularmente en el cuarto de su primogénito y desgarraba cualquier manuscrito que encontraba. Yukio Mishima estudió en la escuela Gakushuin (de la nobleza) en Tokio. Aprendió alemán, inglés y francés, y se graduó con honores, recibiendo un reloj de parte del Emperador.

Itaya Koji (Periodo Showa)

No solo era un lector voraz de literatura japonesa, sino también de autores occidentales. Algunos de sus profesores pensaron que era mejor que adoptara el nombre de Yukio Mishima para firmar su primer relato, publicado en 1938, y evitar así las bromas de los compañeros. Cuando Japón entró en la II Guerra Mundial, en 1940, ya habían aparecido varios relatos suyos en diversas revistas.

Kamo Tatsuzo (1957)

Fue llamado a filas un año después de finalizar los estudios en el instituto. Por suerte, el día del examen médico tenía fiebre y tosía. El médico le diagnosticó, por error, una tuberculosis. Se licenció en Derecho en la Universidad de Tokio en 1947 y, obligado por su padre, aceptó un puesto en el Ministerio de Finanzas. Trabajaba durante el día y escribía de noche, pero al cabo de nueve meses, exhausto, se cayó desde un andén a los raíles. Su padre acepto por fin que abandonara el Ministerio, pero le impuso una condición, que se convirtiera en el mejor novelista del país.

Yukio Mishima (1948)

Kawanabe Kyosai (Siglo XIX)

Publicó su primera novela, “Tōzoku” (Ladrones), en 1948, a la que siguió “Confesiones de una máscara”, un relato semiautobiográfico de un joven homosexual obligado a esconderse tras una máscara para encajar en la sociedad. La novela fue un éxito inmediato y Yukio Mishima se convirtió en una celebridad a los 24 años.

Kei, gato y calabazas (Biombo, periodo Meiji tardío)

En 1955 empezó a entrenarse con pesas tres veces a la semana, lo que siguió haciendo durante los 15 años restantes de su vida. Deploró públicamente la poca importancia que daban los intelectuales al físico en comparación al intelecto. El 1 de junio de 1958 se casó con Yoko Sugiyama, una universitaria de 19 años con la que tuvo dos hijos.

Kikuzawa Buko (1933)

La orientación sexual de Mishima siempre molestó a su esposa, que nunca habló de ese tema abiertamente, ni siquiera después de la muerte del escritor. Según John Nathan, su biógrafo y traductor, la homosexualidad en Japón no estaba tan mal vista como en muchos países occidentales y la bisexualidad se aceptaba. Era mucho más inaceptable ser un soltero empedernido.

Muramusa Kudo

En 1968 fundó la “Tatenokai” o “Sociedad de los escudos”, una milicia compuesta sobre todo por jóvenes universitarios dedicados al estudio de las artes marciales y al ejercicio físico que debían proteger al Emperador. Pero quizá no se tratara del Emperador reinante, sino de una idea abstracta de lo que significó antaño. Hirohito renunció a ser considerado divino después de la II Guerra Mundial, y Mishima le reprochó que millones de japoneses habían muerto en la guerra por el “dios viviente” que representaba. Al renunciar el Emperador a su aspecto divino, habían muerto en vano.

Yukio Mishima con un gato

Takeuchi Seiho (1924)

Yukio Mishima se entregó en cuerpo y alma al “bushido”, el código de honor del samurái, y declaró que Hirohito debía haber abdicado y aceptar su responsabilidad por perder la guerra. Sus peculiares ideas hicieron que le odiara tanto la izquierda como la derecha, hasta el punto de que contrató a un guardaespaldas para su familia. Pero nada de esto afectó a la venta de sus libros, sobre todo los primeros.

Gatos samurái (Utagawa Kuniyoshi)

El 25 de noviembre de 1970, Yukio Mishima y cuatro miembros de la Tatenokai entraron en el cuartel general de las Fuerzas Armadas de Japón y tomaron de rehén a un general del ejército. A continuación salió al balcón y arengó a los soldados pidiéndoles que se les uniera para un golpe de Estado con el fin de devolver al Emperador la gloria de preguerra.

El actor Ichumura ante un gato fantasma (Utagawa Kuniyoshi)

Llevaba un año preparándolo todo meticulosamente y había convocado a la prensa con antelación. Es probable que anticipara que los soldados se burlarían de él, dejándole una única salida según su código de honor: cometer seppuku o suicidio ritual. En su testamento, Yukio Mishima dejó una importante suma de dinero para la defensa de los cuatro amigos que le acompañaron.

Utagawa Kuniyoshi

Es curioso como un hombre tan obsesionado con la muerte pudiera tener una sonrisa  luminosa y llena de vida como en la fotografía que encabeza esta entrada donde se le ve reclinado en un brazo y sujetando con el otro a un gato blanco con manchas.

 

Yukio Mishima


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La gata y el búho

Hace casi cinco años publicamos una entrada acerca del poeta y dibujante Edward Lear y su gato Old Foss (https://gatosyrespeto.org/2015/08/16/el-gato-old-foss-y-edward-lear/). Los poemas de Edward Lear pertenecen al género “nonsense poems”, es decir “rimas sin sentido”.

El búho y la gatita (Barbara Cooney)

Desde entonces queríamos traducir “The Owl and the Pussy Cat” (El búho y la gatita), quizá su poema más famoso, publicado en 1871 como parte del libro “Nonsense Songs, Stories, Botany and Alphabets” (Canciones sin sentido, historias, botánica y alfabetos).

Adrienne Ségur

Jan Brett

Los “sin sentido” de Edward Lear ya eran famosos por esa época. En 1846 había publicado una colección de “limericks”, palabra que no tiene una traducción exacta en español. Abarca desde rimas infantiles como “Humpty Dumpty”, hasta versos satíricos, pero siempre son cortas y bastante surrealistas. El escritor siguió añadiendo “limericks” a su colección a medida que pasaban los años.

“El búho y la gatita” es uno de los poemas más apreciados de Edward Lear; lo compuso para una niña de tres años, Janet Symonds, cuyos padres eran grandes amigos suyos.

El cerdito con anillo (Edward Lear)

Comiendo picadillo y membrillo (Barbara Cooney)

El cerdito (Jan Brett)

Edward Lear inventaba palabras como “el árbol Pong” que crece en las tierras donde llegan el Búho y la Gatita, pero no cabe duda de que la más famosa es la cuchara “runcible” con la que comen picadillo y membrillo en el banquete de bodas. La utilizó en varias ocasiones, incluso para describirse a sí mismo diciendo que llevaba “un sombrero runcible”.

Debajo de un árbol bong (Barbara Cooney)

Miel y dinero (Edward Lear)

La palabra tuvo tanto éxito que, 40 años después de la muerte del escritor, pasó de ser una palabra sin sentido a ocupar un lugar en el diccionario inglés Myriam & Webster con la definición de: “Un tenedor de tres dientes” sin citar ninguna fuente. Sin embargo, Edward Lear jamás especificó el significado de la palabra; eso sí, siempre la usó como adjetivo, nunca como sustantivo.

El pavo casamentero (Edward Lear)

La boda (Jan Brett)

Navegaron un año y un día (Edward Lear)

Hablaba de un “gato runcible” (su adorado Old Foss, claro), de un “ganso runcible” (refiriéndose a alguien no demasiado listo) e incluso de una “pared runcible” (algo más misterioso). Y en una de sus rimas, acompañada de una ilustración del propio Lear, dice:

La cuchara runcible (Edward Lear)

Tocando la guitarra (Chris Dunn)

Esta entrada está dedicada a Irati y a Jude, que han descubierto a los gatos hace poco, y a los que consideramos nuestros amigos runcibles. Por cierto, Jude está a punto de cumplir siete años, ¡feliz cumpleaños, Jude!

Tu canto es un encanto (Jan Brett)

Jan Brett


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The Black Cat (El gato negro), la revista

The Black Cat fue una revista literaria publicada en Boston, Massachusetts, entre 1895 y 1922, “dedicada exclusivamente a relatos originales, inusuales y fascinantes”, según rezaba el número 41 de febrero de 1896. Seguía diciendo que no pagaba por el nombre o la fama del autor, ni tampoco por la extensión, sino por la fuerza de la historia.

La idea fue de Herman Daniel Umbstaetter, nacido en Cleveland, Ohio, en 1851, hijo de Charles Umbstetter y Helen Ehege Umbstetter, y casado con Nelly Littlehale en 1893. Sabemos que falleció el 25 de noviembre de 1913 de un tiro accidental mientras cazaba en las orillas del lago Kezar, en el estado de Maine. Según el artículo de un periódico: “Su rifle se disparó mientras ascendía por una ladera; la bala penetró justo debajo del corazón”. Herman probablemente añadió una “a” al apellido de su padre con el fin de recuperar la pronunciación alemana.

Herman Umbstaetter, además de editor, también escribía relatos cortos. Su revista puede considerarse una precursora de las revistas “pulp”, es decir, encuadernadas en rústica, baratas y populares. Durante años, The Black Cat valió cinco centavos, y el abono anual, solo cincuenta. Siguió a este mismo precio hasta 1908, cuando pasó a 10 centavos y un dólar el abono anual, hasta que a finales de la década de 1910 costaba 20 centavos. A pesar de su formato, era una revista de una elevada calidad literaria que ponía al alcance del gran público relatos sorprendentes.

Se publicaron unos trescientos números en total, casi siempre mensualmente, excepto los primeros seis meses del año 1922 en que fue bimensual. La revista, de 64 páginas, medía 15 x 23 centímetros. Hasta 1919, la editorial era The Short Story Publishing Company, en 1920 Black Cat y en 1922 William Kane. El último número salió a finales de 1922 o principio de 1923.

El primer número vio la luz en octubre de 1895 con una portada ilustrada por Nelly Littlehale Umbstaetter. Mientras se encargó del dibujo de la portada, siempre apareció el mismo gato negro, a veces de cuerpo entero y otras solo su inconfundible cara. La pintora también contribuía con ilustraciones para los relatos que contenía y para la publicidad.

El número de mayo de 1899 publicó un relato de Jack London, “A Thousand Deaths” (Mil muertes), en el que se relata la múltiple resurrección de un hombre por un grupo de científicos. Esto nos lleva a la carta que el escritor mandó a Umbstaetter el 23 de noviembre de 1909. En ella le dice que “me alegro de darle ‘The Inevitable White Man’ (El inevitable blanco) por cincuenta dólares en recuerdo de los viejos tiempos, pero me alegraría aún más si tuviera una acuarela de la Sra. Umbstaetter”.

Sigue diciendo que, sin embargo, ahora le pagan 10 centavos por palabra y que el relato tiene 3.800 palabras, por lo que habría podido conseguir 380 dólares de otro editor. Y añade: “Pero me conformo con una acuarela de White Mountain, y si vuelvo a escribir algo que encaja con The Black Cat, será suyo”. La revista permitió a muchos escritores desconocidos publicar por primera vez o ganar un poco de dinero, y así había sido con el mismo Jack London. Hubo una época en que el escritor aceptaba diez dólares por mil palabras, pero Umbstaetter le ofreció el doble por el primer relato que le publicó.

Jack London llegó a decir que el editor le había salvado. Y también queda claro que Jack era un gran admirador de los cuadros de Nelly Littlehale Umbstaetter.

Condiciones

Nelly Littlehale nació en 1867 en Stockton, California. A los doce años recorría las colinas de Butte, Montana, recogiendo flores para pintar acuarelas. A los 17 años ingresó en la Escuela de Bellas Artes del Museo de Boston, donde la cortejó el hombre que sería su segundo marido, el pintor Hermann Dudley Murphy.

Cuando tenía veintiséis años conoció a Umbstaetter, dieciséis años mayor que ella. Poco se sabe de su vida con su primer marido, pero dado el contenido de la revista y las ilustraciones de Nelly, nos atrevemos a decir que ambos debían tener bastante sentido del humor (negro).

Volvió a casarse con Dudley Murphy en 1916, después de que este se divorciara de su primera esposa, de la que ya estaba separado. También sabemos que pasó algún tiempo en París, entre 1911 y 1914, y que el verano de este último año estudió en la Universidad de Harvard. Poco a poco, después de su segundo matrimonio, dejó atrás la fantasía, y su producción se limitó a acuarelas de flores y paisajes mucho más tradicionales, siguiendo los pasos de su conservador esposo.

Viajaron a Europa, sobre todo a Italia, pero también a Inglaterra, México y el Caribe. Murió  a los 74 años, en 1971, cuatro años antes que Dudley Murphy. Expuso sus obras en solitario en tres ocasiones, en 1926, 1929 y 1937.

Aparte de sus dibujos para The Black Cat, también ilustró en 1914 “Every Child’s Storybook” (Cuentos para todos los niños), dedicado a los cuentos de hadas, el volumen V de “Our Wonder World: A Library of Knowledge in Ten Volumes” (Maravilloso mundo: Una biblioteca del saber publicada en diez volúmenes). Sus ilustraciones casi hacen sombra a las de Arthur Rackham (https://gatosyrespeto.org/2019/12/12/gatos-de-cuento-de-arthur-rackham/) y son totalmente inconfundibles

Dibujo publicitario de Nelly Littlehale Umbstaetter

Con los años, la revista The Black Cat se hizo famosa por sus extraños relatos, que iban desde el terror hasta la ciencia-ficción. El periódico San Francisco Examiner llegó a decir que “era el éxito del siglo en cuanto a relatos”. En ella se publicaron textos de Rupert Hugues, Rex Stout, O. Henry, Frank Pollock y Clark Aston Smith, un buen amigo de H.P. Lovecraft, entre otros muchos. Henry Miller tenía 27 años cuando recibió su primer talón, en 1919, por una serie de críticas publicadas en The Black Cat.