Gatos y Respeto

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Los gatos del libro que nunca fue y Brad Holland

Brad Holland es un conocido ilustrador estadounidense nacido en Ohio en 1943. Un artículo del periódico The Washington Post de 1986 le describía como “la indiscutible estrella de la ilustración americana”; y el escritor Steven Heller dijo en Print Magazine: “Del mismo modo que Pollock redefinió las artes plásticas, Holland ha cambiado radicalmente la percepción de la ilustración”.

La metáfora visual es algo que hoy en día se da por hecho en la ilustración, pero no siempre fue así, y desde luego no lo era cuando Brad Holland empezó profesionalmente en 1968. Entonces, cualquier director artístico dejaba muy claro lo que quería, dando poca libertad al artista. Pero Holland tenía ideas muy distintas a las de sus predecesores y quería ofrecer una visión más personal.

El entonces director artístico del New York Times, Jean-Claude Suares, apoyó y abrió las puertas a artistas como Holland para que los ilustradores dejaran de realizar meros encargos. Por cierto, J.C. Suares, como se le conocía, era todo un personaje que además publicó numerosos libros de fotografías y dibujos con gatos como protagonistas.

Brad Holland ha dibujado gatos, pero tampoco muchos si se tiene en cuenta su amplísima obra. Hace tiempo ilustró un libro infantil que nunca se publicó. Ya que la historia no era suya, sino de una novia, quizá jamás lleguemos a saber qué ocurría realmente en “El libro infantil que nunca fue”.

Según dice el artista, hace tiempo tuvo una novia que escribía cuentos infantiles y tenía dos gatos. Ella aún no había publicado nada, pero él sí, y le ofreció ilustrar el manuscrito para presentar el proyecto a un editor. La historia transcurría en la costa de Maine y la protagonizaban dos gatos, una serpiente, un ratón y una gaviota llamada Sarah, así como una majestuosa langosta acompañada por un banco de peces.

Al parecer, la novia y su familia se trasladaban cada verano desde el norte de Virginia a la costa de Maine, donde alquilaban una casa muy grande para acoger a todos los primos, cuñados, cuñadas y amigos. La pareja había escogido el dormitorio más cercano a la puerta trasera para que los dos gatos, uno negro y otro atigrado, entraran a su antojo, ya que estaban mucho más interesados en pasear a la luz de la luna que en estar mirando a dos personas durmiendo.

Y así nació la historia. El primero en llegar fue el ratón. Una noche, unos gruñidos despertaron a Holland y a su novia; al encender la luz, vieron a los dos gatos con la mirada fija en el interior de la maleta abierta y vacía que les habían dejado para que se entretuvieran. No tardaron en descubrir que dentro había un aterrado ratoncito dando vueltas como loco en un intento por escaparse.

Los gatos solo parecían estar orgullosos de su captura, por lo que Holland les felicitó y, disculpándose, rescató al ratón, lo soltó en el jardín y trajo dos cuencos de nata como recompensa. Al día siguiente, el ratón se había convertido en un personaje del cuento. La serpiente llegó unos días después. Los gatos la encontraron y la trajeron al dormitorio varias noches seguidas hasta que desapareció. “Su destino sigue siendo un misterio”, en palabras de Brad Holland. También fue incluida en la historia.

Por suerte, la gaviota y la gran langosta no fueron depositadas en la maleta vacía, nacieron de la imaginación de su novia. Al final del verano, el cuento estaba terminado. Mientras su novia revisaba la primera versión, Brad Holland empezó con las ilustraciones. Reconoce que dibujar gatos era más complicado de lo que había imaginado.

“Cuando uno convive con gatos, se tiene la impresión de que siempre están dispuestos a posar, al menos durante un par de segundos”, dice el artista. “En este caso, le caí bien al gato atigrado y decidió adoptar la mesa de dibujo como punto de partida para cualquier otra actividad. Casi nunca me molestaba, parecía contentarse con estar sentado y observarme dibujar, del mismo modo que hacía yo con cuatro o cinco años en el garaje de casa con mi padre”.

La historia acababa con la poderosa langosta saliendo de las olas acompañada por numerosos peces. Solucionaba los problemas y preparaba un magnífico y extravagante banquete de peces para los gatos y sus amigos. Los gatos regresaban a su casa por la gatera, el ratón y la serpiente se iban cada uno por su lado y la gaviota alzaba el vuelo.

Las ilustraciones consiguieron que una gran editorial se interesara por el cuento, pero a partir de ese momento, nada salió bien. Los editores empezaron a pedir cambio tras cambio en el texto y le ofrecieron a Holland ilustrar otros libros infantiles, pero dadas las circunstancias decidió no aceptar hasta que el libro saliera a la venta.

Al final no lo publicaron, y al cabo de un año Brad Holland y su novia se separaron. Los dibujos acabaron en un cajón y cayeron en el olvido hasta que, un buen día, mientras el artista buscaba otra cosa los encontró y aprovechó para escanearlos. Habían pasado unos veinte años. Acaba diciendo: “Me alegra ver los dibujos. Me llevan a una época en que mi futuro era muy incierto, pero los días parecían más largos y tuve la suerte de pasar un mes o dos durante unos cuantos veranos con personas maravillosas – algunas ya no están – entre el murmullo de los pinos de la costa de Maine”.

Brad Holland empezó a mandar dibujos a Walt Disney cuando tenía quince años. Recibió una caja dos años después con todo lo que había enviado, acompañada de una carta de rechazo con Mickey Mouse en el membrete. Decidió irse a Chicago en autobús y tuvo empleos que no tenían nada que ver con el dibujo, entre otros barrer una tienda de tatuajes. En 1967, a los 23 años, se trasladó a Nueva York para dedicarse a la ilustración.

En 1969 fundó junto a Steven Heller una editorial de corta vida, Asylm Press, con el fin de promocionar y presentar el trabajo de artistas y diseñadores a la prensa alternativa de la época.


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El niño que dibujaba gatos

Hace mucho tiempo, en un pueblecito de Japón, vivía un granjero y su mujer. Eran pobres, tenían muchos hijos y les costaba alimentarlos a todos. El mayor ya trabajaba con su padre a los 14 años y las niñas ayudaban a su madre en cuanto tenían edad suficiente.

Pero el último en nacer, un niño, no parecía hecho para el trabajo duro. Era muy listo, más que sus hermanas y hermanos, pero era pequeño y débil, y todos decían que nunca llegaría a ser muy fuerte. Así que sus padres pensaron que sería mejor que se hiciera monje en lugar de granjero. Le llevaron al templo del pueblo y le pidieron al viejo monje que le aceptase como ayudante.

El anciano hizo algunas preguntas al niño y al ver con qué inteligencia contestaba, decidió educarle. El chico aprendía rápido y era muy obediente, pero tenía un defecto: le gustaba dibujar gatos mientras estudiaba, y los dibujaba incluso donde no debía.

Dibujaba gatos en cuanto estaba solo. Gatos en los márgenes de los libros, en los biombos del templo, en las paredes, en las columnas… Por mucho que el monje le reprendiera, el niño no podía remediarlo. Le poseía “el genio artístico” y no era el acólito ideal. Un buen acólito estudia, no dibuja.

Edición de Frédéric Clément

Después de pintar unos gatos en un biombo, el monje le dijo que no podía seguir en el templo. Y antes de que se fuera, le dio un consejo: “No lo olvides, evita los lugares grandes de noche, escoge siempre un lugar pequeño”. El niño no entendió el consejo, pero no se atrevió a preguntar y se limitó a despedirse del anciano.

Edición de Lafcadio Hearn
Edición de Frédéric Clément

Estaba muy triste y no sabía qué hacer. No se atrevía a ir a casa, convencido de que sus padres le regañarían por haber desobedecido al monje. Entonces se acordó de que en otro pueblo, a unos 20 kilómetros, había un templo muy grande con muchos monjes. Decidió andar hasta allí y pedirles que le acogieran como acólito.

Edición de Frédéric Clément

El chico ignoraba que el templo estaba cerrado desde hacía tiempo porque un duende se había apoderado del edificio y había asustado a los religiosos. Unos valientes guerreros habían intentado echar al duende, pero nadie volvió a verles nunca. El niño no lo sabía, echó a andar y llegó al pueblo de noche.

Edición de Frédéric Clément

Todo el mundo se había acostado, las casas estaban sumidas en la oscuridad, solo brillaba una luz en el templo. Al llegar a la puerta, llamó. El silencio era total, volvió a llamar y, al no recibir respuesta, empujó suavemente la puerta. No estaba cerrada con llave, de lo cual se alegró.

Edición de Frédéric Clément

Le extrañó que la lámpara estuviera encendida y que no hubiera nadie. También se dio cuenta de que había mucho polvo y telas de araña por doquier, pero pensó que era una buena señal: los monjes necesitaban un ayudante. Lo que más le gustó fue descubrir varios biombos grandes y blancos, perfectos para pintar gatos. Encontró un estuche de pinturas, trituró tinta y se puso manos a la obra.

Edición de Lafcadio Hearn

Después de pintar muchos gatos, empezó a tener sueño. Y recordó el consejo del monje: “Evita los lugares grandes de noche”. El templo era enorme. Por primera vez sintió un poco de miedo y decidió dormir en un pequeño mueble con puerta corredera. El sueño se apoderó de él nada más acurrucarse. Ya de madrugada, le despertó un ruido terrible, como de una tremenda pelea. Era tan horrible que ni siquiera se atrevió a mirar por el resquicio de la puerta.

Edición de Frédéric Clément

La lámpara se apagó, el espantoso escándalo siguió durante mucho tiempo. Por fin se restableció el silencio, pero el niño no asomó la nariz hasta que los primeros rayos de sol penetraron en el interior del mueble por una ranura. Todo el suelo estaba cubierto de sangre y en el centro del templo yacía muerto un enorme, un monstruoso duende rata, ¡más grande que una vaca!

Edición de Lafcadio Hearn

Pero ¿quién lo había matado? De pronto le llamó la atención que las bocas de los gatos que había dibujado la noche anterior estaban rojas y húmedas de sangre. Comprendió que sus gatos habían matado al abominable duende y entendió el consejo del anciano monje.

Con el tiempo, el niño se convirtió en un célebre artista. Todavía hoy se enseña a los viajeros algunos de los gatos que dibujó aquella noche.

Edición de Lafcadio Hearn

El texto original de este cuento fue traducido del japonés al inglés por Lafcadio Hearn en 1898. Es el número 23 de la “Serie de cuentos de hadas japoneses”, de Hasegawa Takejirō, que Hearn incluyó en su recopilación con ilustraciones de Suzuki Kason. La historia era conocida desde la región de Tōhoku hasta la de Chugoku y en la isla de Shikoku como “Eneko to nezumi”, y algunos expertos la hacen remontar al siglo XV.

Patrick Lafcadio Hearn, escritor, periodista, traductor, nació el 27 de junio de 1850 en la isla de Lefkada, Grecia, de madre griega y padre irlandés. Debido a una serie de complicados acontecimientos, la familia se trasladó a Dublín, ciudad en la que primero le abandonó su madre, a continuación su padre y finalmente su tía abuela paterna, a la que habían nombrado su tutora.

Obligado a embarcarse para Estados Unidos a los 19 años, consiguió trabajo de reportero en Cincinnati y, posteriormente, en Nueva Orleans, antes de que le mandaran como corresponsal al Caribe francés, donde permaneció dos años. Desde allí, el periódico le envió a Japón, país en el que vivió el resto de su vida.

Se casó con una japonesa y tuvieron cuatro hijos. Se integró en la cultura de su país de adopción y se cambió el nombre por el de Koizumi Yakumo. Gracias a sus traducciones y publicaciones, Occidente pudo empezar a conocer una cultura tan desconocida como fascinante.

Lafcadio Hearn
Edición de Lafcadio Hearn

Es recordado sobre todo por sus recopilaciones de leyendas e historias de fantasmas, como “Kwaidan: Historias y estudios de cosas extrañas”. También se le conoce por haber escrito sobre Nueva Orleans, basándose en los diez años que residió en esta ciudad.


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Gatos, surrealismo y Dora Maar

Gato en ventana (Estudio Kefer-Dora Maar, 1934-35)

“Mi relación con el mundo para el resto de mi vida no depende de que antaño conociera a Picasso”, le dijo Dora Maar al escritor James Lord en una llamada telefónica a finales de 1953, ocho años después de romper el vínculo con el artista. James Lord la había conocido en 1944 y la describió del siguiente modo: “Hermosa, con una nariz recta, labios rojos perfectos, el mentón firme, la mandíbula algo fuerte, un espléndido cabello castaño recogido y unas cejas como las peludas antenas de las polillas”.

Dora Maar con gato (Lee Miller, 1956)

Sin embargo, el tiempo que pasó con el pintor y el egocentrismo de este la marcó para el resto de su vida dejándole una herida que quizá nunca llegó a curarse del todo. Picasso la retrató unas sesenta veces, entre ellas en el famoso cuadro “Dora Maar con gato”, de 1941, en el que está sentada en un sillón con un gato negro en el hombro derecho. No volvió a retratarla con un gato.

Dora Maar con gato (Pablo Picasso, 1941)

Se conocieron en el Café Les Deux Magots a finales de 1935. El fotógrafo Brassaï (al que también le gustaban los gatos, https://gatosyrespeto.org/2015/11/26/los-gatos-y-los-fotografos-brassai/) les presentó. Dora Maar era una conocida fotógrafa con varias exposiciones en su haber que se movía en los círculos intelectuales parisinos, además de apoyar a organizaciones de izquierdas como el “Groupe Octobre” (Grupo Octubre), una compañía de teatro, ser parte de “Contre-Attaque”, el grupo antifascista fundado por Georges Bataille, y haber firmado el manifiesto “Appel à la lutte” (Llamada a la lucha) junto a numerosos intelectuales y artistas.

1937, Antibes, foto de Man Ray

No cabe duda de que el espíritu independiente y la inteligencia, además de la belleza, de Dora Maar atrajeron a Picasso. Pero este, en los ocho años que duró su relación, no se divorció de Olga, su primera mujer, ni tampoco dejó del todo a su anterior amante, la joven Marie-Thérèse Walter, con la que había tenido una hija, Maya, nacida en 1935. En 1937 Dora pintó a Marie-Thérèse de frente y a sí misma de espaldas. A pesar del título del cuadro, “La conversación”, no parece que las dos mujeres estén charlando.

La conversación (Dora Maar, 1937)

Picasso tiene fama de haber amado a los gatos y se sabe que tuvo alguno, pero tampoco representó a tantos gatos en sus cuadros. Dos o tres muy al principio, dos versiones de “Gato devorando a pájaro” en 1939 y ya en los años 60, “Gato con langosta”. En esa década también hizo varios retratos de Jacqueline, su última esposa, con un gato.

Dora Maar hizo toda una serie de fotos de gatos en 1935 de las que solo se conservan algunos negativos (probablemente retocados por ella en los años 80) en el Centro Pompidou. Incluimos tres describiendo a un gato aparentemente joven compartiendo su casa. Está en la alcoba, la cocina… Deducimos que tenía el pelo largo.

(Dora Maar, 1935)

El nombre completo de la fotógrafa y pintora era Henriette Theodora Markovitch. Nació el 22 de noviembre de 1907, hija de un arquitecto croata casado con una francesa. La familia se trasladó a Buenos Aires en 1910 y allí permanecieron hasta 1926. En París estudió pintura antes de matricularse en la Escuela Técnica de Fotografía y Cinematografía, donde conoció a Henri Cartier-Bresson, que sería su amigo de por vida.

(Dora Maar, 1935)

Más o menos en 1931 abrió un estudio con el decorador de cine Pierre Kéfer, especializándose en retratos, fotos de moda y publicidad. El primer cliente de importancia del estudio fue la revista “Heim”, del modisto Jacques Heim. Las fotos que realizó entre 1930 y 35 reflejan los cambios del medio gracias, sobre todo, a las innovaciones en las cámaras. Sin embargo, prefería la Rolleiflex a la nueva, más pequeña y más manejable Leica.

Niña con gato (Dora Maar, 1920)

El estudio tuvo éxito, pero Dora Maar no dejó de fotografiar lo que veía en la calle, como en “Joven con gato”, tomada en Londres en 1934, aunque siempre le atrajo más la vertiente artística de la imagen que el documento social. En 1935 se hizo famosa con sus montajes fotográficos surrealistas. En mayo y junio de 1937 realizó una serie de fotografías únicas documentando el progreso del “Guernica”.

Joven con gato (Dora Maar, 1934)

En esa época, Picasso la animó a dejar la fotografía por la pintura. Quizá lo habría hecho sin que el pintor interfiriera, pero él consideraba la fotografía “un arte menor”. Tardó décadas en volver a usar una cámara. En 1943, Picasso rompió con ella, y Dora Maar sufrió un colapso nervioso y una fuerte depresión.

(Dora Maar, 1935)
Dora Maar fotografiada por Brassaï

Fue tratada por el famoso psiquiatra Jacques Lacan, que la sometió primero a electrochoques (aunque estaba prohibido) y, posteriormente, la enfocó hacia el catolicismo usando, según él, “la religión como puente hacia la cordura”. Vivió el resto de su vida entre su piso de París, en la calle de Savoie, y la casa que le había regalado Picasso en el Lubéron, una región montañosa cercana a Aviñón.

Yesos, atelier des Grands Augustins (Dora Maar, 1941)
Leonor Fini con gato (Dora Maar, 1936)

Sus obras siguieron exponiéndose periódicamente y veía a algunos buenos amigos, como la artista surrealista Leonor Fini, a la que fotografió en numerosas ocasiones, y a Balthus. Regresó a la fotografía en los ochenta experimentando con viejos negativos y formas geométricas. De vez en cuando vendía uno de los cuadros que le había regalado Picasso para seguir viviendo tranquilamente. Falleció el 16 de julio de 1997 a los 89 años. No se descubrieron sus experimentos con fotogramas y fotografía en el cuarto oscuro hasta después de su muerte.

Leonor Fini con gato (Dora Maar, 1936)

Acabaremos con una nota más ligera: Iliazd, de verdadero nombre Ilia Zdanevich, artista, escritor y editor, amigo de Dora Maar, adoraba a los gatos. El gran problema era qué hacer cuando sus gatas tenían gatitos. En 1956 se le ocurrió imprimir un pequeño texto con un dibujo de Dora Maar anunciando a todos el nacimiento de gatitos. El texto es el siguiente: “Chalva e Iliazd tienen el honor de comunicarles el nacimiento, el 14 de septiembre en Trigance (Var), de cinco gatitos de raza doméstica en buena salud, que ya han llegado a París con la esperanza de que ustedes podrán cumplir sus deseos y adoptar a uno de ellos. París, 24 de octubre de 1956”.

Dibujo de Dora Maar


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El gato serval

Patas largas, cuerpo delgado, pelaje moteado, orejas grandes y cabeza pequeña para su tamaño, así es el serval (Leptailurus serval), la única especie del género Leptailurus. Según su ADN comparte antepasado común con el león, y otros estudios  indican que se encuentra próximo al caracal (https://gatosyrespeto.org/2020/02/27/el-gato-caracal/). Fue descrito en 1776 por el naturalista alemán Johann Christian Daniel von Schreber.

Grabado de 1892
Grabado de William Goodall

Mide entre 85 y 112 cm de largo, incluido un rabo de entre 30 y 50 cm. Las hembras suelen pesar de 9 a 16 kilos y los machos de 12 a 26 kilos. Las orejas, muy desarrolladas, y el cuello largo le permiten oír y ver por encima de la alta hierba de la sabana. La gran mayoría ostenta puntos o manchas por todo el cuerpo, aunque algunos solo tienen unas pocas marcas encima de los ojos y anillas en la cola. Son animales longevos que alcanzan los 20 años.

Hay servales totalmente negros debido al melanismo (https://gatosyrespeto.org/2019/03/21/los-gatos-negros-y-el-melanismo/), pero no abundan. Y menos aún los servales blanquecinos, que padecen de leucitismo causado por el gen mutante chinchilla, un inhibidor del depósito de pigmentos. Esto es más común en leones, pero en servales solo se conocen cuatro casos en cautividad en Norteamérica.

Serval negro
Serval blanco
Servales negros en las llanuras de Namiri

Es un carnívoro que se alimenta de roedores, pájaros, insectos, ranas y lagartijas. No suele atacar a presas de un tamaño superior a los 200 gramos. Es el felino con las patas más largas con relación al cuerpo y llega a correr a 80 kilómetros por hora. Puede permanecer hasta 15 minutos perfectamente inmóvil, con los ojos cerrados, escuchando a los roedores moverse debajo de tierra.

Es un cazador eficaz con un éxito del 50% en sus intentos, comparado al uno de diez de la mayoría de felinos. Realiza saltos hasta de cuatro metros de largo y de más tres metros de alto. Si la presa es grande se come la carne y los huesecillos, dejando la pluma o la piel, los intestinos, las patas o el pico.

Foto de Ole Jorgen Liodden

El periodo de gestación oscila entre 8 y 10 semanas, y la hembra tiene camadas de dos a cuatro crías una o dos veces al año. El gato serval, bastante común en África, vive principalmente en sabanas húmedas. Necesita agua y no se le encuentra en zonas desérticas o estepas áridas. Sabe escalar y nadar, aunque prefiere evitarlo.

Foto de Willem Kruger

Su gran depredador es el hombre. Fueron cazados sin piedad por su piel y siguen siendo abatidos en zonas con granjas, aunque ataquen a las aves domésticas en contadísimas ocasiones. Han desaparecido completamente de la provincia del Cabo, en Sudáfrica, pero parece que algunos ejemplares aún subsisten en Marruecos, donde se le daba por extinguido.

Un caso curioso es el de la planta petroquímica Secunda Synfuels Operations, a 140 km al este de Johannesburgo, con una superficie vallada de 85 km cuadrados. La densidad de población de servales es la mayor de todas las zonas estudiadas. Puede haber tres razones que lo expliquen. Primera, que la planta está rodeada de marismas, hogar de numerosos roedores, la presa favorita del gato. Segunda, la valla que cierra toda la zona impide que entren otros carnívoros, anulando la competencia. Y tercera, no les caza el hombre.

Los servales, al igual que los guepardos, no rehúyen al ser humano y son fáciles de domesticar. No todos los felinos ronronean, pero el serval sí. Maúlla, gruñe y escupe como cualquier gato que se precie. Comparte más aspectos de su comportamiento con el gato doméstico y, además, no es muy grande. En otras palabras, el animal perfecto para los amantes del exotismo.

Desgraciadamente, estas personas no se dan cuenta de que el serval es un animal salvaje que puede adaptarse momentáneamente al ser humano – porque no le queda más remedio –, pero que necesita mucho espacio, también necesita cazar y no está hecho para complacer a un dueño egoísta al que solo le interesa tener a un “gato” diferente.

La escritora francesa Colette (https://gatosyrespeto.org/2018/12/13/los-gatos-de-colette/) cuenta cómo le regalaron a Bâ-Tou y se la llevó a casa. Le dijeron que era una onza y que venía de Chad, pero por la descripción que hace Colette: “Era del tamaño de un spaniel, patas largas y musculosas…” y la foto, lo más probable es que fuera una serval hembra. Tenía veinte meses entonces. Aceptó dormir en una cesta, supo usar la bandeja con serrín, incluso se asomaba a la bañera cuando la escritora estaba en su interior.

Pero una mañana, Bâ-Tou apretó demasiado el brazo de Colette y esta la empujó. La gata serval dejó escapar un maullido terrible y se lanzó de nuevo contra la escritora, que pudo agarrarla por el collar. Pero “Bâ-Tou optó, en el momento crucial, por la paz, la amistad, la lealtad, y se acostó, lamiéndose la nariz”.

Colette, Edmond Jaloux y Amar Aîné (dueño del circo Amar) con un guepardo

Con el tiempo, Colette se dio cuenta de cómo miraba a los otros gatos que entraban en el jardín, o al perrito que un día tuvo en su regazo. Acaba el capítulo dedicado a Bâ-Tou del libro “Les chats de Colette” (Ediciones Albin Michel) diciendo: “El cielo romano te protege ahora y un foso, demasiado ancho para tu impulso, te separa de aquellos que van al jardín zoológico a burlarse de los felinos; espero que me hayas olvidado a mí que, a sabiendas de que eras inocente, acepté que se hiciera de ti un animal en cautividad”.

Como Bâ-Tou, la inmensa mayoría de felinos salvajes “adoptados” para el placer y diversión de algunos ignorantes acaban en refugios. Con un poco de suerte, contarán con algo de espacio, pero muchos vivirán el resto de su vida en una jaula porque tuvieron la mala suerte de ser escogidos para satisfacer a seres caprichosos.

Y no hablemos de los cruces entre felinos salvajes de pequeño tamaño y gatos domésticos, algo que debería estar totalmente prohibido. El gato Savannah es el ejemplo perfecto, resultado de un cruce entre una siamesa hembra y un serval macho. Desde nuestro punto de vista, una auténtica aberración.

Tres gatos Savannah