Gatos y Respeto

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Los gatos del Museo del Prado

Cabeza de gato durmiendo (Francisco Domingo Marqués, 1885)

El Prado está entre las grandes pinacotecas del mundo. Expone obras que van desde el siglo XII hasta principios del XX y posee la mejor colección de pintura española del mundo. Fue inaugurado en noviembre de 1819, durante el reinado de Fernando VII, como Museo Real, nombre reemplazado por el de Museo Nacional de Pintura y Escultura, y finalmente por el de Museo Nacional del Prado. Faltan pocos meses para que cumpla 200 años.

Perro y gatos (Ginés Andrés de Aguirre, 1775)

El Museo del Prado abrió sus puertas mostrando 311 pinturas, todas ellas de la escuela española, cuyo número aumentó a 521 en 1821. La división por escuelas era la siguiente: 283 cuadros de la española antigua, 34 de la contemporánea y 195 de la italiana. Estos dos últimos grupos se instalaron, respectivamente, en el vestíbulo y en la primera parte de la galería central, el espacio más importante del museo, el mismo lugar que en 1828 albergaría las escuelas italianas de la Colección Real.

Pelea de gatos en una despensa (Paul de Vos, 1630-40)

Su colección actual está formada por 8.045 lienzos, 9.561 dibujos, 5.973 estampas, 971 esculturas, además de objetos, documentos históricos y mapas. Desde 2018, el museo exhibe unas 1.700 obras. Aunque el primer catálogo constaba de 311 pinturas, el museo ya guardaba 1.510 obras procedentes de los Reales Sitios. Las valiosísimas Colecciones Reales, germen de la actual, comenzaron a tomar forma en el siglo XVI bajo los auspicios del emperador Carlos V y fueron sucesivamente enriquecidas por todos los monarcas que le sucedieron, tanto Austrias como Borbones.

Un gato echado sobre un almohadón (Genaro Rodríguez Olavide, 1876)

El artista con mayor volumen de obras albergadas en el museo es Francisco de Goya, pero tampoco se quedan atrás El Bosco, El Greco, Rubens, Tiziano y Diego Velázquez, entre otros. Se trata de una colección formada esencialmente por unos cuantos reyes aficionados al arte que encargaron obras y protegieron a pintores muy concretos. El fondo procedente de la Colección Real primigenia se ha complementado con aportaciones posteriores que han servido para reforzar el núcleo inicial del museo.

Riña de gatos (Francisco de Goya y Lucientes, 1786)

La gata y el zorro (Frans Snyders, s. XVI-XVII)

Durante largos años, El Prado sufrió una gran falta de espacio, por lo que llegó a ser definido como “La mayor concentración de obras maestras por metro cuadrado del mundo”. Gracias a la ampliación firmada por el arquitecto Rafael Moneo, inaugurada en 2007 y que conectó el museo con el claustro de los Jerónimos, pasó de exhibir 900 obras a 1.350. En 2018 se reabrieron las salas del ático norte, permitiendo exponer otras 350.

Sin labor (Francisco Maura y Montaner, 1890)

Detalle

Una nueva ampliación, la del Salón de los Reinos, a cargo de Norman Foster y Carlos Rubio, permitirá colgar unos 300 cuadros adicionales en 2.500 metros cuadrados. Las obras deberían empezar a final de este año o principio del siguiente.

El Paraíso y los Cuatro Elementos (Denis van Alsloot – Hendrik de Clerck, 1606-1609)

Detalle

El Museo del Prado no siempre gozó de recursos y apoyos suficientes por parte del Estado, sobre todo en el siglo XIX y parte del XX. Las medidas de seguridad en el siglo XIX eran deficientes, la mayoría del personal vivía en el museo y se amontonaba leña para las estufas, lo que provocó la alarma. El periodista Mariano de Cavia, que escribía para “El liberal”, publicó un artículo donde decía que un incendio había arrasado la pinacoteca, lo que provocó un gran revuelo. El artículo era ficticio, pero sirvió de detonante para que se adoptaran medidas adecuadas.

Las flores de mayo (Cayetano Vallcorba y Mexía, 1892)

Detalle

Aunque el Museo del Prado no ha sufrido robos rocambolescos como el Louvre, ha debido enfrentarse a algunos incidentes. El más grave, en 1918, fue el asunto del expolio del Tesoro del Delfín. Un empleado del museo llevaba tiempo robando piezas del Tesoro. Por suerte, la mayoría se recuperó, pero se perdieron once, y otras treinta y cinco estaban muy deterioradas al haberse extraído las piedras preciosas.

La cocinera (Luis Carlos Legrand, 1832-37)

Detalle

En 1861 se sustrajo un pequeño cuadro; en 1897, un boceto de Murillo; en 1906, dos estatuillas romanas y un vaso de alabastro, y en 1909, un cuadrito de “poca importancia”. Gran parte de las mejores obras fueron trasladadas vía Valencia y Cataluña hasta Ginebra durante la Guerra Civil por miedo a que los bombardeos de las tropas franquistas destruyesen el edificio y su contenido.

Filopómenes descubierto (Pedro Pablo Rubens, hacia 1609)

Detalle

Hace tres años publicamos una entrada acerca de los gatos expuestos en el Museo Metropolitano de Nueva York (https://gatosyrespeto.org/2016/12/29/los-gatos-del-museo-metropolitano-de-nueva-york/). En el museo neoyorquino hay numerosas obras representando a gatos (cuadros, dibujos, objetos, estatuas, etcétera) y además posee una herramienta que permite acceder a todas ellas, el  Meow Met. El Prado no dispone de algo tan sofisticado, pero sí se han catalogado casi todas las pinturas con un gato. Para verlas basta con entrar en https://www.museodelprado.es/coleccion/obras-de-arte?search=gato%20(felis%20silvestris%20catus)&ordenarPor=pm:relevance.

Anciana sentada (atribuido a Antonio Puga, primera mitad s. XVII)

Detalle

Hay pocos cuadros en los que el gato ocupa el lugar protagonista. De hecho, solo hemos encontrado cuatro en las 72 obras catalogadas. Hay muchos gatos en bodegones de los siglos XVI y XVII; siempre están al acecho, dispuestos a robar, rodeados de peces, trozos de carne y otras viandas tentadoras para un gato hambriento.

Pescados y un gato tras la mesa (Alexander van Adrianssen, primera mitad s. XVII)

Jan Brueghel el Viejo incorporaba a menudo en sus composiciones un gato que suele estar debajo o cerca de la mesa. En la pintura que hemos escogido, aparece acompañado de un mono y de un perro con cara de pocos amigos.

El gusto, el tacto y el oído (Jan Brueghel el Viejo, 1620)

Detalle

Cien años antes, El Bosco incluye a gatos en dos paneles del famoso tríptico “El jardín de las delicias”. En el panel izquierdo se trata de un gato con una lagartija en la boca, algo muy normal; pero en el central se ve a dos gatos machos de grandes dimensiones y uno de ellos incluso podría describirse como gato unicornio.

El jardín de las delicias (El Bosco, 1490-1500)

El jardín de las delicias (detalle del panel central)

De Goya hemos incluido dos ejemplos de los muchos que se encuentran en el museo, el famoso “Riña de gatos” y un grabado titulado “Ensayos” de la serie “Los Caprichos”.

Ensayos (Francisco de Goya, 1799)

Ahora solo queda ir al Prado y buscar a todos los gatos que se esconden en este magnífico museo. ¡Feliz aniversario, Museo del Prado!

El jardín de las delicias (detalle del panel izquierdo)

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Gatos, romanticismo y Eugène Delacroix

Eugène Delacroix está considerado uno de los mayores exponentes de la pintura romántica. Se interesó mucho por los animales e iba regularmente al “Jardin des Plantes” (Jardín botánico), donde también estaba instalada “La casa de las fieras”. De hecho, sigue existiendo hoy en día aunque ya no se llama así. El pintor decía: “La mayor felicidad de un hombre que siente la naturaleza es poder restituirla”. Pintó a numerosas fieras, caballos, perros y algunos gatos, pero sobre todo los describió en maravillosos y, a veces, extraños bosquejos.

1843

 

No sabemos si Delacroix tenía gatos, pero es muy probable. En la Francia del siglo XIX, los animales estaban muy bien vistos, no solo entre los artistas, sino también entre la burguesía y la nobleza. Se creó el cementerio de perros a las afueras de París (https://gatosyrespeto.org/2018/05/10/los-gatos-del-cementerio-de-perros/) y el gato era muy apreciado por los románticos por su aura de misterio. Aún no se había excavado el gran templo dedicado a Bastet en Bubastis, pero se sabía que los egipcios veneraban a los gatos, y los egipcios estaban de moda en el XIX. No sería raro que el pintor tuviera uno o más gatos en su casa. Tres defensores de su obra y amigos suyos, el poeta Charles Baudelaire así como los escritores Théophile Gautier y Alexandre Dumas eran grandes amantes de los gatos.

Autorretrato (1837)

El artista como gato (1831)

Eugène Delacroix nació el 26 de abril de 1798 en Charenton-Saint-Maurice, muy cerca de París, cuando sus dos hermanos y su hermana ya eran mayores. Su padre, Charles Delacroix, había sido ministro de Asuntos Exteriores y embajador en Holanda antes de ser nombrado prefecto de Marsella y luego de Burdeos, ciudad en la que murió cuando el joven Eugène solo tenía seis años. Su madre, Victoire Delacroix, era la hija de uno de los más grandes ebanistas de entonces, Jean-François Oeben. Su madre falleció en 1814.

Cabezas de gatos y desnudo

Gatos y leones

Su tío Henri-François Riesner le hizo ingresar, en 1815,  en el conocido taller del pintor Pierre-Narcisse Guérin, pero este no se dio cuenta del talento del joven Delacroix. Por suerte, conoció a Théodore Géricault, que le protegió y animó a seguir pintando. Incluso posó para el célebre cuadro “La balsa de la Medusa”.

Maullando

En el Salón de París de 1822, con solo 24 años, presentó un primer lienzo de grandes dimensiones, “Dante y Virgilio en los infiernos”. La crítica lo apreció y otorgó el calificativo de “romántico”. Pasaba largas horas en el Louvre, inaugurado en 1793, admirando las obras de los clásicos. Con “Escenas de la masacre de Quíos”, pintado en 1824, conquistó definitivamente a la crítica más avanzada, así como a Victor Hugo y Alexandre Dumas, pero los academicistas le acusaron de conmocionar las costumbres y las reglas establecidas.

Gatos y joven romano

En julio de 1830, el alzamiento del pueblo de París contra la Restauración de los Borbones inspiró a Eugène Delacroix su cuadro más famoso, “La libertad guiando al pueblo”, adquirido por el Estado en el Salón de 1831. Un año después acompañó al emisario del rey Luis-Felipe a Marruecos para tranquilizar al sultán alauí, preocupado por la reciente conquista de Argelia por parte de Francia. El recuerdo del periplo desde Tánger a Mequinez permaneció con él el resto de su vida. Gracias a sus notas, a las acuarelas que realizó durante el viaje y a los objetos que trajo consigo, realizó sesenta y dos pinturas relacionadas con Marruecos.

Gata y pelota de lana

Dedicó gran parte de su vida a concebir grandes murales para edificios civiles y religiosos en París. En 1834 decoró el Salón del Rey en el Palacio Borbón, sede de la Asamblea Nacional. En 1837 se ocupó del plafón de la biblioteca de dicho edificio. A mediados de los años cuarenta realizó el mural de la biblioteca del Palacio del Luxemburgo, sede actual del Senado. A principios de los cincuenta pintó el plafón central de la Galería de Apolo, concebida en el siglo XVII por el pintor Charles Le Brun, pero que había quedado inacabada. La Villa de París le encargó las pinturas del Salón de la Paz del Ayuntamiento, pero desgraciadamente fueron destruidas en el incendio de 1871.

Además de los edificios civiles antes mencionados, pintó una “pietà” en la iglesia Saint-Denis y desde 1840 a 1861 decoró una capilla de la iglesia Saint-Sulpice.

La segunda Exposición Universal organizada en París en 1855 sirvió para dar a conocer a pintores como Jean-Auguste Ingres, Horace Vernet y el propio Eugène Delacroix. Se expusieron treinta cuadros suyos, escogidos por él, reafirmando su posición oficial como uno de los más grandes pintores franceses.

Jugando

Gatos, otros felinos y desnudo

A partir de la década de 1850 se interesó por la fotografía y fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Heliográfica. En 1954 le encargó al fotógrafo Eugène Durieu una serie de fotografías de modelos masculinos y femeninos con criterios muy particulares: debían ser ligeramente borrosas y absolutamente sobrias, despojadas, para que pudiera volver a utilizarlas en sus cuadros.

Gato y dos leones

En 1857 decidió instalarse en la calle Fürstenberg con el fin de estar más cerca de la iglesia Saint-Sulpice. En esta nueva casa disfrutó de un jardín para él solo que hizo cambiar a su antojo. Jenny Le Guillou, el ama de llaves que empezó a trabajar con él en 1835, le siguió a la nueva residencia. Por fin, en 1861, consiguió acabar las pinturas de Saint-Sulpice, pero ya padecía de tuberculosis. Se refugió en la soledad en los últimos años de su vida.  Murió “agarrado a la mano de Jenny” en su casa el 13 de agosto de 1863 de una crisis de hemoptisis. Sus restos reposan en el cementerio del Père-Lachaise en un sarcófago imitando el modelo de la tumba de Escipión.

Sentado

Legó 50.000 francos, dos relojes y algunos cuadros a Jenny especificando que debía escoger los muebles que más le gustaban. Ella falleció el 13 de noviembre de 1869 y está enterrada al lado del pintor, según la última voluntad del mismo.

Durmiendo

Sus cuadros se vendieron en solo tres días en febrero de 1864 con un éxito inusitado. Los coleccionistas se habían interesado muy poco por su obra mientras vivía, obligándole a aceptar encargos del Estado y de la Iglesia para subsistir, pero cambiaron de idea a su muerte.

Aunque frecuentaba los salones y conoció a grandes escritores, a menudo se refugiaba en el campo, lejos del mundanal ruido. Admiró y fue amigo de Chopin y de Paganini. Baudelaire dijo de Delacroix que “es el pintor más original de los tiempos antiguos y de los tiempos modernos” y en 1963 publicó un libro dedicado a la vida y obra de su amigo.

Con los ojos cerrados


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Los gatos de Grey Gardens

Grey Gardens es una mansión en East Hampton, Long Island, que se hizo famosa en 1977 cuando los hermanos Albert y David Maysles estrenaron el documental que habían rodado en torno a la casa y sus dos habitantes, Big Edie y Little Edie. La revista Entertainment Weekly le otorgó el puesto 33 entre las mejores películas de culto; en 2010 fue seleccionado por la Biblioteca del Congreso para su salvaguarda por ser “cultural, histórica y estéticamente significante”, y en 2014, la revista Sight and Sound realizó una encuesta entre críticos de cine de todo el mundo que lo votaron el noveno mejor documental de la historia.

Montado por Ellen Hovde, Muffie Meyer y Susan Froemke, el documental describe la rutina diaria de Big Edie y Little Edie, madre e hija, que resistieron durante 25 años en lo que había sido una espléndida casa en primera línea de playa con 54 gatos, unos cuantos mapaches, miles de latas vacías de comida para gatos, suelos levantados, sin calefacción, en condiciones realmente inimaginables.

Big Edie en noviembre de 1971 (Foto de Harry Benson)

Pero ¿quiénes eran Big Edie y Litte Edie? La primera se llamaba Edith Edwing Bouvier Beale, y la segunda, Edith Bouvier Beale, era su hija y prima hermana de Jackie Kennedy, posteriormente Jackie Onassis, y de Lee Radziwill. Big Edie se casó con Phelan Beale, un adinerado abogado, con el que tuvo dos hijos y una hija.

Grey Gardens fue diseñada en 1897 y el matrimonio Beale la compró en 1923. El nombre de “Jardines grises” se debe al color de las dunas, los altos muros de cemento que rodean el jardín y la neblina del océano. Todo fue bien hasta que Phelan Beale se divorció de Big Edie en 1934, dejándole la mansión y una pequeña suma mensual para la manutención de los tres hijos. El padre de Big Edie, otro hombre muy rico, la ayudó a mantener la casa durante varios años hasta que se cansó de sus excentricidades y la desheredó en 1942.

Little Edie nació en 1917. Estudió en caros colegios privados, fue presentada en sociedad con una gran fiesta en el hotel Ritz-Carlton de Nueva York y decidió ser modelo, lo que sacó de quicio a su padre. Nunca se casó, aunque se rumoreó que Joe Kennedy Jr., el hermano mayor de John Kennedy, y J. Paul Getty intentaron convencerla. También se decía que su madre conseguía alejar a cualquier pretendiente por miedo a quedarse sola en su vejez.

Big Edie

A partir de 1947 vivió en el hotel Barbizon para Mujeres en Nueva York, intentando abrirse camino en el teatro musical. Al igual que su madre, cantaba muy bien. De hecho, Max Gordon, el exitoso productor de Broadway, le hizo una prueba en 1952, pero Little Edie tuvo que volver a Grey Gardens porque su madre ya no podía mantenerla. Después de ver el documental, cabe preguntarse si su madre no la obligó a regresar cuando se dio cuenta de que su hija tenía, finalmente, la oportunidad de hacer algo por sí misma.

Litlle Edie en la pasarela

Y así, el 29 de julio de 1952, Little Edie volvió a East Hampton para vivir con su madre y los gatos de su madre porque, como ella deja claro en la película, quien realmente amaba a los gatos era Big Edie: “Mi madre no es partidaria de la arena para gatos, prefiere que usen cajas de cartón y papel”. En los 25 años siguiente, hasta la muerte de Big Edie en 1977, apenas salió de Grey Gardens. En 1968, ambas mujeres acudieron a una fiesta en casa de unos vecinos y durante su ausencia robaron varios objetos de valor de la mansión. Fue  una de las últimas veces que Little Edie dejó la casa.

En el documental, Little Edie dice: “Hemos tenido 300 gatos en total, ahora solo hay doce. Es verdad lo que dicen de las solteronas, no necesitan a un hombre si tienen gatos”. Algunos de los nombres de los gatos eran Bigelow, Pinky One, Pinky Two, Tedsy Kennedy, Hipperino, Zeppo, Little Jimmy y Champion.

En octubre de 1971, la policía entró en la ruinosa casa y descubrió que “estaba llena de basura, olía a gato y quebrantaba varias normas municipales”. El departamento de salud del Condado de Suffolk estuvo a punto de desahuciar a madre e hija, pero las hermanas Jacqueline Onassis y Lee Radziwill, para evitar el escándalo, invirtieron 30.000 dólares en sanear la mansión parcialmente y, además, aportaron una cantidad mensual para su tía y prima. El hermano menor de Little Edie, Bouvier Beale, se ocupó de pagar los impuestos atrasados.

 

En un principio, los hermanos Maysles no tenían intención de centrar el documental en Big Edie y Little Edie. Lee Radziwill les había contratado en 1972 para hacer una película sobre la familia Bouvier. Desde el primer momento, se sintieron fascinados por las dos mujeres, sus vidas de reclusas y su extraña relación, pero Lee Radziwill se opuso a la idea. Albert y David Maysles consiguieron fondos para rodar por su cuenta y filmaron más de 70 horas.

Albert y David Maysles

Después de la muerte de Big Edie en 1977 a los 81 años, Little Edie intentó hacer realidad su eterno sueño y actuó ocho veces en el cabaret Reno Sweeney de Manhattan, pero el espectáculo fue una catástrofe. Vivió otros dos años en Grey Gardens con solo cinco gatos, sus favoritos, después de haber conseguido que los otros fueran adoptados después de que falleciera su madre.

Se dio cuenta de que no podía mantener la casa y la vendió por 220.000 dólares a Sally Quinn, la esposa de Ben Bradles, uno de los dueños del Washington Post, con la condición de que la arreglarían y no la derribarían. Cumplieron su promesa, la casa fue reformada y sigue existiendo hoy en día; es más, se vendió de nuevo hace un par de años por quince millones de dólares.

Una vez vendida la casa, Little Edie se mudó a Nueva York con dos gatos y más tarde a Florida, donde murió en el 14 de enero de 2002 a los 84 años, después de llevar cinco años sin la compañía de un solo gato.

Big Edie, Litlle Edie y los cineastas


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Gatos, mujeres, tierra y Sandra Bierman

Abundancia

Sandra Bierman pinta mujeres ampulosas con gatos, muchos gatos. Se abrazan a un gato, a dos, incluso a tres, a gatos de todos los colores, grises, amarillos, azules, verdes.  Hay mujeres jóvenes, mayores, niñas, indias, rubias, da igual, todas las mujeres del mundo llenas de curvas, algo distorsionadas. Son composiciones sensuales, llenas de colorido y vida.

Con gatos

La artista dice que pinta por intuición, nunca usa un modelo o una fotografía, se limita a dar rienda suelta a su imaginación. A menudo empieza con un esbozo que acaba por transformarse en algo totalmente distinto a la primera idea.

Sandra Bierman

Una conversación

Nació en Brooklyn, Nueva York, hija de un inmigrante sueco y de una tejana del campo. El año de su nacimiento es un misterio: hemos encontrado dos fechas distintas, 1938 y 1945. Sus padres se separaron cuando tenía cuatros años, y su madre llevó a sus dos hijas a Oklahoma, donde vivía su abuela.

Contemplación

Pasó gran parte de su infancia en casas de acogida porque su madre sufría de esquizofrenia y no podía cuidar de ella ni de su hermana, pero también vivió temporadas con su abuela, que era en parte india Cherokee, una mujer grande como las de sus cuadros, generosa, cálida y acogedora. La pintora dijo en una entrevista en 1998 que sin su abuela dudaba que hubiera sobrevivido y que muchas de las sensaciones e imágenes de sus cuadros son recuerdos e impresiones del tiempo pasado con ella.

Leyendo

En dicha entrevista cuenta que recuerda su niñez como un continuo cambio de casas y de escuelas, hasta el punto de que dejó de memorizar los nombres de sus compañeros. Eso, añadido a la dislexia que padecía, hizo pensar a varios profesores que sufría un retraso mental. Por suerte, su tía Cleo le hizo pasar unos exámenes y descubrió que su cociente intelectual estaba por encima de lo habitual, lo que le vino muy bien para su baja autoestima.

Promesa dorada

Recuerda que dibujó desde siempre. En los momentos más duros, se iba a un rincón, se escondía y dibujaba. A los doce años obtuvo su primera beca para asistir a clases de acuarela. Al acabar el instituto, logró una beca de cuatro años para el Maryland Institute of Art.

El gato azul

En 1986, siendo segunda vicepresidenta de telecomunicaciones del Chase Manhattan Bank en Nueva York, ella y su marido Arthur Bierman, profesor de física, decidieron dejarlo todo y mudarse al campo en el estado de Nueva York. Llevaba veinte años sin pintar, dedicada a sus hijos y a su trabajo. Dos años después se mudaron a Boulder, Colorado, y siguió pintando.

El gato verde

Hablando de sus obras dice: “Soy consciente de que el estilo, los temas y la composición permanecen constantes, pero cambio de técnica muy a menudo. Me gusta trabajar con lienzos de diferentes texturas y aplicar la pintura de diferente modo. Me aburriría hacer lo mismo todo el tiempo. Para mí, el arte es el camino de la exploración. Lo importante es el camino, no el producto acabado”.

Ensoñación

Prefiere trabajar con pinturas al óleo por su versatilidad, suavidad y el tiempo que necesitan para secarse completamente. Su paleta de colores pasa de los sutiles tonos tierra al impasto más vibrante. Utiliza perspectivas poco habituales, trazos ondulantes, yuxtaponiendo la oscuridad y la luminosidad.

Sigue diciendo: “Siempre me ha gustado la naturaleza. La considero una fuerza femenina y es lo que me gusta pintar. Mis mujeres forman parte de la naturaleza, aportan vida y sanan. La mayor parte de las mujeres que pinto van descalzas porque están cerca de la tierra, ancladas, seguras. Las mujeres grandes comunican esas sensaciones. Me parece que las mujeres están más en armonía con sus sentimientos, son más sensibles y más expresivas que los hombres. (…) Admiro a las mujeres con sustancia. Nadie debe avergonzarse de ser grande. Al contrario, hay que alardear de cada centímetro. Avergonzarse reduce el poder, la fuerza y el carisma; en otras palabras, la grandeza. Si fuera grande, me vestiría con vestidos sueltos llenos de colores. Sería una mujer grande con mucha presencia”.

Tiempos de oro

Gatos en la ventana

Explica que para ella pintar es una necesidad, equivale a un proceso terapéutico. Si pasa unos días sin pintar, se entristece, se enfada con el mundo; en ese caso, su marido Arthur le pide amablemente que vuelva a su taller y pinte. Todos sus sentimientos pasan a sus cuadros, algunos son oscuros, otros muy luminosos. “A veces, al empezar un cuadro, me limito a dibujar círculos. El lienzo me guía, es un proceso espontáneo. Pintar significa la mezcla de lo consciente y lo inconsciente. Trabajo con los espacios o formas entre las líneas: los brazos, las figuras, la fluidez, la simetría. Todo es intuitivo, nada está pensado de antemano”.

Tranquilidad

“Estar en mi taller y pintar se asemeja a una experiencia religiosa. Soy feliz pintando, tan feliz como cuando me sentaba en la rama del enorme roble delante de la casa de mi abuela, contemplaba el prado y me sentía una con la naturaleza, con algo mucho más grande que yo”.

El columpio

Añade que cada vez le atrae más la sencillez, acercarse a lo esencial. Cree estar muy influenciada por los maestros italianos del siglo XVI, el arte mexicano y maya, así como el arte japonés clásico.

Gato gris

Todos los gatos, sean del color que sean, rojos, azules o verdes, son en realidad uno solo. Un gato blanco al que amó profundamente y cuyo recuerdo mantiene vivo en sus obras, como ocurre con la memoria de su abuela.

Gato blanco