Gatos y Respeto

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Gatos belgas, artistas y cuentos de Jacques Sternberg

Le Chat: «Qué maravilla»

El gato más famoso de Bélgica quizá sea “Le Chat”, creado por Philippe Geluck, al que dedicamos una entrada hace seis años (https://gatosyrespeto.org/2015/08/01/le-chat-el-gato-de-philippe-geluck/). Nacido en Bruselas, el dibujante no ha dejado de publicar desde los años ochenta decenas de viñetas con “Le Chat” de protagonista, un gato gordo y tranquilo que nos contempla con ojos redondos mientras hace comentarios jocosos y absurdos.

Le Chat: «No quisiera hacer subir la presión publicando la caricatura de un manómetro»
Le Chat en un mural

Y el primer pintor belga que tal vez nos venga a la mente sea René Magritte, el maestro del surrealismo, nacido el 21 de noviembre de 1898 en Lessines y fallecido el 15 de agosto de 1967 en Schaerbeek. Magritte tuvo un gato llamado Raminagrobis, al que retrató en “Gato esperando el tren” en 1946, pero pintó muy pocos cuadros con gatos.

Raminagrobis – Gato esperando el tren (René Magritte, 1946)
La vocación (René Magritte, 1964)

Un pintor de Bruselas, Charles van den Eycken (7 de abril de 1859 – 27 de diciembre de 1923), realizó numerosos lienzos con gatos, gatas y gatitos muy del gusto de su época.

Charles van den Eycken
Charles van den Eycken

Entre los escritores debemos mencionar a Jacques Sternberg, que habló en varias ocasiones de gatos, sobre todo en una selección de 270 cuentos titulada “Contes glacés” (Cuentos helados).

Alain Delaunay (Artista nacido en 1957)
Gato montés belga

Nacido en Amberes el 17 de abril de 1923 y fallecido en París el 11 de octubre de 2006, empezó a escribir a los 19 años y publicó su primera novela en 1953. Con más de 1.500 textos catalogados, algunos le consideran el autor de cuentos más prolijo del siglo XX. Tenía un gran sentido del humor, tal como demostró con estas palabras: “El último superviviente de la raza humana está sentado en un sillón. Llaman a la puerta”.

Cerámica Keralouve (Art Déco)

Ese mismo sentido del humor queda patente en los dos cuentos que traducimos a continuación. El primero explica por qué creó Dios a los seres humanos, y el segundo trata de la resolución de un problema. Por cierto, el humor de “Le Chat” tiene mucho que ver con el de Sternberg.

Chocolate belga

“Al principio, Dios creó al gato a su imagen. Y, claro está, le pareció bien. De hecho, estaba bien. Pero el gato era un vago. No quería hacer nada. Después, al cabo de unos cuantos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con la idea de servir al gato, para ser el esclavo del gato hasta el final de los tiempos.

El cuadro robado (Henk Visch)

Al gato le dio la indolencia y la lucidez; al hombre, la neurosis, el don del bricolaje y la pasión por el trabajo. El hombre se entregó del todo a sus ocupaciones. Al cabo de los siglos, edificó una civilización basada en la invención, la producción y el consumo intensivo. En realidad, esta civilización solo tenía un objetivo secreto: aportar comodidad, techo y comida al gato.

Joachim (artista callejero)
Joachim

Y así fue como el ser humano inventó millones de objetos inútiles, en general absurdos, para producir a la vez los pocos objetos indispensables para el bienestar del gato: el radiador, el cojín, el cuenco, el arenero, el pescador de Bretaña, la alfombra, la moqueta, el cesto de mimbre, y puede que la radio, porque a los gatos les gusta la música. Pero los seres humanos no saben nada de eso. Mejor así. Benditos ellos. Y creen estarlo. Todo va bien en el mejor mundo de los gatos”.

Gato negro (Julian Key, 1984)

Y el segundo cuento dice así: “A menudo nos preguntábamos, y eso desde hacía siglos, en qué pensaban los gatos. Agazapados en el fondo de su soledad, enrollados en su calor, como desplazados a otra dimensión, distantes, despreciativos, parecían pensar, desde luego.

Kurt Peiser (1887-1962)

¿Pero en qué? Los seres humanos se enteraron bastante tarde. No fue hasta el siglo XXI. A principios de ese siglo se empezaron a dar cuenta con cierto asombro de que los gatos habían dejado de maullar. Los gatos se habían callado. Nadie montó un escándalo. Al fin y al cabo, los gatos nunca habían sido muy habladores, y es muy posible que no tuvieran nada que decir en ese momento.

Gato de espaldas (Léon Spilliaert, 1901-02)

Pero más tarde otro hecho saltó a la vista. Un hecho más singular, mucho más singular: los gatos ya no morían. Claro que algunos morían accidentalmente, en general atropellados por un vehículo, o arrancados de pequeños por alguna enfermedad perniciosa. Pero los demás evitaban la muerte, escapaban de ella, como si la fecha fatal ya no existiera para ellos. Mas nadie consiguió nunca resolver el enigma.

Martine Coppens (Artista nacida en 1956)
Martine Coppens

El secreto era sencillo, sin embargo. Los gatos, desde que vivían en la tierra, nunca habían salido de su indolencia innata para realizar, como hacen los seres humanos, mil trucos aprendidos. Siempre habían dejado que los seres humanos se ocuparan de ellos, que les procuraran comida, comodidad y calor artificial. Y ellos, liberados de todo, siempre habían vivido en una suerte de hibernación ideal, perfectamente dosificada, en su punto, preocupados únicamente en concentrarse, mullidamente acurrucados en su bienestar.

Nadia Becker (Artista nacida en 1939)

Los gatos habían tenido mucho tiempo para pensar. Habían pensado mucho. Pero mientras los seres humanos pensaban a tontas y a locas, y más bien en lo superfluo, los gatos solo habían pensado en lo esencial, siempre, sin permitirse ninguna distracción. Sin nunca cansarse, solo habían meditado en torno a un único problema en el transcurso de los siglos. Y de tanto pensarlo, lo habían resuelto”.

Serge Baeken (Artista nacido en 1967)

Hemos escogido diferentes imágenes de gatos para ilustrar esta entrada, todas ellas de gatos y artistas belgas, u obras de gatos que están en Bélgica. Durante el primer confinamiento, parece ser que los memes de gatos abundaron en Bélgica; una página turística aprovechó para fotografiar Bruselas totalmente vacía y añadir imágenes de gatos para realizar un vídeo. Les dejamos un par de fotogramas.


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Gatos de cerámica y Beatrice Wood

En el precioso libro titulado “Artful Cats”, de Mary Savig, publicado por la Smithsonian Institution, y al que pronto dedicaremos una entrada, se habla de la artista Beatrice Wood y de su amor por los gatos. Además de ser la “Mama of Dada” (Mamá de Dada), en referencia a su relación con Marcel Duchamp, el pionero del dadaísmo, también fue la madre de numerosos gatos durante su larguísima vida a los que consagró una serie de  preciosos platos de cerámica.

Beatrice Wood nació en San Francisco el 3 de marzo de 1893 en el seno de una familia adinerada. A los cinco años se trasladaron a Nueva York. Su madre se esmeró en prepararla para su presentación en sociedad, y convertirla en una joven culta llevándola a museos y exposiciones. Pero las cosas no salieron como estaban planeadas. En 1912, Beatrice anunció que quería ser pintora.

Beatrice Wood, foto de Francine Gealer (1998)

Su madre la inscribió en la Academia Julian, en Giverny, el pueblo de Monet, un centro educativo muy de moda entonces, y la mandó a Francia con una institutriz, pero Beatrice se aburrió y se escapó para instalarse en una buhardilla. Ya en París, su madre no se rindió y la apuntó a clases de baile e interpretación con actores de la Comedia Francesa en un intento de alejarla de la vida bohemia.

Clitemnestra (hacia 1950)

Se acercaba la I Guerra Mundial y regresó a Nueva York. Con el nombre artístico de “Mademoiselle Patricia” y gracias a su perfecto francés, trabajó en el Teatro Francés de Repertorio Nacional. Un día, una amiga le dijo que un francés estaba hospitalizado con una pierna rota y no tenía a nadie con quien hablar. Era nada menos que el compositor Edgar Varèse, y este le presentó a Marcel Duchamp.

Beatrice Wood en su taller

Beatrice, recordando esta época, dijo que era “una mujer monógama en un mundo polígamo”, pero acabó en un círculo de bohemios que no tenían el menor respeto por la moralidad burguesa. Marcel Duchamp la introdujo en el grupo dadaísta de Nueva York, que existía gracias al patrocinio de Walter y Louise Arensberg.

El último amor

La artista empezó a pintar en broma, para demostrarle a Duchamp que cualquiera podía hacer arte moderno. El cuadro se publicó en una revista y él la invitó a trabajar en su estudio. En 1917 participó en la exposición “Independents”.

Beatrice Wood con gata

Un año después huyó a Montreal para trabajar en el teatro, harta de que su madre interfiriese en todos los papeles que le ofrecían. Paul, el director del teatro, le propuso casarse para que sus padres la dejaran en paz. Fue un matrimonio sin amor y nunca consumado; además, Paul, era un jugador empedernido.

De vuelta a Nueva York se enamoró del actor y director británico Reginald Pole y, aunque hubo más hombres en los años siguientes, siempre dijo que nunca había dejado de amarle. Pole la presentó a Annie Besant, de la Sociedad Teosófica, y al sabio indio Jiddu Krishnamurti. Cuando el actor se enamoró de una chica mucho más joven y le rompió el corazón, Beatrice se mudó a California, donde ya vivían los Arensberg, Annie Besant y Krishnamurti.

Sin casar (1965)

En un viaje a Holanda, compró un juego de platos esmaltados con un brillo muy especial. Al no encontrar una tetera a juego, quiso hacerla ella misma, y en 1933 se apuntó a un curso de cerámica. Reconoce que se convirtió en ceramista por casualidad.

Pero sus cerámicas se vendían fácilmente. A finales de los años treinta estudió con Glen Lukens y, posteriormente, con el matrimonio formado por Gertrud y Otto Natzler. Ambos eran autodidactas (Gertrud torneaba las piezas y Otto las esmaltaba), pero están entre los mejores ceramistas del siglo pasado.

El trabajo de Beatrice acabó siendo radicalmente diferente al de los Natzler. Aprendió a manejar los esmaltes a base de errores, sorprendiéndose siempre de los resultados al sacar las piezas de la mufla.

Beatrice Wood y dos estatuas de gatos

En 1947 se compró una casa en Ojai. Ya había expuesto sus cerámicas en el Museo de Arte de Los Ángeles y en el Metropolitano de Nueva York, además de recibir pedidos regulares de tiendas como Neiman Marcus, Gumps y otras. Su casa estaba en la misma calle que la de Jiddu Krishnamurti, al que admiraba profundamente.

Beatrice Wood Center

En 1961, el Departamento de Estado organizó una exposición itinerante de su trabajo en catorce ciudades de India, país del que se enamoró. Regresó de nuevo en 1965, y por tercera y última vez en 1972, cuando compró una gran cantidad de arte popular que sirvió para aumentar su importante colección.

Dos años después, en 1974, invitada por su gran amiga Rosalind Rajagopal, hizo construir una casa y un estudio en los terrenos de la Fundación Happy Valley. La obra fue financiada en parte con la venta de un dibujo de Marcel Duchamp. Legó la casa, un gran número de obras, su biblioteca y su enorme colección de arte popular a la Fundación.

Beatrice Wood

Beatrice tuvo muchos gatos y dedicó un cuento a uno llamado Picasso, “The cat who had his nose out of joint” (El gato cabreado), literalmente “El gato al que se le desencajó la nariz”. En el cuento, Picasso, un horrible gato amarillo con una elevada opinión de sí mismo, vivía con una vieja y un viejo que le adoraban y le dejaban hacer lo que quería.

El cuento del gato Picasso

La vieja le había llamado por un pintor al que no entendía, pero al que fingía comprender. El gato Picasso disfrutaba de la más pura felicidad hasta que un terrible día, la vieja apareció con un gatito salvado de la basura. Picasso no lo soportó y decidió que solo entraría para comer (era verano); total, su sitio favorito era el albaricoquero delante de casa.

El gato que se fue a Filadelfia

Las cosas no acabaron ahí. Miró, pues así había bautizado la vieja al nuevo, salió, descubrió el albaricoquero y se apoderó de él. Y ocurrió algo peor. Dalí, el dachsund de la pareja con el que Picasso se llevaba muy bien, regresó de vacaciones y solo hizo caso a Miró. Picasso casi tuvo un ataque. Pasaron las semanas, llegó el otoño y el frío, la pareja encendió la chimenea, Dali y Miró disfrutaban del calor, pero Picasso seguía empeñado en no entrar.

Poco a poco – el frío ayudó –, Picasso comprendió que si quería volver a ser feliz, debía dar el primer paso. Y con toda la dignidad de la que era capaz, entró en casa, se frotó contra las piernas de la vieja, olió a Miró y descubrió que era un olor agradable, saludó a Dali y al viejo, y por fin se sentó delante de la chimenea.

Hemos hecho un brevísimo resumen del cuento, pero merece ser leído. Beatrice Wood demuestra conocer muy bien a los gatos cuando describe las reacciones de Picasso ante la llegada de una “intrusa”. No empezó a escribir seriamente hasta los 90 años, animada por su amiga, la escritora Anaïs Nin.

Murió el 12 de marzo de 1998 a los 105 años. Los últimos 25 años de su vida fueron los más productivos. Preguntada por el secreto de su longevidad y energía, solía contestar: “Se lo debo todo a los libros de arte, al chocolate y a los hombres jóvenes”. Su casa fue convertida en el Beatrice Wood Center y puede visitarse en Ojai, California.


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Los gatos coloridos del pintor Adélio Sarro

En 2002, el conocido crítico de arte francés André Parinaud le llamó “brasileño global”. No es ninguna exageración, pues Adélio Sarro ha expuesto – casi siempre en solitario – en un sinfín de países, en ciudades como Pekín, Tokio, Melbourne, Moscú, Bratislava, Ginebra, París, Essen y Bruselas, sin mencionar las del continente americano.

Adélio Sarro en 2018

Viendo la obra del pintor, nos llamó la atención que la mayoría de los animales vivos que incluía en sus composiciones fueran gatos. Hay aves – pero son mucho más simbólicas –, algún que otro perro y poco más. Los peces aparecen en bandejas, para ser vendidos. Se centra en mujeres y hombres solos, en pareja o pequeños grupos, y de vez en cuando – su obra es muy amplía – con un gato.

Siempre es el mismo gato o, mejor dicho, siempre lo retrata exactamente en la misma postura, da igual que le sostengan en brazos o que esté en el suelo. El gato aparece tumbado, con el rabo enrollado sobre una pata trasera, el cuello es largo y, en general, tiene pinta de estar extremadamente sorprendido por encontrarse en semejante situación.

Adélio Sarro nació el 7 de septiembre de 1950 en Andradina, estado de Sao Paulo, donde su abuelo materno tenía una pequeña plantación de café. Hemos leído que su cuna fue un cajón que había servido para transportar cebollas y al que adaptaron unos pies. Su madre era de origen italiano y su padre, portugués, ambos sin ningún conocimiento artístico.

Se crió en un cafetal y, desde pequeño, sus juguetes favoritos fueron el papel de envolver el pan y un lápiz. Cuentan que a los cuatro años trepó encima de un cajón y se quedó embelesado delante del Sagrado Corazón de Jesús del calendario. El sacerdote del pueblo predijo que sería un artista… pero también habría podido acabar siendo cura.

Sus padres se vieron obligados a mudarse en repetidas ocasiones en busca de una vida mejor. El abuelo paterno de Adélio vivía en Dracena y allí se trasladaron. Pero las dificultades continuaron: un hermano suyo murió al poco de nacer, su padre se cayó del tejado de una casa que reparaba y su madre tuvo que lavar ropa para llegar a fin de mes. En esa época utilizó su talento para dibujar anuncios para las tiendas de la ciudad y aportar algo al presupuesto familiar.

Ingresó en el seminario a los 14 años. Sobre todo dibujaba y pintaba figuras religiosas, dejando bastante claro desde un principio que eso le interesaba mucho más que estudiar el Antiguo o el Nuevo Testamento. Ante su falta de vocación, le mandaron de nuevo para casa. Al poco, la familia se mudó a Sao Caetano, una localidad muy cercana a Sao Paulo.

Un amigo suyo, Gilberto Macário, que dibujaba muy bien, encontró trabajo en una empresa de fabricación de letreros publicitarios y le hizo entrar con él. Aprendió serigrafía, una técnica nueva en Brasil, y lo consiguió a base de prueba y error. El azar quiso que conociera a un joven de Brodowski que le invitó a su boda.

En esa ciudad, visitó el museo dedicado al pintor Candido Portinari, del que nunca había oído hablar. (Incluimos los únicos dos cuadros de gatos realizados por Portinari que hemos encontrado). La visita se convirtió en una revelación; entendió que no podía seguir en publicidad y que debía entregarse a su verdadera vocación. Era el año 1971.

Denise con gato, Candido Portinari, 1960
Gato blanco, Candido Portinari, 1959

Compró libros sobre la obra del pintor y empezó a intentar copiar algunos cuadros, pero no era nada fácil. A pesar de carecer de conocimientos técnicos e incluso artísticos, mejoró poco a poco hasta descubrir la técnica de la transparencia, sobre todo con los azules y los rojos.

El siguiente paso fue exponer en la Plaza de la República de Sao Paulo después de conseguir un permiso de la prefectura. En la época casi solo pintaba los paisajes. Conoció a otros pintores, algunos con experiencia, otros tan noveles como él. Además de compradores locales, también venían turistas extranjeros que querían llevarse algo para su país.

Pero no fueron tiempos fáciles. Al no tener dinero, fabricaba sus propios bastidores con restos de cajas de madera. Durante el día trabajaba montando escaparates y haciendo carteles publicitarios para poder pintar por la noche e ir a la plaza los fines de semana. Y así hasta 1984, cuando su galerista le dijo que no podía seguir como “un pintor de fin de semana”.

En 1981, nada menos que seis instituciones japonesas mostraron sus obras. Al año siguiente expuso en los museos de arte de Sao Paulo y de Florianópolis, y a continuación fue descubierto en Italia: Milán, Roma, Bolonia, y después París, Buenos Aires, Miami y Lisboa. En 1988, la Fundación Rali adquirió cuadros suyos para el Museo Latinoamericano de Punta del Este, Uruguay. En los veinte años siguientes, el pintor recorrió el mundo con sus obras.

A partir de los noventa, sin dejar nunca de pintar, Adélio Sarrio empezó a crear murales de grandes dimensiones. Muchos se encuentran en Brasil, algunos en Alemania, otros en Francia.

(Vidriera)

Acabaremos como hemos empezado, citando al crítico francés André Parinaud: “Brasileño de hecho, por sus raíces, pero ciudadano del mundo por la calidad de sus obras y su poder de comunicación gracias a su amor por los seres humanos. Un conjunto que se presenta como la síntesis de las aspiraciones de un artista ejemplar a principios de este milenio y que da testimonio de la sabiduría de un pueblo”.


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El gato en los haikus

Fumika Koda

El haiku es un tipo de poesía japonesa. Dicho sucintamente, consiste en un poema breve de diecisiete sílabas en tres versos. Aunque es mucho más complicado que esto, por estar relacionado con el zen, el budismo japonés, y el sintoísmo, aquí nos limitaremos a hablar del gato en los haikus. Hubo un famoso poeta de haikus (dejó escritos más de 20.000) llamado Kobayashi Issa (1763 -1827) que dedicó numerosísimos a los gatos.

Kobayashi Issa

Se le considera uno de los cuatro grandes maestros del haiku en Japón, con Bashō, Buson y Shiki. Que sepamos, todos hablaron de gatos en sus poemas excepto Buson, pero nunca tantas veces como Kobayashi Noboyuki, más conocido por el apodo de “Issa”, que significa “Taza de té”.

Perdió a su madre cuando tenía tres años, su padre volvió a casarse a los cinco años, y dos años después nació su medio hermano. Fue enviado a estudiar a Edo (actual Tokio) a una edad muy temprana. Al fallecer su padre en 1801, su madrastra se quedó con la herencia y tardó varios años en recuperar su parte. No regresó al pueblo donde había nacido hasta cumplir 49 años.

Se casó, pero perdió a tres hijos, siendo todos muy pequeños, y a su mujer al poco tiempo. Su casa ardió y acabó viviendo en su almacén, hoy considerado como “Tesoro nacional” por el Estado japonés. A pesar de la enorme popularidad de sus haikus, siempre vivió con problemas económicos.

Foto de Masayuki Oki

Issa no tuvo reparos en utilizar un lenguaje popular, mordaz e irónico en sus poemas, como por ejemplo en este: El gato amante/se acicaló como Gengi/en el seto (恋猫の源氏めかする垣根哉). Comparar al héroe de “El cuento de Genji”, escrito en el siglo XI, en cuyos brazos las damas caían sin demora, con un gato no es tan descabellado. Genji es un donjuán empedernido, como lo son los gatos en época de celo.

Kawanabe Kyosai

El libro titulado “Le chat & moi” (El gato y yo), publicado por Moundarren, es una colección de haikus dedicados a los gatos, seleccionados y traducidos por Wing Fun Chen y Hervé Collet.  Como no podía ser de otro modo, la mayoría de ellos son de Issa. Uno de ellos dice así: Lluvia de primavera/al gato la niña/enseña a bailar.

En ese mismo libro hay un poema de Matsuo Bashō (1644-1694), segundo de seis hermanos. A los 18 años empezó a trabajar como cocinero para el clan Todo, conocido por proteger la literatura y la poesía. Publicó sus dos primeros poemas a los 20 años y no tardó en darse a conocer en la provincia antes de trasladarse a Edo y adoptar el nombre de Tousei.

Matsuo Basho, por Katsushika Hokusai

El mundo de la poesía era muy competitivo, los maestros se peleaban por aumentar el número de discípulos y ganar más dinero. Decidió dejar la ciudad e irse a Fukagawa (ahora parte de Tokio) y se instaló en una cabaña en el margen izquierdo del río Sumida. Aunque muchos consideraron su alejamiento como una derrota, sus discípulos le apoyaron y siguieron.

Matsuo Basho, por Yosa Buson

Allí plantó un bananero – bashō en japonés – que, al parecer, creció de una forma maravillosa; sus discípulos empezaron a llamar el lugar “Bashō-an” y él adoptó el nombre. Este haiku suyo está dedicado a una gata: A pesar de comer arroz y cebada/adelgazada por sus amoríos/está la esposa del gato.

Midori Yamada

Masaoka Shiki (1867-1902), el tercero de los poetas mencionados aquí, se esforzó en innovar los haikus del periodo Edo. Su padre, un samurái de bajo nivel, murió en 1872, a los 40 años, pero su madre consiguió que ingresara en la escuela del clan Iyo y posteriormente en una escuela preparatoria donde conoció a Natsume Sōseki, el famoso autor de “Yo soy un gato” (https://gatosyrespeto.org/2015/04/23/soy-un-gato-de-natsume-soseki/).

Masaoka Shiki
Midori Yamada

Ingresó en la universidad en 1890 con una beca, pero la abandonó al cabo de dos años, según él para dedicarse a escribir haikus, pero otros creen que por culpa de la tuberculosis. Escogió el apodo de “Shiki” – que significa “Pequeño cuco” – porque en Japón se dice que de tanto cantar el cuco vomita sangre.

Hishida Shunso

Ejerció brevemente de corresponsal de guerra en la guerra sino-japonesa, pero las condiciones insalubres empeoraron gravemente su estado. Después de ser hospitalizado en Kobe, regresó a Matsuyama y fue acogido por Natsume Sōseki. Poco después se trasladó de nuevo a Tokio, donde sus discípulos habían fundado un periódico dedicado a los haikus. Los autores que publicaban en él empezaban a ser conocidos como “La escuela nipona”.

Toshiyuki Enoki

Ya no pudo levantarse de la cama a partir de 1897. Su salud empeoró en 1901 al contraer la enfermedad de Pott, que le obligó a tomar morfina para aliviar el dolor constante. Aun así, siguió escribiendo haikus y tres obras autobiográficas. Falleció a los 34 años.

Takahashi Shotei

Un haiku suyo dedicado a los gatos: ¡Tremendo!/Las piedras se caen del muro/gatos en celo.

Muramasa Kudo

No cabe duda de que Issa convivió con muchos gatos ya que les consagró una gran cantidad de brevísimos, pero muy acertados poemas. Acabamos esta entrada con más haikus del maestro:

Kobayashi Issa

El maestro bigotudo/se me ha adelantado/bajo la sombra de los cerezos.

Envidio,/pues he renunciado,/al gato enamorado.

¡Silencio, cigarras!/El maestro bigotudo/se acerca.

Dormidos uno al lado del otro/una mariposilla, un gato/y un monje.

El gatito/baila girando/con las hojas que caen.

El gato y yo/no cruzamos/la puerta.