Gatos y Respeto

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Los gatos pop de Sebastiano Ranchetti

“Cuando miro a los ojos de un animal, no me siento superior, me siento vivo, como parte de la naturaleza”. Son palabras de Sebastiano Ranchetti, pintor, dibujante e ilustrador. Recientemente ha cumplido 60 años, y como agradecimiento a todas las personas que le han felicitado, ha publicado en las redes el dibujo de una gata naranja con el siguiente mensaje: “Gracias a todos por las felicitaciones. He cumplido sesenta años y tengo la sensación de haber empezado a vivir hace muy poco. Lo que me queda será difícil, pero maravilloso”.

Los gatos del artista nos miran de reojo, los hay de todos los colores (nunca mejor dicho), de todos los tamaños y edades, algunos bostezan, duermen o se estiran, no temen observarnos, otros parecen tímidos o altaneros, pero todos son bonitos, divertidos y muy positivos.

Uno que nos gusta especialmente lleva el título de “Gato gordo” con el subtítulo “y feliz de serlo”. Reconocemos sentir cierta debilidad por los gatos gordos. Sebastiano Ranchetti explica que ya desde muy pequeño le gustaba dibujar, y que cuando tenía unos diez años hacía paisajes muy detallados, centrándose en los árboles y sus hojas.

En otra entrevista dice: “Siempre me han inspirado los animales y la naturaleza, prefiero expresarme a través de dibujos sencillos y de colores felices. Mi deseo es comunicar esta sensación a los otros seres humanos”. También pinta cuadros de perros y otros animales, pájaros, perros, iguanas, cangrejos… Pero sobre todo abundan los gatos.

Cada año crea un catálogo dedicado a los gatos para que estos nos acompañen cada día. Hijo de padre italiano y madre inglesa que adoraba a los animales, creció rodeado de gatos y perros. Sin embargo, no tuvo un gato realmente suyo hasta hace 12 años (desconocemos la fecha de la entrevista), cuando Tina entró en su vida. “En principio debía ser la gata de mis hijas, pero me escogió a mí y llevamos juntos desde entonces”.

Intuimos que Tina es esta preciosa gata carey fotografiada en 2018. Hay otra foto del artista con un gato atigrado en los hombros, pero creemos que es anterior.

Sebastiano Ranchetti

Sebastiano Ranchetti nació en Milán en 1961 y estudió Bellas Artes en esta ciudad. Se trasladó a Londres para seguir estudiando, y posteriormente a Wuppertal, Alemania, a principios de los años ochenta. Allí trabajó como ilustrador y director artístico antes de regresar a Italia e instalarse en Florencia.

En 2004 creó su primera obra como autor e ilustrador, una serie compuesta por cuatro libros titulados “Piensa en color”, cada uno dedicado a un color, azul, verde, amarillo y rojo. Estos libros sin texto juegan con formas naturales, aparecen animales, se vuelven abstractos y acaban transformándose en criaturas nuevas e inesperadas.

A continuación hizo dos series de varios libros dirigidas a lectores jóvenes. La primera, titulada “Conoce a los animales”, los presenta en su entorno, la selva, el mar, el Ártico… Después llegó “Aprende con los animales”, para mostrar sus colores, sus formas… Los libros se han publicado en Italia, Francia, México, Corea y Estados Unidos.

Actualmente vive en una granja cerca de Florencia. Y cuando decimos granja, nos referimos a una granja de verdad, con gente trabajando y muchos animales, además de los que conviven con la familia. Está casado con la diseñadora gráfica Laura Ottina, y tienen tres hijas, Michelle, Alice y Julia, la gata Tina y la perra Emma.

 Sus obras han sido publicadas en numerosas revistas y expone regularmente en galerías de Florencia y Milán. Con su esposa Laura fundó el estudio Popdesign y aceptan encargos de retratos de animales. La gata Tina y la perra Emma le sirven a menudo de modelos.

“Me encanta crear en solitario, pero disfruto mucho trabajando con mi mujer. Ella me ayuda con nuestra empresa y a organizarlo todo. A menudo trabajamos juntos en algunos proyectos; por ejemplo, libros infantiles y también algunos encargos de diseño gráfico”.

La información acerca de Sebastiano Ranchetti no abunda en Internet. Una biografía corta, alguna entrevista breve y poco más. Encontramos una larga entrevista (14 minutos) en YouTube, pero está en italiano y nuestros conocimientos del idioma son muy limitados. Incluimos aquí el enlace por si puede interesar a alguien. https://www.youtube.com/watch?v=fiB968ZlWbk.

Eso sí, a partir del minuto 6:28 hasta el final, al artista le acompaña un magnífico gato atigrado, el mismo de la foto anterior. Un gato muy cariñoso, un poco pesado, pero un gato genial.


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El gato Gilderoy y el loro Dudley

El libro “Dudley and Gilderoy, A Nonsense by Algernon Blackwood”, que traducido sería algo así como “Dudley y Gilderoy, un disparate por Algernon Blackwood”, fue publicado en 1929.

El autor es conocido sobre todo por sus cuentos cortos y libros en torno a lo sobrenatural. Que sepamos, solo escribió un “disparate” y no tiene nada de cuento, ya que ocupa doscientas veintinueve páginas. Algernon Blackwood nació el 14 de marzo de 1869 en lo que ahora es Londres, pero en esa época todavía era el noroeste del condado de Kent. Después de leer el libro de un sabio hinduista que alguien olvidó en casa de sus padres, se interesó por el budismo y otras religiones orientales.

Algernon Blackwood

Emigró a Canadá, donde trabajó de granjero y encargado de un hotel, antes de trasladarse a Nueva York para ser periodista del New York Times, camarero e incluso profesor de violín. De vuelta al Reino Unido. a punto de cumplir los cuarenta, empezó a escribir historias sobrenaturales con éxito. Publicó diez colecciones de cuentos que también narraba en la radio. Tiene en su haber catorce novelas, dos libros infantiles y varias obras teatrales que se representaron, pero nunca se publicaron.

Era un gran amante de la naturaleza y le gustaba mucho escalar. Para satisfacer su interés por lo sobrenatural, se unió a “The Ghost Club” (que aún existe) y a una de las ramas de la Orden Hermética de la Aurora Dorada. Falleció el 19 de diciembre de 1951 y fue incinerado. Unas semanas después, su sobrino llevó las cenizas a Saanenmöser, en los Alpes Suizos, para dispersarlas en las montañas a las que amó durante cuarenta años.

Además de ser un gran escritor, Algernon Blackwood debía de tener un enorme sentido del humor. La historia de la gran amistad que unió a Dudley, un loro gris de alta alcurnia y de muchos años, y a Gilderoy, un gato anaranjado superviviente de numerosas batallas, como lo demuestran sus orejas desgarradas y un ojo a medio cerrar que le da un cierto aire de pirata, está descrita con humor y gran ternura.

Cada capítulo va encabezado por una cita acerca de los gatos o los loros, y en algunas páginas hay pequeños dibujos de ambos amigos realizados por el autor. Dudley es un loro algo pretencioso, muy inteligente, convencido de su belleza e importancia; Gilderoy no es nada atractivo, pero también es inteligente y paciente con su amigo. Nunca discuten porque ambos son lo bastante prudentes como para cambiar de tema en cuanto surge un desacuerdo.

Gilderoy y Dudley viven en una mansión de estilo isabelino en Kent rodeada de césped y jardines. Son bien tratados, alimentados y queridos, pero una mañana de marzo que casi podría parecer mayo, deciden tener una gran aventura. Gilderoy abre la jaula de Dudley a las cinco de la mañana y se escapan. Para ir más deprisa, Dudley viaja en la espalda de Gilderoy.

Llegan a la estación y se cuelan en el tren que va a Londres. Allí consiguen meterse en el taxi de una señora de cierta edad y entrar en su casa, cada uno a su manera. Dudley se lanza de un salto al sombrero con plumas verdes, lo que casi le produce un infarto a la buena señora. Y Gilderoy simplemente pasa desapercibido siguiendo al portero, la señora, la criada y el loro.

Pasan unos días felices en el piso de la señora, una viuda algo tonta que vive por encima de sus posibilidades y a quien los criados engañan. Una noche, Gilderoy incluso hace visitar los tejados londinenses a su amigo, que no puede volar porque le cortaron las alas (horrible costumbre). Pero los dueños de la mansión de Kent ponen un anuncio en busca de Dudley (a Gilderoy nadie le busca) y el mayordomo llega para recogerlo.

En el tren de vuelta, Dudley piensa en su gran amigo Gilderoy, al que nunca volverá a ver. Pero se equivoca. La noche siguiente, Gilderoy aparece como por arte de magia en la “nursery” diurna donde dejan a Dudley en su magnífica jaula. Está sucio, negro, en un estado deplorable. Ninguno habla, solo se miran. El loro tarda unas horas en comprender que Gilderoy ha viajado entre el carbón de la locomotora, y de ahí la suciedad.

Al día siguiente, Gilderoy ya está limpio, como si nada hubiera ocurrido, pero Dudley no se siente bien. Durante toda su vida, Dudley ha sabido que debía realizar una obra, y de pronto lo entiende. En ese momento deja caer un pequeño huevo blanco, perfecto. Gilderoy, atónito, se da cuenta de que su amigo es una amiga.

Después de una breve convulsión, su amiga se tumba en la arena del suelo de la jaula, y Gilderoy, temblando, pasa la pata por los barrotes hasta tocarla. Dudley, en un susurro apenas audible, dice: “Gilderoy, querido, pásalo bien. Adiós, de momento”. Cierra los ojos, Gilderoy retira la pata. Maúlla, se frota contra la jaula, pero Dudley no reacciona.

Después de observar el huevo durante unos minutos, “se da media vuelta, sale de la habitación, de la casa y vuelve a ser lo que era antes del principio de la Gran Amistad, un gato libre, lejano, independiente, que pasea solo por el universo”. Así acaba una historia preciosa, escrita por un hombre al que debían gustarle mucho los gatos y los loros.

Algernon BLackwood (1951, foto de Norman Parkinson)

Para terminar, hablaremos del loro y del gato de sir Lindsay Harvey Hoyle, presidente de la Cámara de los Comunes desde el 4 de noviembre de 2019, que suele nombrar a sus animales por algún “titán” de la política británica. Boris es un loro gris que se irrita con facilidad y habla mucho, “por lo que encajaba bastante bien con el primer ministro Boris Johnson”.

Sir Lindsay Harvey Hoyle

Sin embargo, Patrick, un Maine Coon bastante pijo, le recuerda al “gran” conservador lord Patrick Cormack. Los dos acompañan habitualmente a Hoyle desde su casa de Chorley, Lancashire, hasta Londres. “No creo que Patrick me perdonara si no le llevase a Londres, y tampoco Boris. Están convencidos de que son londinenses natos”, dice.


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Baby, el gato guía de Carolyn Swanson

Una seguidora mexicana de Gatos y Respeto publicó hace unos días en su Facebook la foto de un gato “lazarillo” con su dueña, Carolyn Swanson. Nos quedamos sorprendidos y decidimos indagar más; los gatos guía no abundan y parece ser un caso único. Al menos que esté documentado.

En 1946, la Sra. Carolyn Swanson, residente en Hermosa Beach, California, salió en los titulares de varios periódicos locales gracias a Baby, su gato lazarillo, al que había entrenado para guiarla por la pequeña ciudad.

¿Por qué se inclinó la Sra. Swanson por un gato en vez del tradicional perro guía cuando perdió la vista en 1945? Una pequeña reseña publicada en un periódico de Los Ángeles dice: “La anciana Sra. Carolyn Swanson, que vive en una casita en el cercano pueblo de Hermosa, se quedó ciega hace un año. Al no tener perro, optó por entrenar a su gato como mejor alternativa. Baby, un persa de gran tamaño, la guía durante sus salidas diarias y la avisa del peligro en los cruces dándole con el rabo en las piernas”.

Pero parece ser que Baby hacía más que eso. Según un artículo publicado en The Redondo Reflex el 13 de diciembre de 1946, además de guiar a la Sra. Swanson tirando de la correa, anunciaba los cruces con un maullido y se detenía si venía un coche. Mientras hubiera coches, seguía golpeado la pierna de Carolyn con su espléndido rabo. Añadiremos que posiblemente la Sra. Swanson no estuviera ciega del todo, que pudiera ver sombras.

Si Baby fue capaz de hacerlo, ¿por qué no hay más gatos lazarillos? Una respuesta puede ser que los animales guía deben ser grandes, por eso la mayoría de perros utilizados para este fin son labradores, Golden Retrievers o pastores alemanes. En tres razas de gatos, los Maine Coon, los bosques de Noruega y los siberianos, hay especímenes que pueden alcanzar los diez kilos, pero no son los treinta de un labrador.

También está la idea de que no se puede entrenar a un gato. Ya se sabe, los gatos son independientes, hacen lo que quieren, no aprenden, etcétera. Bueno, quizá haga falta más paciencia, pero hay muchos ejemplos de gatos entrenados para hacer ciertas cosas. Numerosas personas enseñan a sus gatos a andar con correa, a viajar en coche sin pasarlo mal e incluso a hacer algún truco que otro.

Lo de gatos guía parece complicado, pero sí podrían ayudar a detectar bombas, por ejemplo. Aunque los perros tienen el olfato más desarrollado que los gatos, estos diferencian mucho mejor los olores. Se meten en sitios inverosímiles; ya se sabe, si cabe la cabeza, entra el resto del cuerpo. Podrían ser magníficos rescatadores en catástrofes naturales.

Prevalece la noción de que el gato sigue siendo medio salvaje. Quizá porque el perro fue domesticado hace treinta mil años, mientras que las pruebas arqueológicas sugieren que el gato se “autodomesticó” hace diez mil.

La universidad estatal de Oregon lleva unos pocos años demostrando que los gatos hacen cosas totalmente inesperadas. Krystin Vitale, una investigadora de esta universidad, dedicada al estudio de la mente felina, rescató a un gatito blanco y negro en una carretera. Carl – así se llama el gato – hace algo que dos años atrás se creía imposible en un gato.

La investigadora está sentada en el suelo en un laboratorio delante de dos cuencos, uno a la izquierda, otro a la derecha. Su ayudante se ocupa de distraer a Carl hasta que la Dra. Vitale le llama: “¡Carl!”, y señala uno de los boles con el dedo índice. Niños de muy corta edad pasan este test con facilidad. Entienden que si señalamos algo, deben mirarlo, pero los chimpancés, como la inmensa mayoría de animales, ignoran el gesto. Carl no lo duda, va directamente hacia el cuenco señalado. Hace 20 años se demostró que los perros también lo entienden, lo que revolucionó la investigación en comportamiento animal.

¿Por qué lo entienden los animales domesticados? ¿Por qué la convivencia con el ser humano les hace comprender otras cosas? Si es así, entonces también nosotros hemos debido aprender algo de ellos.

En otro experimento en la misma universidad, una gata tricolor llamada Lyla entra en el laboratorio con Clara, su dueña. En cuanto la deja en el suelo, Lyla se aplasta, aterrada, desconoce los olores y el espacio. Se oye una puerta cerrarse de golpe, se asusta aún más. Entonces Clara se va. Lyla empieza a dar vueltas sobre sí misma, presa del pánico y acaba arañando la puerta por donde Clara ha salido mallando sin cesar.

Al cabo de dos minutos, Clara regresa y se sienta en el suelo. Lyla corre hacia ella y se frota contra sus piernas y se cara mientras la acaricia. Ya más tranquila, se aleja para explorar. “Mucha gente dirá que esto demuestra que a la gata no le importa la dueña”, dice Krystin Vitale, “pero es todo lo contrario”. Explica que Lyla se siente cómoda y calmada porque Clara está cerca. Clara le aporta la suficiente seguridad para que pueda indagar en su nuevo entorno.

Cualquier persona que tenga o haya tenido gatos y se haya fijado un poco en ellos sabe que nos echan de menos cuando nos vamos de viaje, o incluso si nos ausentamos unas horas. Algunos nos castigan ignorándonos; otros, al contrario, no nos dejan deshacer la maleta de lo contentos que están. Solo alguien que no haya convivido con un gato puede tacharles de egoístas e indiferentes.


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El gran desfile de los gatos y Leonor Fini

“Me gustan los gatos porque me parecen tranquilizadores y armoniosos. Sé exactamente a qué clase de persona le gustan los gatos y a qué clase no. En general, a los solitarios y a los rebeldes les gustan los gatos. También creo que, como los autos de fe y todo lo que tiene que ver con las brujas, los gatos siempre se han relacionado con las mujeres, con la feminidad. Está vinculado con la religión. Los gatos se veían como un concepto más del pecado”.

Eso decía Leonor Fini, a la que dedicamos una entrada en abril de 2016. (https://gatosyrespeto.org/2016/04/21/gatos-suenos-disfraces-y-leonor-fini/).  Por eso no volveremos a repetir la biografía de la pintora, solo nos limitaremos a mencionar alguna que otra anécdota contada por las personas que la conocieron. Leonor Fini era una apasionada de los gatos y casi siempre tuvo entre dos y doce a su lado.

En esta entrada hemos querido mostrar algunas de las sesenta litografías incluidas en el libro “La grande parade des chats” (El gran desfile de los gatos), impreso el 15 de diciembre de 1973, una colección de imágenes de gatos acróbatas, gatos niños, gatos patinadores, gatas grandes damas, gatas modelos…

Leonor Fini, además de pintar, diseñó vestuarios y decorados para el Ballet de París, entre otros los de “Les demoiselles de la nuit”, con coreografía del famoso Roland Petit, protagonizado por “Agatha, la gatita blanca; John Kriza, un joven músico; el gato barón de Crotius, y la gata negra”. Desde luego, con estos personajes, nadie mejor que Leonor Fini para vestirlos.

La artista creó magníficas máscaras gatunas para los bailarines, pero Margot Fonteyn, la primera bailarina, se quejó de que su máscara la hacía parecer grotesca y rehusó ponérsela. Leonor Fini no se quedó atrás y amenazó con prender fuego al teatro si Fonteyn no la llevaba. Por fin, gracias a los ruegos del paciente Roland Petit, llegaron a un compromiso: la pintora accedió a proponer una versión menos ostentosa.

Neil Zukerman, dueño de la galería CFM de Nueva York, siempre dice que todo el mundo acababa discutiendo con ella, pero que solo quedaba olvidarlo y pensar: “Bueno, es Leonor”. Cuando le invitó por primera vez a su piso de París, se le ocurrió ofrecerle un precioso American Shorthair, y a partir de este momento se hicieron muy amigos. Maisie (era una gata) sobrevivió a Leonor, que falleció en 1996, como también lo hizo Misha. Ambos quedaron al cuidado de Richard Overstreet y Joyce Neyman, otros amantes de los gatos.

Los numerosos gatos de la pintora le permitieron estudiarlos. Siempre que pintaba “los gatos se acercaban, rodeaban el caballete, se subían encima”, recuerda Joyce Neyman. El galerista Neil Zukerman añade: “Es fácil reconocer un cuadro o dibujo original de Leonor, basta con buscar algún pelo de gato pegado a la pintura, una marca de pata o un arañazo”.

El fotógrafo Richard Overstreet, del que era amiga desde 1968 cuando Leonor Fini diseñó el vestuario de una película de John Houston en la que él trabajó de ayudante de dirección, cuenta que la más mínima corriente levantaba nubes de pelos de gato en el taller. La pintora pasaba los veranos en una casa en el valle del Loira y sus gatos la acompañaban, cada uno en una cesta de mimbre. Recuerda que podía haber hasta quince cestas en la parte trasera del coche y que era imposible hablar durante el trayecto de tres horas.

Richard Overstreet

Leonor Fini donaba dibujos regularmente a la Sociedad Protectora de Animales francesa para ayudarles a recaudar fondos con el fin de esterilizar y alimentar a gatos callejeros. Parece ser que era del todo incapaz de rechazar a un gato, aunque ya tenía muchos. En los años que se conocieron, su amigo Overstreet contabilizó unos cincuenta. Solía decir que “los gatos son las criaturas más perfectas de la tierra, pero su vida es demasiado corta”.

Se la considera una de las artistas más importantes de mediados del siglo XX, con Leonora Carrington, Frida Kahlo, Meret Oppenheim, Remedios Varo y Dorothea Tanning, y conocía a la mayoría de ellas. Durante sesenta años, nunca dejó de crear: cuadros, dibujos, diseño gráfico y comercial (el famoso frasco con forma de torso para el perfume Shocking, de Schiaparelli, es suyo), ilustraciones de libros, diseño teatral, como hemos dicho antes, pero también para ópera y cine.

Su vida no fue nada convencional. Aprendió anatomía observando los cadáveres del depósito de Trieste, donde creció, y dibujo y composición estudiando a los maestros en libros y museos. Llegó a París desde Milán en 1931.

Su gran inteligencia, burbujeante personalidad y extravagante vestimenta no tardaron en abrirle camino en el mundo artístico de entonces. Se relacionó con pintores y poetas surrealistas como Paul Eluard, Salvador Dalí, Man Ray y Max Ernst, que fue su amante durante un tiempo. No escondía su profunda antipatía por el misógino André Breton. Expuso con ellos en repetidas ocasiones, pero nunca se consideró una pintora surrealista.

El galerista Julien Levy, después de quedarse embelesado por las obras y el encanto de Leonor Fini, la invitó a Nueva York en 1936 para exponer con Max Ernst. Allí conoció a numerosos surrealistas estadounidenses, entre los que estaban Joseph Cornell y Pavel Tchelitchew. Sus obras formaron parte de la exposición Arte Fantástico, Dada y Surrealismo organizada por el MoMA, con pintores como De Chirico, Ernst e Yves Tanguy.

También fue una espléndida retratista; pintó repetidamente a Stanislao Lepri y a Constantin Jelenski, al que llamaba “Kot”, que significa “gato” en polaco, país del que era originario. Stanislao y Kot fueron amantes suyos durante mucho tiempo, y los tres vivieron juntos con más de doce gatos. También retrató a sus amigos: el escritor Jean Genet, las actrices María Casares, Anna Magnani, Alida Valli y Suzanne Flon, la bailarina Margot Fonteyn, el director Luchino Visconti, las pintoras Meret Oppenheim y Leonora Carrington, así como a las mujeres de la alta sociedad Francesca Ruspoli y Hélène Rochas.

A su vez, fue retratada por un sinfín de fotógrafos famosos: Erwin Blumenfeld, Dora Maar, Man Ray, Georges Platt Lynes, Lee Miller, Horst, Brassaï, Cecil Beaton y Henri Cartier-Bresson. Le dedicaron poemas Charles Henri Ford, Paul Eluard y Georges Hugnet, entre otros.

Falleció el 19 de enero de 1996 en París, siete meses antes de cumplir 90 años.