Gatos y Respeto

Por unos gatos felices


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Los gatos de Casapueblo (Carlos Páez Vilaró)

El pintor, ceramista y escultor Carlos Páez Vilaró decía, hablando de los gatos: “Son mis amigos más antiguos, mis amigos silenciosos, que estéticamente me entretienen, me dan placer. A veces les pregunto: ‘¿Te gusta este color?’ Si me dice ‘miau’, entonces sigo adelante”. Y en otra entrevista, hablando de su rutina diaria en Casapueblo, también dijo: “Me levanto por la mañana, me hago un cafecito, saludo a los gatos y empiezo a trabajar”.

Carlos Páez Vilaró se fue para siempre el 24 de noviembre de 2014 a los 91 años, pero sus gatos siguen paseándose por las dependencias de Casapueblo, en la tienda, en el taller, en la biblioteca, en el museo…

Casapueblo surgió alrededor de una casita de veraneo que tenía el artista en Punta Ballena, a 13 km de Punta del Este, Uruguay. Dicho por él, fue construida sin planos previos, poco a poco, con trece desniveles para que todas las ventanas y terrazas estuvieran abiertas al océano Atlántico. Era la residencia de Páez Vilaró, que la describía como “una escultura habitable”, y ahora se ha convertido en un hotel de cuatro estrellas con 20 habitaciones y 50 bungalows, y en una de las atracciones artísticas de Uruguay.

Carlos Páez Vilaró nació el 1 de noviembre de 1923 en Montevideo. En 1941 se trasladó a Buenos Aires y encontró trabajo en una fábrica de cerillas antes de pasar al sector de las artes gráficas. Al cabo de dos años regresó a Montevideo y descubrió las comparsas de la comunidad afrouruguaya. Se apasionó por su música y pintó cientos de obras en torno a este tema, compuso candombes y actuó como portavoz y defensor de un folclore que luchaba contra la incomprensión de todos.

En 1958 fundó, con otros artistas uruguayos decididos a fomentar el arte experimental, el Grupo de los 8, que participó en la Gran Exposición de Arte Internacional organizada por el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires.

Poco después dejó Uruguay para trasladarse a Brasil y siguió profundizando en sus estudios sobre la cultura afrodescendiente. En la década de los sesenta viajó a París, donde conoció a Picasso, Dalí y a De Chirico, entre otros muchos. El director del Museo de Arte Moderno de París le animó para que expusiera en la Casa de América Latina. El éxito de esta muestra propició invitaciones para exponer en Inglaterra y Estados Unidos.

Sus investigaciones le llevaron a recorrer Colombia, Panamá, la República Dominicana y Haití en el continente americano. No contento con esto, viajó a África, visitando Senegal, Liberia, Congo, Camerún, Nigeria y Gabón, donde conoció y colaboró con Albert Schweitzer (https://gatosyrespeto.org/2014/08/16/albert-schweitzer-y-el-respeto/) en la leprosería de Lambaréné.

Durante su estancia en Francia escribió, con Aimé Césaire y Léopold Sedar Senghor, el guion de la película Batouk, dirigida por Jean-Jacques Manigot, un largometraje de 65 minutos de duración que clausuró el Festival de Cannes de 1967.

El 13 de octubre de 1972, el avión Fairchild Hiller FH-227 de las Fuerzas Aéreas Uruguayas se estrelló en la Cordillera de los Andes. Su hijo Carlos, uno de los jugadores del equipo de rugby Old Christian, se encontraba entre las 45 personas a bordo. Carlos Páez Vilaró siempre estuvo convencido de que su hijo seguía vivo y durante los 72 días que transcurrieron hasta encontrar a los supervivientes fue una de las personas que encabezó la búsqueda.

A partir de principios de la década de los setenta vivió entre Nueva York, Sao Paulo, Brasil y Uruguay. Posteriormente se instaló en Buenos Aires, donde permaneció 14 años. En esa época, a pesar de no ser arquitecto, diseñó una capilla de cultos múltiples, además de dedicarse a la cerámica, la escultura, la música y la literatura.

En 1997, este trotamundos acabó por dividirse entre sus dos talleres, el argentino y el de Casapueblo. Fue un pionero a la hora de integrar el arte a objetos cotidianos, aviones, barcos, cualquier cosa. También plasmó su pintura en aeropuertos, hoteles, edificios públicos. En todos los países que visitó dejó obras suyas, murales, cuadros, cerámicas. Pintó hasta el último día de su vida, seguramente rodeado de sus gatos, a los que tanto les gustaba el color.


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El gato en la mitología escandinava

Broche de bronce, Museo Nacional de Copenhague

El descubrimiento, en verano de 2010, de parte del esqueleto de un gato en una tumba pagana con fragmentos de un cráneo humano en Ingiríðarstaðir despertó la curiosidad de arqueólogos e historiadores. Hasta entonces no se había dado mucha importancia al gato en la vida religiosa y cotidiana de la zona escandinava.

Barco de Oseberg

Esqueleto parcial de gato encontrado en Ingiriarstair

Sin embargo, más de un siglo antes, en 1904, el arqueólogo noruego Haakon Shetelig y el arqueólogo sueco Gabriel Gustafson habían descubierto el famoso barco de Oseberg en la provincia de Vestfold, Noruega. La tumba, dedicada a dos mujeres, también contenía un carro ceremonial con el panel trasero decorado con numerosos gatos.

Enanos y gato, Islandia

Para redactar esta entrada nos hemos basado sobre todo en la interesantísima tesis de Brenda Prehal titulada “Freyja’s Cats: Perspectives on Recent Viking Age Finds in Þegjandadalur North Iceland” (Los gatos de Freya: Perspectivas de los recientes descubrimientos de la era vikinga realizados en þegjandadalur, en el norte de Islandia). La autora empieza diciendo que la importancia del gato en algunas culturas, como la egipcia, queda demostrada con creces, y piensa que su presencia en la mitología escandinava es más abundante de lo que pueda parecer a primera vista.

Efectivamente, sin buscar demasiado, hemos encontrado varios ejemplos de representaciones de gatos en broches y otros objetos de la época pagana escandinava.

La diosa Freya y su carro tirado por dos gatos machos

Aunque existen pruebas de que el gato ya convivía con el hombre desde el 4.000 a. C. (y se cree que incluso mucho antes), es muy posible que los escandinavos no entraran en contacto con este animal hasta las primeras incursiones de los barcos vikingos en las islas británicas, donde llevaba tiempo domesticado. En Suecia había sobrevivido una subespecie del gato salvaje a la era de la glaciación, lo que también podría indicar que ya estaba domesticado antes de la gran época vikinga. Personalmente, nos inclinamos más por esta explicación, sobre todo si tenemos en cuenta que se descubrieron restos de un gato doméstico en una tumba de Vestregotia, Suecia, del siglo II.

Objeto de bronce

Odín y gato

De ser así, la importancia del gato en Islandia y en Suecia no se habría basado en la necesidad de controlar a los roedores, ya que no aparecieron en estos países hasta una época mucho más reciente, probablemente en el siglo XVII. También se sabe que los escandinavos veneraban a los felinos desde hacía mucho, como lo demuestra el hallazgo en una tumba neolítica de huesos pintados de ocre pertenecientes a gatos salvajes.

Pero puede que la mayor prueba sea la diosa Freya, hermana de Frey, esposa de Odr, que siempre va acompañada de gatos. Se la describe montada en su carro tirado por dos gatos machos.

Carro de Oseberg

Carro de Oseberg

Los gatos del carro de Oseberg

La diosa pertenecía a los Vanir, la tribu de la fertilidad, y se la relaciona con la diosa germana Nerthus. Los ritos asociados a ambas tenían que ver con carros. En este caso, la fertilidad se refiere tanto a la procreación como a la tierra y a las cosechas, por eso se decía que “es especialmente amable y generosa con aquellos mortales que se acuerdan de colocar un cazo de leche en el campo de trigo para que sus gatos beban”.

Representación de un gato llorón del carro de Oseberg

Se piensa que el gato y el perro eran atributos de la nobleza, de las personas adineradas, como ocurrió al principio de la introducción del gato en Japón. Freya significa “señora”, lo que podía entenderse como “la que es rica”. Pero Freya tenía muchos atributos, no solo en el ámbito de lo domestico, la sexualidad femenina o la abundancia, también era señora de la magia. Ella es quien daba el seiðr a los dioses, la gran magia, convirtiendo a la mujer en poseedora de ese poder, y colocándose al mismo nivel que Odín. Podía cambiar de forma, era una hechicera y una adivina directamente relacionada con la muerte, compartía a los guerreros caídos en batalla con Odín, que se llevaba la mitad al Valhala, y Freya la otra mitad al Folkfangr.

En la Saga de Erik el Rojo se habla de la bruja llamada Thorbjorg, que lleva guantes de piel de gato y una capucha forrada con piel de gato que le confieren poderes mágicos.

Cabeza de gato en un trineo de Oseberg

Volviendo a la importantísima tumba de Oseberg, es muy probable que fuera la de una sacerdotisa o sacerdotisas dedicadas a Freya, lo que explicaría la gran cantidad de representaciones de gatos. Además del magnífico carro, también se encontraron tres trineos cuyos palos frontales están rematados con figuras de animales que presentan rasgos felinos.

No lejos de Oseberg, en Borre, también en la provincia de Vestfold, se descubrió otra nave enterrada en el suelo que corresponde a la época de la gran expansión vikinga, datada entre el 830 y el 975.

Anillo de bronce, estilo Borre

La tumba contiene numerosos objetos de bronce, muchos de ellos con representaciones de animales en el llamado estilo Borre, y entre ellos bastantes gatos con un aspecto característico: cara triangular, cejas marcadas, orejas redondeadas.

Tapiz del siglo XII – Museo de Historia, Estocolmo

Un ejemplo más de que el gato acompaña al ser humano en su día a día y en otros recorridos desde hace mucho tiempo.

 


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Los gatos en la pintura de Max Beckmann

Naturaleza muerta con dos gatos (1917)

El pintor alemán Max Beckmann ha sido tachado a menudo de “expresionista”, aunque era un adjetivo que él rechazaba categóricamente. En los años veinte del pasado siglo se le asoció con el movimiento “Neue Sachlichkeit” (Nueva objetividad), término acuñado por Gustav Friedrich Hartlaub, director del Kunsthalle de Mannheim, y al que pertenecieron Otto Dix (un amante de los gatos) y George Grosz, entre otros. Dicho movimiento desapareció en el año 1933, con el ascenso del Nacionalsocialismo al poder.

Antes del baile (1949)

 

Autorretrato con bombín (1921)

En esta entrada solo hablaremos del artista, ya que no hemos encontrado nada acerca de su relación con los gatos. Quizá el cuadro más sorprendente sea el titulado “La sinagoga de Fráncfort del Meno”, donde se ve a un gato sentado encima de lo que parece una alfombrilla en medio de la calle y una luna creciente en el cielo.

La sinagoga de Fráncfort del Meno (1919)

Todos los cuadros nos parecen asombrosos, pero los gatos siempre son desproporcionados, más pequeños de lo que deberían ser, incluso en “Naturaleza muerta con gatos”. Nos atrevemos a afirmar que tuvo un gato, como demuestran algunos de los autorretratos que hemos incluido aquí. De hecho, es conocido por los numerosos autorretratos que pintó durante toda su vida, como también hicieron Rembrandt y Picasso. También sabemos por dos cuadros que podemos ver en esta entrada que el matrimonio Battenberg, muy amigo suyo, tenía un gato.

Naturaleza muerta con gato

 

Mujer con gato

Max Beckmann nació el 12 de febrero de 1884 en Leipzig, Sajonia. Durante la I Guerra Mundial se alistó como enfermero voluntario y vivió experiencias muy traumáticas. A partir de entonces, su estilo cambió radicalmente, pasando del más correcto academicismo a una reflexión mucho más distorsionada de lo que veía.

Autorretrato con lámpara y gato (1920)

 

Autorretrato con los Battenberg

Disfrutó de mucho éxito durante la República de Weimar. En 1925 fue escogido para dar una clase magistral en la Academia Städelschule de Bellas Artes de Fráncfort. En 1927 ganó el Premio Imperial Honorario del Arte Alemán y la Medalla de Oro de la Ciudad de Dusseldorf. La Galería Nacional de Berlín compró dos cuadros suyos en 1928, y a principios de los treinta se le dedicaron varias retrospectivas y publicaciones.

Joven con gato amarillo

 

La vieja actriz (1926)

Pero todo cambió con la llegada al poder de Hitler, que sentía un profundo desprecio por el arte moderno. En 1933 fue clasificado de “bolchevique cultural” por el gobierno alemán y perdió su puesto de profesor en la Escuela de Bellas Artes de Fráncfort. Cuatro años después se confiscaron más de 500 obras suyas expuestas en museos alemanes y algunas formaron parte de la tristemente famosa “Exposición de Arte Degenerado” de Múnich. Al día siguiente del discurso de Hitler sobre el arte degenerado, Max Beckmann abandonó Alemania para siempre con Quappi, su segunda esposa, a la que retrató profusamente, pero nunca con un gato.

Mathilde von Kaulbach

Su autoexilio en Holanda duró diez años, durante los que intentó repetidamente obtener un visado para trasladarse a Estados Unidos. Por fin lo consiguió una vez terminada la guerra. Ocupó un puesto de profesor en la Universidad Washington de Saint Louis y posteriormente trabajó en el Museo de Brooklyn. Su primera retrospectiva en Estados Unidos tuvo lugar en el Museo de la Ciudad de Saint Louis en 1948. Fue allí donde le descubrió Morton D. Day, un filántropo y coleccionista que le compró numerosos cuadros. A los dos les unió una gran amistad.

Mujer con gato (1942)

 

Friedel Battenberg con gato (1920)

En 1949, después de cortas estancias en Denver y en Chicago, Max Beckmann y Quappi alquilaron un piso en Manhattan y empezó a dar clases en la Escuela de Arte del Museo de Brooklyn. Falleció de un infarto el 27 de diciembre de 1950 en la esquina de la calle 69 y Central Park West, a los 66 años. Según Quappi, su viuda, iba a ver uno de sus cuadros que acababa de colgarse en el Museo Metropolitano de Arte.

 


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El libro del gato, de Miss Frances Simpson

En 1903, la Srta. Frances Simpson publicó “The Book of the Cat” (El libro del gato),

Miss Frances Simpson con el persa plateado Camyses

compuesto por doce láminas a color y 350 ilustraciones y fotografías en 376 páginas repartidas en 32 capítulos que van desde el origen del gato hasta sus enfermedades y cómo tratarlas, además de un índice. Cabe preguntarse qué empujó a la Srta. Simpson a abarcar tal magna obra.

Bonny Boy, uno de sus gatos persas

Para hacer un brevísimo resumen de su vida, diremos que nació en 1857 en Haughton Le Skerne, Durham, Inglaterra, y que sus padres eran el reverendo Robert James Simpson y Mary Elizabeth Simpson. Tuvo tres hermanos y dos hermanas. Fue periodista, escritora, criadora de gatos, juez en concursos felinos y secretaria honoraria de la Sociedad de Persas Azules. Murió el 19 de enero de 1926 a los 66 años.

Tres entusiastas de los gatos no han desaparecido en el olvido, y estos son Louis Wain, Harrison Weir y “Miss” Frances Simpson, como siempre la llamaban. Los tres se conocieron bien, coincidieron como jueces en concursos felinos y estuvieron entre los primeros amantes de los gatos de la era victoriana. La vida de los dos primeros, Louis Wain y Harrison, es conocida, pero se sabe muy poco de Frances Simpson más allá de los artículos que publicaba en revistas.

Big Ben, otro de sus gatos persas

Su estilo literario es el de una mujer culta; no cabe duda de que defendía la ética victoriana y que creía en trabajar duro. Las fotos que acompañan los informes de los concursos felinos publicadas en la revista “Fur and Feathers” (Pelo y pluma) son las de una joven elegante de su época.

Posiblemente haya sido la escritora más prolífica del naciente entusiasmo por los gatos, y sus libros se consideran como auténticas fuentes de conocimiento de entonces. Se la cita como la escritora del famoso “Libro del gato”, aunque en realidad actuó más bien como editora, recopilando información, encargando artículos a criadores, naturalistas y veterinarios. No fue sencillo reunir la enorme cantidad de material contenido en el libro y suponemos que debió andarse con pies de plomo para no herir las sensibilidades de las clases altas de la época eduardiana y victoriana a la hora de dar consejos acerca de cómo cuidar a los gatos.

Crystal, propiedad de la Srta. Frances Simpson

A finales del siglo XIX y principios del XX, lo habitual para una joven de su clase social antes de casarse, o si no se casaba, era convertirse en dama de compañía. Pero Miss Frances Simpson fue periodista y jamás se casó. Es muy probable que, de haberlo hecho, no habría podido dedicar el suficiente tiempo y energía al mundo de los gatos.

Frances Simpson juzgando a un persa

 

Frances Simpson y Louis Wain

El reverendo Simpson se trasladó a Londres con su familia en 1870. Un año después, a los 14 años, Frances Simpson visitó la primera exposición de gatos celebrada en el Crystal Palace de Sydenham, en Londres. Probablemente fue entonces cuando le contagió el virus del entusiasmo por los gatos que recorría entonces la sociedad londinense, debido en gran parte a la enorme labor de Harrison Weir, el primero en organizar una exposición felina. Si a Harrison Weir se le consideró “el padre fundador” del “Cat Fancy”, Frances Simpson se ganó el apodo de “hada madrina”. Defendió a capa y espada el bienestar de los animales, y a menudo regañaba a los criadores y exhibidores por transportar a los gatos en malas condiciones.

Frances Simpson y un persa azul

Crió persas azules, que estaban muy de moda, pero reconocía sentir debilidad por los atigrados; defendió a los siameses y premió a varios. En aquella época, los gatos callejeros no formaban parte del esquema de la clase alta. Sin embargo, personas más sencillas como Louis Wain y su esposa tenían un gato blanco y negro llamado Peter (https://gatosyrespeto.org/2015/09/10/los-gatos-psicodelicos-de-louis-wain/). Basta con leer algunos párrafos de la introducción al “Libro del gato” para convencerse de que Miss Frances Simpson los amaba a todos, fueran de pelo largo o corto, de raza o callejeros.

La introducción empieza así: “Hace tiempo que los amantes de los gatos sienten la necesidad de un libro que hable en un estilo popular de estos animales, por lo que ha sido un auténtico placer dedicarme a escribir ‘El libro del gato’ y plasmar los resultados de una larga experiencia de la forma más interesante y sencilla posible, para que el libro pueda interesar a los criadores, y para que también atraiga a esa parte de la comunidad que ama a los gatos porque sí, y no solo por sus premios y pedigrí. Es posible que las maravillosas reproducciones de esta obra consigan convencer a alguna que otra persona que declara odiar a los gatos para que se dé cuenta de su error y acabe por abrir su corazón al pobre minino”.

Hacia la mitad del párrafo cuarto dice: “Mi mente vuela a lejísimos años del pasado, cuando el gato era un dios o un ideal, y se le adoraba. Mucho más tarde, ‘nuestro gentil Will’ lo llamó ‘el gato inofensivo y necesario’ (Shakespeare, El mercader de Venecia), y eso siempre lo ha sido, e incluso más para muchos. Cuán solitario es el hogar sin un gato;  por fin ahora, y espero que dure mucho, los gatos están de moda. Hace treinta años tenía muy claro que no se valoraba lo suficiente a los gatos y se me ocurrió sugerir un concurso felino. Dicen que la novedad encanta, pero pobre del que sugiere algo nuevo. Se rieron de mí sin compasión. Pero nada tiene tanto éxito como el propio éxito. Y si me permiten decir algo sobre las exposiciones actuales, creo que no han cumplido con mis expectativas”.

Y sigue diciendo: “¿Por qué? Porque todo el mundo se ocupa y preocupa de ciertas razas felinas. ¿A qué viene hablar tanto de los gatos de pelo largo, sean azules o plateados? Eso no es criar gatos. Deseo y espero vivir para ver muchos más ‘gatos inofensivos y necesarios’ en nuestros concursos y exposiciones; un gato de pelo corto de categoría es uno de los animales más perfectos que jamás he contemplado”.

La autora concluye con estas palabras: “Solo espero que las numerosas páginas que he dedicado al ‘gato inofensivo y necesario’, cuya amistad ante la chimenea he disfrutado durante toda mi vida, despierten el interés y la admiración por estas amables y complejas criaturas que devuelven un poco de comprensión con mucho amor”.


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Gatos de Connemara y el pintor Gerard Dillon

Francis Gerard Dillon nació en la calle Lower Clonard del barrio de Falls, Belfast, en abril de 1916, aunque no se sabe qué día. Era el último de los ocho hijos de un veterano del ejército

Retrato del artista de joven

británico que trabajaba para el servicio de correos y de una madre ultracatólica. Abandonó los estudios a los catorce años y empezó a trabajar como aprendiz de pintor de brocha gorda y decorador. A pesar del enorme entusiasmo que demostraba por el dibujo y la pintura, solo estuvo una corta temporada en el Colegio de las Artes de Belfast, donde tal vez no asistió más que a unas pocas clases nocturnas.

Se trasladó a Londres en 1934 y realizó diversos trabajos manuales para sobrevivir y poder seguir pintando, además de visitar galerías y museos.

Cabaña amarilla

Estuvo en Connemara por primera vez en 1939 con George Campbell, otro pintor y escritor irlandés, y fue cuando nació su fascinación por los paisajes y la cultura del Oeste de Irlanda, que le empujaría a volver una y otra vez a esta región. Al estallar la II Guerra Mundial no pudo regresar a Londres y pasó los años bélicos en Dublín, una ciudad neutral, donde conoció a los artistas plásticos y escritores del grupo White Stag. Expuso por primera vez en la Country Shop de Dublín, y en 1943 en las Galerías de Arte Contemporáneo de Dublín, en la Royal Hibernian Academy y en la Exposición Irlandesa de Arte Vivo, antes de volver a Londres en 1945 y participar en exposiciones en el extranjero.

El gato de Connemara

 

Estudio de Suzy

 

Gato durmiendo

Retiró sus cuadros de una Exposición Irlandesa de Arte Vivo en Belfast para protestar por la forma en que el entonces gobierno unionista de Irlanda del Norte había tratado a unos manifestantes a favor de los derechos civiles en 1969.

Gato en silla de enea

 

Gato y pájaro

De regreso a Belfast, dos años después tuvo un infarto y murió en el hospital Adelaide el 14 de junio de 1971 a los 55 años. Está enterrado en una tumba sin distintivos, según su voluntad, en el cementerio Milltown. Se sabe que dijo: “Prefiero estar en una tumba descuidada en Belfast que en una tumba cuidada por un ejército de jardineros en Londres”. Tres hermanos suyos también habían muerto de problemas de corazón en los años sesenta.

Sus obras pueden verse en numerosas colecciones en Irlanda, entre ellas las del Museo del Ulster, la Universidad de la Reina en Belfast, Newtownabbey Borough Council y la Universidad del Ulster. En 2016, año del centenario del nacimiento del pintor, el Museo del Ulster organizó una exposición retrospectiva en la que se incluyeron veinte de sus obras más importantes.

A pesar de vender cuadros en vida, nunca llegó a ser rico, ni mucho menos. Sus intensamente coloridas obras, falsamente ingenuas, recuerdan a Chagall y a Matisse. Describe escenas aparentemente sencillas, acontecimientos diarios de la región de Connemara. Después de sufrir un primer infarto en 1967 y de estar tres semanas ingresado, su pintura cambió de rumbo y se hizo más simbolista, adentrándose en el reino de los sueños, como si presagiara una muerte temprana.

Kelly y La Grise, las gatas de O’Brien

Nos extraña que haya tan poca información en Internet acerca de uno de los pintores contemporáneos más famosos de Irlanda y, desde luego, no hay la menor mención a su relación con los gatos. Sin embargo, Gerard Dillon los pintaba. Añadía gatos a escenas cotidianas, como en el famosísimo cuadro “The Yellow Bungalow” (La cabaña amarilla), en el que se ve a un gato blanco con manchas grises durmiendo plácidamente en primer plano en el cojín azul de la butaca, o en “El gato de Connemara”, donde un gato vuelve a estar en primer término, tumbado en la hierba, mientras alguien se asoma por una puerta. Vuelve a verse a un gato sentado en “Gato en silla de enea” y a otro (¿el mismo que en “La cabaña amarilla”?) en el regazo de una mujer en el cuadro “Niña maravillada”.

Niña maravillada

También incluimos retratos y estudios de gatos, así como los curiosos dibujos “Gato y pájaro” y “Siesta de gato”. Gerard Dillon pintó más de cien obras, de las que diecisiete contienen gatos, una proporción pequeña, es verdad. Pero algo nos dice que los gatos gustaban a este pintor.


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Una gata llamada Sloopy y Rod Mckuen

El cantante y poeta estadounidense Rod McKuen adoraba a los gatos y dedicó un largo poema a una gata llamada Sloopy. En una entrevista realizada el 30 de diciembre de 1969 en el “Mike Douglas Show”, el presentador le preguntó por el poema y Rod McKuen contestó que, en realidad, era la combinación de dos gatos, un macho llamado A Marvellous Cat y una hembra totalmente sorda con un ojo amarillo y otro azul llamada Sloopy. Añadió que lo pasaba realmente mal en Nueva York y que en el poema introdujo el término “vaquero de medianoche”, el mismo que unos años después  daría título a la famosa película. El poema, de una desgarradora sinceridad, se publicó en 1967.

 

Rod McKuen nació el 29 de abril de 1933 en Oakland, California. Se escapó de casa a los 11 años cansado de los abusos físicos y sexuales por parte de su padrastro alcohólico y otros miembros de su familia. Consiguió sobrevivir trabajando en ranchos, en el ferrocarril, de leñador, vaquero de rodeo, especialista de cine y pinchadiscos en la radio. En todos estos años, nunca dejó de mandar dinero a su madre.

A pesar de sus pocos estudios siempre escribió un diario. En 1951 consiguió trabajo como columnista y escritor propagandístico durante la Guerra de Corea. Afincado en San Francisco, leía su poesía en bares con Jack Kerouac y Allen Ginsberg. En 1960 decidió irse a Francia, donde conoció a Jacques Brel. Gracias a sus traducciones y adaptaciones, el cantante belga se hizo popular en Estados Unidos. En 1978, cuando se enteró de su muerte, dijo: “Como amigos y colaboradores musicales viajamos, hicimos giras y escribimos – juntos y por separado – acerca de los acontecimientos de nuestras vidas como si fueran canciones, y quizá lo fueran.

Cuando me avisaron de que Jacques había muerto, me encerré en mi habitación y bebí durante una semana. Él no habría estado de acuerdo con este tipo de autocompasión, pero solo era capaz de poner nuestras canciones (nuestros hijos) una y otra vez, y pensar en nuestra vida conjunta inacabada”.

Curiosamente, Rod McKuen nunca recibió el beneplácito de la crítica, que siempre se dedicó a menospreciarle. Sin embargo, escribió más de 1.500 canciones, vendió más de cien millones de discos y unos sesenta millones de libros de poemas, según Associated Press; artistas de la fama de Barbra Streisand, Perry Como, Petula Clark, The Boston Pops, Chet Baker, Johnny Cash, Andy Williams, la Filarmónica de Londres y Frank Sinatra versionaron sus temas; ganó dos Grammy y un Pulitzer; escribió la música para numerosas películas, y fue nominado a dos Oscar por “Los mejores años de Miss Broadie” y “A Boy Named Charlie Brown”, ambas estrenadas en 1969. Pero siempre se le tachó de “dulzón”, “kitsch”, “sensiblero” y “sentimentalista”. Incluso en las necrológicas, la crítica volvió a decir que sus poemas eran fáciles, superficiales e irrelevantes, y eso después de haber ganado los premios Walt Whitman  y Carl Sandberg de Poesía.

Dejó de actuar en público en 1981, presa de una depresión contra la que luchó durante diez años. En 2001 volvió a publicar un libro con 160 poemas, “A Safe Place to Land”. Vivía en el sur de California con su hermano Edward y cuatro gatos en una amplia casa de estilo español edificada en 1928 que contenía una de las colecciones privadas de discos más grandes del mundo. Falleció a los 82 años, el 29 de enero de 2015, de parada respiratoria consecuencia de una neumonía.

Siempre rehusó identificarse como gay, bisexual o heterosexual: “No puedo imaginarme escogiendo un solo sexo, me parece muy limitador. Sinceramente, no tengo preferencias”. Participó activamente en el movimiento LGBT y ya en los años cincuenta era un importante miembro de la Mattachine Society de San Francisco, una de las primeras organizaciones que luchó por los derechos LGBT. Dio numerosos conciertos para recaudar fondos a favor de organizaciones LGBT y de la investigación contra el sida.

Para acabar, citaremos una frase suya acerca de los gatos: “Los gatos lo tienen todo: admiración, dormir cuanto quieran y compañía solo cuando les apetece”. En las fotos incluidas en esta entrada, podemos ver que los gatos acompañaron al cantante a lo largo de su vida.


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Muchos gatos y Agnès Varda

Agnes Varda y Zgougou de mayor

Los gatos de Agnès Varda son muchos y de todo tipo. Sabemos que Zgougou ocupó un lugar importante en su vida, pero se cruzó con muchos más. Por ejemplo, en su primera película, rodada en 1954, “La Pointe courte”, los gatos entran y salen de los planos, van y vienen a su antojo durante la filmación en el pequeño pueblo no lejos de Sète, en el mediterráneo francés, donde había vivido de adolescente.

Quizá con uno de los gatos de “La Pointe courte”

Nada parecía inclinar a Agnès Varda hacia el cine, pero algo la empujó a rodar “La Pointe courte” con poquísimo dinero, seis millones y medio de la época, o sea 65.000 francos nuevos a partir de 1958 y en euros algo menos de diez mil, cuando una película media en Francia costaba diez veces más.

Pero como dijo la propia Agnès Varda: “Teníamos diez veces menos dinero, pero diez veces más descaro”. Era su primera película, tenía 25 años y no estaba muy segura de sí misma: “Lo había previsto todo, imaginado cada plano, preparado todo con dibujos y fotografías. Los habitantes del pueblo estaban encantados y nos prestaron sus barcas, sus herramientas, a sus hijos y a sus gatos”. Efectivamente, los gatos hicieron de figurantes para la película, como lo demuestran los cuatro fotogramas que incluimos aquí. Casi nos atreveríamos a decir que la fotografía en la que se ve a la realizadora en primer plano y a un gato negro sentado al lado de una escalera corresponde a ese rodaje. Y antes de pasar a otros gatos, mencionaremos que el montador de la película fue Alain Resnais, que pasó meses ante la moviola sin cobrar.

Agnès Varda y Guillaume en Egipto

En 2007, cuando estaba a punto de cumplir 80 años, rodó “Les plages d’Agnès”, un documental autobiográfico en el que escogió como entrevistador a Guillaume-en-Egypte (Guillermo en Egipto), el avatar de su gran amigo Chris Marker (https://gatosyrespeto.org/2014/09/01/guillaume-y-m-chat-los-gatos-de-chris-marker/).

“Las playas de Agnès”

En una entrevista realizada en el Festival de Cine Internacional de Toronto, la realizadora dijo: “Le pedí permiso para que su gato me apoyara y me entrevistara. Aún no ha visto la película, pero casi cada día me manda dibujos de Guillaume por correo electrónico. Es una forma de que Chris esté en la película a través de Guillermo en Egipto”.

Agnès Varda fundó la productora Tamaris Films en 1954 para producir su primera película; la compañía se convirtió en Ciné-Tamaris en 1975 y sigue llamándose así hoy en día. Si teclean el nombre en Internet, descubrirán que el fondo de la página está compuesto por estrellas y el dibujo de un gato atigrado.

Logo de la productora Ciné-Tamaris

Además, como puede verse aquí, el logo de la empresa es un gato. Los títulos de crédito de un documental de Agnès Varda, “Los espigadores y la espigadora”, de 2000, empiezan con la foto de este mismo gato atigrado apoyando las dos patas delanteras en un cartel que reza “Ciné-Tamaris presenta”.

En la exposición “La gran orquesta de los animales”, organizada por la Fundación Cartier en 2006, Agnès Varda realizó “la instalación más modesta de todas” – dicho por ella – titulada “La tumba de Zgougou”.

Agnès Varda y Zgougou

Consistía en la proyección de un corto (ver aquí: https://www.youtube.com/watch?v=Di-ydd09qH4&list=PLx79aMV1qzXBJYmaVPzL8evsMYR1F4Wq-&index=2) en una cabaña al fondo del jardín de la Fundación donde se ve cómo se edificó con conchas de colores la sepultura de la gata de la familia Demy-Varda en la isla de Noirmoutier, donde la realizadora tiene una pequeña casa. La gata atigrada, de nombre Zgougou (que significa “piñón” en árabe tunecino), murió en 2005.

Jacques Demy sentado en el gato gigante para “Piel de asno”

 

Jean Marais sentado en el gato gigante para “Piel de asno”

La montadora Sabine Mamou se la había regalado a Jacques Demy, el realizador de “Los paraguas de Cherburgo” y marido de Varda. Se conocieron en 1958 en el Festival de Cine de Tours; tuvieron un hijo, Mathieu, y él adoptó a Rosalie, la hija de Agnès. Jacques falleció en 1990 a los 59 años. Entre 1991 y 1995, Agnès le dedicó una película, “Jacquot de Nantes” y dos documentales, “Les demoiselles ont eu 25 ans” (Las señoritas han cumplido 25 años) y “L’Univers de Jacques Demy” (El universo de Jacques Demy). También realizó un corto muy corto de dos minutos titulado “Hommage à Zgougou (et salut à Sabine Mamou), que pueden ver en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=2cggCfxMEMQ&list=PLx79aMV1qzXBJYmaVPzL8evsMYR1F4Wq- El vídeo está subtitulado, aunque con errores de traducción, pero mejor eso que nada. En este pequeño cortometraje, la realizadora menciona al gato gigante que Jacques Remy hizo construir para “Piel de asno”, rodada en 1970.

Nacida el 30 de mayo de 1928 en Bruselas y considerada la madre de la Nouvelle Vague, Agnès Varda dijo en una ocasión: “Ya me llamaban la madre de la Nouvelle Vague cuando tenía 30 años”. Fue la fotógrafa oficial del TNP (Teatro Nacional Popular) de Jean Vilar durante una década. Siempre ha reconocido no haber tenido ninguna formación cinematográfica y haber visto muy pocas películas antes de rodar “La Pointe courte”. No se ha dedicado únicamente al largometraje de ficción, su filmografía incluye numerosos cortometrajes y documentales. Entendió muy pronto que la independencia artística dependía de la autonomía financiera.

Fue una de las 343 mujeres que firmaron “El manifiesto de 343” el 5 de abril de 1971 en el que admitían públicamente haber abortado, exponiéndose a ser perseguidas y encarceladas porque entonces esta práctica era ilegal en Francia.

Obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia en 1985 por “Sin techo ni ley” y el César a la Mejor Película Documental por “Les plages d’Agnès” (Las playas de Agnès), además del César Honorífico (2001) y la Palma de Oro Honorífica (2015). Acaba de terminar el rodaje del largometraje documental “Villages, Villages”.