Gatos y Respeto

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El gato y la filosofía, de John Gray

Hace dos años se publicó en el Reino Unido un libro titulado “Feline Philosophy” (Filosofía felina) con el subtítulo “Cats and the Meaning of Life” (Los gatos y el sentido de la vida) cuyo autor es el filósofo británico John Gray. Haciendo prueba de un gran sentido del humor, se opone a la idea de que una ideología – la que sea – pueda ofrecer una respuesta a los grandes interrogantes de la vida, exceptuando la ideología felina.

Para llegar a esta conclusión, el autor ha observado a muchos gatos desde que era un niño en South Shields, una localidad cercana a Newcastle en la que nació el 17 de abril de 1948. Ahora reside en Bath con su esposa Mieko, una anticuaria especializada en arte japonés. Durante muchos años han compartido casa con cuatro gatos birmanos; dos hermanas, Sophie y Sarah, y dos hermanos, Jamie y Julian. Este último murió en 2020 a los 23 años.

Julian

No es el único filósofo que se siente atraído por los gatos. Él mismo menciona a varios en el libro, por ejemplo a Michel Montaigne (1533-92), que en el francés de la época dijo: “Quand je me joue à ma chatte, qui sait si elle passe son temps de moi plus que je ne fais d’elle ? Nous nous entretenons de singeries réciproques. Si j’ay mon heure de commencer ou de refuser, aussi a elle la sienne”. (Cuando juego con mi gata, ¿quién sabe si juega conmigo más que yo con ella? Nos entretenemos con recíprocas monerías. Si a mí me apetece empezar o acabar, a ella también). La gata de Montaigne se llamaba Madame Vanity.

John Gray

John Gray empieza el libro hablándonos de un filósofo que había “convencido” a su gato para que se convirtiera en vegano. Pensando que bromeaba, le preguntó cómo lo había hecho, ¿había encontrado pienso vegano con sabor a ratón? ¿O quizá le había presentado a otros gatos veganos que pudieran servirle de modelo? ¿Le había persuadido de que ingerir carne era un error?

Al parecer, su interlocutor hablaba en serio, estaba seguro de que su gato era vegano por decisión propia. Pero ¿podía el gato salir a la calle? Podía. Misterio resuelto. Era obvio que el gato comía en casa de los vecinos (algo muy habitual) y/o cazaba. Mientras no apareciese ningún pequeño cadáver en la alfombra del salón (otra inclinación muy gatuna), el virtuoso compañero filósofo seguiría convencido de que tenía un gato vegano.

Otro compañero suyo, cuando le contó que escribía un libro acerca de lo que los seres humanos podían aprender de los gatos, le comentó: “Pero los gatos carecen de historia”. John Gray se preguntó: “¿Es eso una desventaja?” Y nosotros añadimos: ¿Los gatos carecen de historia?

Louis Wain

Un poco más lejos comenta que Schopenhauer (1788- 1860) utilizaba a sus animales domésticos para demostrar la teoría de que la yoidad es una mera ilusión. Murió de un infarto y fue encontrado en su casa tumbado en el sofá al lado de un compañero felino cuyo nombre no ha pasado a la Historia.

Louis Wain (Historia doméstica del gato)

Preguntado en una entrevista si podemos entender a los gatos, John Gray contesta: “En cierto modo, el libro trata de esto. No es un estudio científico ni mucho menos. Pero si se vive con ellos el tiempo suficiente – y hace falta mucho tiempo porque tardan en fiarse y en comunicar – es posible imaginar cómo podrían filosofar”.

Cree que el ser humano recurrió a la filosofía empujado por la ansiedad, en busca de una tranquilidad en un mundo caótico y aterrador, y empezó a contarse historias que le propiciaran una sensación de calma. Según él, el gato no siente esta necesidad porque recupera un equilibrio mental natural siempre que no esté hambriento o amenazado.

John Gray, profesor de Política en la Universidad de Oxford, profesor invitado en Harvard y Yale, y profesor de Pensamiento Europeo en la London School of Economics hasta 2008, autor de ocho libros anteriores, afirma que “gran parte de la historia de la filosofía consiste en adorar ficciones lingüísticas. Los gatos, al depender de lo que tocan, huelen y ven, no están gobernados por las palabras”.

Magoniya (Vika Smirnova)

El libro, de 113 páginas, se divide en seis capítulos. En el primero, “Los gatos y la filosofía”, además de hablar de filosofía y filósofos, John Gray resume la increíble historia de Mèo, el gato que el periodista John Laurence encontró en 1968 en la ciudad de Hué durante la Guerra de Vietnam y que acabó llevando a Estados Unidos.

El capítulo dos, “Por qué los gatos no luchan por ser felices”, empieza así: “Cuando alguien dice que su objetivo en la vida es ser feliz, en realidad está diciendo que es infeliz. Al pensar en la felicidad como un proyecto futuro, y al ver que el presente se le escapa, la ansiedad aumenta. Teme que el progreso hacia la felicidad futura se vea interrumpido por algo y se entrega a la filosofía o, en la actualidad, a la terapia, para aliviar su malestar”.

Jacques Derrida y Logos

Y sigue diciendo: “La felicidad en el ser humano es un estado artificial, mientras que para un gato es una condición natural. A menos que se vea confinado en un entorno que no es el suyo, el gato nunca se aburre. El aburrimiento es el miedo a quedarse solo consigo mismo”.

Jacques Derrida. Foto de Louis Monier (1997)

El tercer capítulo habla de la ética felina; el cuarto, del amor humano comparado al felino; el quinto se titula “El tiempo, la muerte y el alma felina”, y el sexto trata de los gatos y del significado de la vida. En este último, John Gray incluye diez consejos felinos para vivir mejor que enumeramos a continuación:

  1. Nunca intente convencer a un ser humano de que sea razonable.
  2. Es una tontería quejarse de la falta de tiempo.
  3. No busque un significado al sufrimiento.
  4. Es mejor mostrarse indiferente que sentirse obligado a amar a los demás.
  5. Olvídese de buscar la felicidad y quizá la encuentre.
  6. La vida no es una historia.
  7. No tema a la oscuridad, pues numerosas cosas valiosas se encuentran de noche.
  8. Duerma por el placer de dormir.
  9. No se fíe de quien ofrezca hacerle feliz.
  10. Si no puede aprender a vivir un poco más como lo hace el gato, regrese sin pesar al mundo humano de la diversión.
Gilles Deleuze

En cierto modo, John Gray podría describirse como un filósofo antifilosofía con un enorme y ácido sentido del humor. Creemos que “Filosofía felina” no está traducido al español, y es una pena porque estamos seguros de que muchos de los que vivimos con gatos compartimos sus opiniones. Además, es un libro divertido, interesante e inteligente que va mucho más lejos de lo que puede parecer a simple vista.

Michel Foucault. Foto de Martine Frank (1977)

Hemos incluido fotografías de tres filósofos modernos con sus gatos, aunque John Gray no habla de ellos en el libro.


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Gatos negros y Anita Yan Wong

La artista sinoamericana Anita Yan Wong ha dedicado dos libros de dibujos a los gatos utilizando un proceso muy parecido al de la caligrafía china que, a pesar de su aparente sencillez, requiere una larguísima práctica hasta conseguir trazos perfectos.

La pintora es conocida por su dominio de un estilo único de pintura, el Lingnan, llamado también Escuela Cantonesa. Surgida en la provincia de Guangdong en el siglo XIX, fue considerada revolucionaria e innovadora comparada a la pintura tradicional china.

Anita Yan Wong nació en Pekín y su familia se fue a vivir muy pronto a Hong Kong. Al contrario de los niños de su edad, preferiría quedarse en casa dibujando a jugar en los parques, por lo que su madre la llevó a la maestra Hsin Pengjiu, una respetada pintora de la escuela Lingnan que le enseñó el estilo guóhuà.

Anita Yan Wong

Más tarde, su madre buscó un maestro de estilo más occidental con el que aprendió técnicas básicas, como el dibujo y la acuarela, antes de ingresar en la Escuela Politécnica de Hong Kong, más enfocada en las aplicaciones modernas del arte. Lógicamente, y a pesar de su amor por las bellas artes, pensó que su carrera estaba destinada a las artes gráficas.

Se trasladó a Londres a los 16 años para estudiar en la facultad Central Saint Martins, de la Universidad de las Artes de Londres, donde se diplomó en Artes Gráficas. A continuación obtuvo dos másters en Fotografía Digital y Artes Digitales en el Colegio de las Artes de Maryland (MICA). Acabó dando clases en este centro, así como también en la Universidad Temple de Filadelfia.

Enseñar en dos escuelas distantes casi doscientos kilómetros no le dejaba mucho tiempo para pintar. En 2015, después de enseñar durante más de diez años, se centró en su trabajo como pintora.

Reconoce que no sabía realmente qué dirección tomar, pero no quería que su obra fuese descrita como tradicional, moderna o contemporánea porque, según ella, las etiquetas tienden a encasillar al artista. Y añade: “Me había pasado la vida viviendo en lugares diferentes, Pekín, Hong Kong, luego Londres y Estados Unidos, y me di cuenta de que mi identidad era un enigma; de hecho, lo sigue siendo”.

“Me sentía algo perdida y empecé a meditar”, sigue diciendo. “Fue entonces cuando visualicé ‘Los nenúfares’, de Monet, y vi las similitudes entre los impresionistas y el estilo guóhuà, la importancia de los nenúfares en el guóhuà budista y de la pincelada en el impresionismo. En ese momento, todo encajó”.

Al preguntarle por los artistas qué más le han influido, contesta que siempre se ha esforzado en desarrollar un estilo propio. “Es verdad que Chao Shao An me influyó mucho cuando era más joven. Es el creador de la pintura Lingnan, y su alumna fue mi maestra. Louise Bourgeois es otra artista a la que admiro mucho. La primera vez que vi una exposición suya en Londres, me hizo pensar en las pinturas con tinta china. Además, sus esculturas ‘Araña’ no se parecen realmente a arañas, tira más hacia lo abstracto, y eso me gustó mucho”.

En 2018 dedicó una serie a los perros para celebrar el año del Perro en el calendario chino. “Hace mucho que no voy a Hong Kong y es mi forma de volver a conectar con mi cultura”, explica. Sin embargo, inició la serie con unos tigres después de ver un documental acerca de la rápida desaparición de esos animales en su hábitat natural.

En la misma época empezó a pintar unos tigres muchos más pequeños, gatos, y todo por culpa de Tux. Para entonces, la artista se había mudado a California y el gato Tux había entrado en su vida. Apareció un día mientras Anita Yan Wong daba un paseo por el barrio y la acompañó: “Venía cada día conmigo cuando salía a dar un paseo. Me inspiraron su pelo negro brillante, sus movimientos, y me lancé a realizar una serie”.

Esa serie se llamó “Jumping Kittens” (Gatitos saltando) y no tardó en transformarse en el libro “Ink Kittens” (Gatitos de tinta), publicado el 21 de agosto de 2020 con 38 dibujos de gatos en diversas posiciones realizados con unas cuantas pinceladas. “Solo utilicé tinta negra para sumi-e (una técnica de dibujo monocromático) y dos pinceles de caligrafía para reproducir a mi amigo Tux. Tengo la impresión de que un gato aporta energía a mis proyectos, movimiento a mi pincel, y tranquilidad a mi vida”.

En mayo de este año publicó un segundo libro dedicado a los gatos, “Cat Philosophy: When Cats Meet the Greatest Minds” (Filosofía gatuna: Cuando los gatos y las grandes mentes se conocen), en el que citas de artistas, escritores, científicos, filósofos y líderes mundiales amantes de los gatos están acompañadas por sus dibujos.

“No soy capaz de empezar un proyecto a menos que me sienta realmente inspirada, y últimamente lo único que me interesa son los gatos”, reconoce. “A menudo empiezo documentándome, haciendo fotos a los gatos que encuentro, buscando en Internet e incluso yendo a eventos felinos durante los fines de semana”.

Estamos convencidos de que Anita Yan Wong tiene uno o varios gatos. Posiblemente Tux sea el primero que entró en su vida, pero alguno más ha debido seguir sus pasos e instalarse en su casa. También esperamos que sigan siendo una inspiración para ella porque sus dibujos son auténticas joyas. Les dejamos tres enlaces por si quieren ver algo más de la obra de la artista.

https://www.anitayanwong.com/   https://www.instagram.com/anitayanwong/?hl=es https://www.amazon.com/author/anitayanwong


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El gato topiario (The Topiary Cat)

Desde hace unos años aparecen en Internet curiosas imágenes de gigantescos gatos “topiarios” o, mejor dicho, gatos realizados en poda artística. Siempre nos habían intrigado, pero no les habíamos dado mayor importancia hasta que una amiga nos mandó una foto especialmente atractiva y decidimos indagar un poco más.

Descubrimos inmediatamente que son montajes fotográficos realizados por un artista británico llamado Richard Saunders en honor su gato Tolly, un ruso azul que falleció en febrero de 2016 a los doce años.

Richard Saunders

Las fotos se hicieron virales en muy poco tiempo. Por ejemplo, la foto del gato topiario bebiendo en un lago de Surrey fue vista en Facebook en cuestión de días por 2,5 millones de personas, de las que muchas no entendieron que se trataba de un montaje. A partir de ese momento. Richard Saunders decidió dejar muy claro que no son auténticos topiarios, y en una entrevista a la BBC llegó a decir: “Prefiero que se me conozca por el arte y no por el engaño”.

Todo empezó cuando Tolly aún vivía. Mientras visitaba los jardines Hall Barn, Beaconsfield, el artista vio una poda artística imitando una nube que le recordó a un animal durmiendo y se le ocurrió que no sería difícil cambiarla por un gato. Utilizó Photoshop para añadir una foto editada de Tolly. Había nacido “The Topiary Cat”.

“Tolly tenía mucho carácter, era intrépido y afectuoso”, recuerda. “Me parece que esas cualidades se ven reflejadas en el Topiary Cat, pero también es inmortal y capaz de  metamorfosearse, algo a lo que Tolly nunca aspiró”.

Richard Saunders nació en 1946 y descubrió el surrealismo siendo adolescente. Intentó dedicarse a la pintura, pero según sus propias palabras: “Pintaba con demasiada lentitud para vivir del surrealismo y entré en el mundo de la publicidad para sobrevivir”. Llegó a ocupar el puesto de director creativo y no volvió a dedicarse plenamente a la pintura hasta que se jubiló.

Richard Saunders y Tolly

“Al principio lo hice como diversión”, explica en otra entrevista. Colgó la primera imagen en Flickr y empezó a aparecer en Internet sin su nombre hasta que la BBC le entrevistó. No sabemos cómo se enteró la BBC de que la imagen era suya, pero todos los artículos que hemos encontrado dicen más o menos lo mismo.

Con el tiempo, las imágenes se han hecho más complicadas y Richard Saunders tarda varios días en crear una. Empieza con una foto realizada por él, a la que añade digitalmente una de Tolly – del que tiene decenas, basta entrar en su página de Facebook – para crear una escena llena de fantasía.

Según su creador, el personaje del Topiary Cat es sabio y valiente, como Tolly, pero no entiende a los seres humanos. “Al ser inmortal, no tiene un concepto del tiempo ni las preocupaciones habituales, como el trabajo, la comida, la escuela, los fines de semana o el móvil”.

Se instala en los mejores jardines de Inglaterra sin pedir permiso a nadie, ocupando todo el césped delante de un palacio o castillo. Duerme la siesta donde le apetece sin preocuparle si molesta a los jardineros o a cualquiera (ganado o humano). También deambula por paisajes más agrestes, pero siempre lo hace a su antojo, como si todo le perteneciese.

Últimamente le acompaña otro ruso azul llamado Georgi que llegó al hogar de los Saunders en abril de 2018. “Su alter ego en las imágenes es bastante travieso”, dice el artista. “Su mentor le suele llama ‘G’, pero tampoco intenta inculcarle modales”.

Georgi (24 de abril de 2018)

Durante la pandemia, el autor escribió la historia de un niño tímido de diez años y de su fiel compañero, un ruso azul llamado Tolly. El abuelo del niño es el jardinero jefe de una importante finca cercana y experto en poda artística. Colgó la historia en Facebook y luego la transfirió a SoundCloud antes de que se publicara una versión impresa.

“No esperaba que estas imágenes tuvieran tanto éxito”, reconoce Richard Saunders. “Al principio me divertía, nunca pensé que podrían comercializarse. Su recorrido me parece fascinante”.

Su imagen favorita es la de Tolly contemplando el jardín de su casa desde una considerable altura. “A Tolly le gustaba mucho nuestro jardín. Le encantaba tomar el sol en el cenador o esconderse debajo de las hojas de los ruibarbos cuando hacía demasiado calor”, recuerda.

En cuanto a la creación de un auténtico gato de poda artística, Richard Saunders no tiene planes para realizar uno, pero está dispuesto a hacerse cargo de la dirección artística si alguien quisiera hacerlo. Quizá un experto jardinero, viendo estas fotografías, quiera replicarlas en algún suntuoso jardín.

La poda artística se remonta a la época romana en Europa. Tanto Plinio. en su “Historia natural”, como el escritor Marcial atribuyen a Gaius Matius Calvinus el primer diseño topiario, que no tardó en tomar complicadas formas arquitectónicas, de animales e inscripciones en numerosos patios romanos.

Al parecer, la poda artística no volvió a invadir los jardines europeos hasta el siglo XVI y no se limitó a los parterres y terrazas ajardinadas de la élite, sino que también tomó por asalto jardines mucho más plebeyos. El poeta Barnabe Goose escribió en 1578 que “las mujeres recortaban el romero para adoptar la forma de un carro o un pavo real, cualquier cosa que les pasaba por la cabeza”.

Richard Saunders y Tolly

El arte topiario de Versalles, sin embargo, nunca fue muy complicado: setos de poca altura puntuados por bolas y obeliscos en cada esquina. En Holanda sí hubo jardines con podas muy estudiadas. La moda volvió a desaparecer por completo a principios del siglo XVIII.

A partir de 1962, los parques de atracciones estadounidenses, de los que Disneylandia fue el primero, empezaron a recrear a sus personajes más famosos con plantas guiadas sobre un armazón metálico. Al crecer, cubren el armazón y basta con podarlas regularmente. Pueden plantarse directamente en tierra o en tiestos, lo que permite su traslado.


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Los gatos de la revista LIFE

Foto de Nina Leen (1952)

El 15 de febrero de 2019, la revista LIFE publicó un número especial dedicado únicamente a los gatos, el animal doméstico más popular del planeta, según dicen, y que a pesar de eso sigue siendo casi tan salvaje como sus lejanos antepasados. Quizá es la explicación de por qué casi nunca hacen lo que queremos o lo que esperamos.

Blackie, el gato de Gjon Mili (1943)

El número contiene artículos de la historia del gato doméstico, su comportamiento, la supuesta enemistad entre gatos y perros, muchas fotos (aprovechamos para incluir unas cuantas aquí), y varios relatos cortos con el gato como protagonista. Entre todos estos últimos hemos escogido uno del periodista y autor Kostya Kennedy.

Sharon Adams, 10 años (A.Y. Owen, 1952)
Foto de Chris Swanda

Nacido en Great Neck, estado de Nueva York, es director de contenidos de la editorial digital Dotdash Meredith. Anteriormente fue redactor jefe y director editorial adjunto de Sports Illustrated. Tiene varias novelas en su haber, la última publicada en abril pasado, “Four Seasons of Jackie Robinson”. Ha contribuido con artículos en el diario The New York Times y con relatos en la revista The New Yorker. A continuación, el homenaje que Kostya Kennedy escribió a su gato Kaya.

Kim Novak
Kim Novak en la película Bell, Book and Candle (Me enamoré de una bruja) (Eliot Elisofon, 1958)

Una mañana, hace ya unos cuantos años, cuando vivía en Nueva York, envolví a Kaya en un viejo chal azul y recorrí ocho manzanas con él en brazos hasta el veterinario para que le durmiera. Llevábamos juntos desde que yo tenía 14 años. Le había llamado así por el álbum de Bob Marley. “Diecinueve años son muchos años para un gato”, dijo el veterinario, mientras le acariciaba.

Renske Quax, niño prodigio holandés del billar (Nat Farbman, 1953)
El poeta Rod McKuen con uno de sus gatos (Ralph Crane, 1967)

Kaya aún tenía un suspiro de vida. Camino de la clínica, me dio con la pata en la barbilla mientras yo le contaba con toda naturalidad que en una reciente encuesta de la CNN y del New York Times había sido votado uno de los mejores siete gatos del noreste de Estados Unidos. En nuestros años juntos, le había contado muchas cosas así: mi forma de decirle cosas cariñosas.

Prueba para la película Tales of Terror (Ralph Crane, 1961)
El compositor Alan Hovhaness con su gato Rajah Mahatma Hoyden (Gordon Parks, 1955)

Kaya siempre toleró mis historias de encuestas, aunque estoy convencido de que no se dejaba engañar, sabía quién era. Al menos comparado con su hermano Korduroy, desde luego. Korduroy hacía cosas que merecían contarse. Por ejemplo, esperaba sentado al lado de la señal de “stop” en la calle, y cuando se detenía un coche, saltaba al capó y miraba dentro a los ocupantes. Kaya le observaba con total impasibilidad, como también hacía cuando Korduroy y el pastor alemán de los vecinos fingían pelearse. Comparado a Korduroy, un habilísimo cazador que llamaba a la puerta pasando la pata por la ranura del buzón, Kaya parecía algo simplón.

Otto Preminger, Festival de Venecia (Gjon Mili, 1959)
Carslbad, Nuevo México (Bettmann, 1962)

Era un gato dócil y prudente que ronroneaba mucho. No solía matar nada, pero atacaba con tremenda energía a los bolígrafos y los alargadores. Llevaba guantes blancos en las patas delanteras, calcetines largos en las traseras y pechera blanca con cuello blanco. En el resto del cuerpo tenía manchas negras y marrones, a excepción de una pequeña máscara blanca en la nariz y en la boca. Se pasaba mucho rato tumbado.

Oscar en una residencia de ancianos en Providence, Rhode Island (Stew Milne)
Fred Astaire (John Swope. 1962)

Entre mi familia más cercana y yo habíamos tenido unos doce gatos al cabo de los años; eso sin contar los ocho gatitos que se apoderaron de la casa después de que Paleleela diera a luz. De todos, no cabe duda de que Kaya siempre fue el mejor en cuanto a educación y amabilidad. Dejaba que Korduroy comiera primero. Aguantaba estoicamente que gatos de dos años jugaran con su rabo. Hacía compañía a los seres humanos. Muchos gatos entienden cuando un ser humano sufre, pero ninguno lo entendía tan bien como Kaya. Siempre que alguien estaba triste, se acercaba y maullaba una vez mirando a la persona.

Los animales domésticos de la familia Lyng, Dinamarca (Jytte Bjerregaard Muller, 1955)

A Kaya le gustaban las cosas sencillas: que le peinaran, rascaran detrás de las orejas, comer trocitos de pollo caliente, los viajes a Cape Cod, un sitio para dormir en la cama. ¿Cuántas veces homenajeamos la vida de un gato?

Baby, el gato guía (Loran F. Smith, 1947)
Brownie bebiendo mientras Blackie espera su turno, Ferno Caliif (Nat Farbman, 1953)

 Puede que al no ser tan hábil como otros, Kaya decidiera empezar a hablar durante los últimos años de su vida. No dejaba de maullar. La mayoría de veces emitía una especie de queja que sonaba más a la de un bebé humano que a la de cualquier otro animal. “Oye, ¿hay un niño en tu casa?”, me preguntaban amigos durante alguna llamada telefónica. Pasaba lo mismo con mis llamadas profesionales cuando entrevistaba a alguien. Si la voz de Kaya llenaba el pequeño piso, notaba que la persona al otro lado de la línea telefónica intentaba ignorarla con cierta incomodidad. Luego, al colgar, le decía a Kaya: “Lo sé, ser gato es difícil a veces”.

Ernest Hemingway (Tore Johnson, 1959)

Pero Kaya emitía más sonidos además de ese lamento. También lanzaba un maullido agudo de dos notas cuando jugaba o esperaba comida. Me saludaba con un ruido breve, como si piase. Si se cruzaba con otro gato, emitía un sonido largo y gutural. Al despertarse, dejaba escapar algo entre maullido y bostezo. Una serie de ladriditos anunciaba la llegada de una tormenta. Fuese el sonido que fuese, la única forma de hacerle callar era ponerle en mi regazo.

La mezzo Jennie Tourel y el gato Blackie (1952)

Los maullidos se convirtieron en un telón de fondo que no desapareció hasta el final. Cuando pedí una cita en la clínica veterinaria, Kaya llevaba varias semanas enfermo. Era el tiroides. Se pasaba casi todo el día durmiendo y vomitaba los medicamentos que le daba. Había dejado de venir a la cama a dormir. Se quedaba en un rincón del piso del que salía cada pocas horas para mirar su bol de agua y dar un par de desganados lametazos. Cuando dejó de maullar, un extraño silencio se apoderó de la casa. Entonces también dejó de comer.

La bailarina Edwina Seaver con Ting Ling (Alfred Eisenstaedt, 1940)

Me afectó mucho. Intenté tentarle con sus comidas preferidas. Los amigos empezaron a venir para despedirse de Kaya. La víspera de la visita a la clínica, me senté en el sofá en silencio, muy abatido, la mirada perdida. Kaya se dio cuenta de que estaba muy triste. Bajé la mirada cuando noté que se frotaba contra mis piernas. Me miró y dijo “Miau”, antes de volver a su esquina y dejarse caer a descansar.

Esperando al pescador (Carl Mydans, 1962)

Al día siguiente le llevé a la clínica en brazos. No dejé de hablarle como si no pasara nada. Allí le deposité en una mesa en una salita de paredes verdes y le acaricié hasta que le oí ronronear débilmente. El veterinario también estaba, y Kaya, con lo que me pareció ser un tremendo esfuerzo, maulló por última vez.

Foto de Nina Leen

Siempre digo que tuvo una vida amable y que todos hubiéramos podido aprender de él.

(1946)