Gatos y Respeto

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Gatos y el poeta John Keats

John Keats, la resplandeciente estrella del romanticismo inglés, murió en Roma el 23 de febrero de 1821, a los 25 años, y está enterrado en el llamado Cementerio Protestante – aunque el nombre correcto sea “Cementerio no católico” – de la capital italiana, un lugar que alberga un santuario para gatos. Se conoce sobre todo al poeta por sus “Odas”, y por obras como “Lamia”, “Endimión” e “Hiperión”. Unos diez años después de su muerte se publicó por primera vez un soneto lleno de humor que dedicó al gato de la Sra. Reynolds. ¿Y quién era la Sra. Reynolds? Sencillamente la madre del gran amigo del poeta, J.H. Reynolds, que también se dedicaba a escribir odas.

Cementerio no católico de Roma

El poema dice así:

Cat! who hast pass’d thy grand climacteric,
How many mice and rats hast in thy days
Destroyed? How many tit bits stolen? Gaze
With those bright languid segments green, and prick
Those velvet ears – but prithee do not stick
Thy latent talons in me, and upraise
Thy gentle mew, and tell me all thy frays,
Of fish and mice, and rats and tender chick.
Nay, look not down, nor lick thy dainty wrists –
For all thy wheezy asthma, and for all
Thy tail’s tip is nicked off, and though the fists
Of many a maid have given thee many a maul,
Still is that fur as soft, as when the lists
In youth thou enteredst on glass bottled wall.

Gato atigrado. Siglo XIX

Y ahora intentaremos traducirlo, a pesar de no ser tarea fácil

¡Gato! tú qué has dejado atrás el gran climaterio,
¿a cuántos ratones y ratas habrás destruido
en tus días? ¿Cuántos bocados habrás robado? Contempla
con esos lánguidos y brillantes segmentos verdes, aguza
esos oídos aterciopelados – pero te ruego que no me claves
esas uñas latentes, y enaltece
tu suave maullido para contarme todas tus refriegas
de peces y ratones, y ratas y tiernos polluelos.
No, no bajes la mirada, no te lamas las delicadas muñecas –
pues a pesar de tu resuello asmático, y de que hayas perdido
la punta de tu cola, y que los puños
de numerosas criadas te hayan asestado numerosos golpes,
tu pelo sigue tan suave como el día que penetraste
de joven el muro defensivo armado de trozos de vidrio.

Gato dormido y ratón. Siglo XIX

Los gatos del cementerio romano guardan la tumba de John Keats. Quizá sepan que solo alguien que los amó y observó podía dedicar un poema tan bello a un gato.

Gato en la tumba de Keats

John Keats nació el 31 de octubre de 1795 en Londres en el seno de una familia de clase media. Al carecer del dinero suficiente para mandarle a uno de los grandes colegios privados, ingresó en un internado progresista en Enfield donde tuvo la oportunidad de estudiar literatura clásica y renacentista. Su padre falleció cuando Keats tenía ocho años, y su madre cuando tenía catorce, quedando al cuidado de su abuela junto a sus hermanos. Al graduarse en 1815 trabajó como aprendiz de cirujano en el hospital Guy’s de Londres con la esperanza de que esta profesión le aportase seguridad económica. Un año después abandonó la carrera médica para dedicarse a la poesía, una decisión arriesgada. Ya conocía a los escritores y poetas James Henry Leigh Hunt y Percy Bysshe Shelley.

A partir de septiembre de 1817 se trasladó a la casa de sus hermanos en Hampstead para cuidar de uno de ellos, Tom, que padecía de tuberculosis, la enfermedad de la familia. Se sabe que cuando estaba escribiendo el tercer tomo de “Endimión” tomaba pequeñas dosis de mercurio para curar alguna dolencia desconocida a pesar de saber, por sus estudios de medicina, que era letal. Seguía tomándolo diez meses después mientras recorría parte de Escocia andando, viaje del que regresó con un dolor de garganta crónico. Durante los tres meses siguientes, cuidó de su hermano moribundo y contrajo la tuberculosis. Curiosamente, a pesar de estar físicamente débil, de ocuparse de su hermano y de tener grandes dificultades financieras, en ese periodo compuso cinco de las seis odas.

Wentworth Place, Hampstead, en 1900

Théophile Alexandre Steinlein

En 1818 se publicó su gran obra, “Endimión”, sin embargo no obtuvo el éxito esperado. Las críticas fueron muy duras, tachando el libro de “inmaduro”. Incluso Byron lo calificó de “poesía cockney”, dejando entender que el poeta usaba un idioma poco refinado. En una carta a James Hessey fechada el 9 de octubre de 1818, John Keats dijo: “Nunca me ha asustado el fracaso; antes prefiero fracasar a no estar entre los más grandes”.

Siglo XIX

Ese año conoció a Frances (Fanny) Brawne, que tenía 18 años entonces, y se enamoró de ella. Nada de todo se supo hasta 1878, después de la muerte de Fanny, cuando sus hijos publicaron las cartas de amor que Keats le escribió. Se prometieron el 18 de octubre de 1819, pero lo mantuvieron en secreto porque sabían que la Sra. Brawne, la madre de Fanny, jamás permitiría que su hija se desposara con un poeta que apenas podía mantenerse a sí mismo y con una salud tan delicada.

Miniatura de Fanny Brawne

A principios de 1820, el poeta fue de visita a Londres y regresó a Hampstead con fiebre, temblando de frío y muy debilitado. Esa misma noche empezó a vomitar sangre. A pesar de ser vecinos, Fanny apenas le visitó durante los meses siguientes por miedo a que su presencia empeorará la salud de su amado. Se limitaba a pasar por delante de la ventana de su dormitorio y a escribirle. Los médicos le alentaron a que viajase a Italia, temerosos de que no soportase los fríos y húmedos meses del largo invierno británico. A pesar de su inminente marcha, la madre de Fanny no dejó que se casaran. Fanny y John se vieron por última vez el 13 de septiembre de 1920.

La casa de Keats en Hamstead

Jean Bernard, 1808

John falleció en Roma el 23 de febrero, pero Fanny no tuvo la noticia hasta el 17 de marzo. Se cortó el pelo, vistió de negro y se puso el anillo que el poeta le había regalado. Guardó el luto durante seis años y no se casó con el francés Louis Lindo hasta el 15 de junio de 1833, más de doce años después de la muerte de John Keats.

John Keats, por Benjamin Robert Haydon

Gato delante de la tumba de Keats

El poeta pidió que en su lápida se grabaran las siguientes palabras: “Aquí yace uno cuyo nombre se escribió con agua”.
Sin embargo, sus dos amigos Joseph Severn y Charles Brown, que habían cuidado de él en sus últimos meses, añadieron: “Esta tumba contiene los restos mortales de un JOVEN POETA INGLÉS que, en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, por el malicioso poder de sus enemigos, deseó que se grabarán estas palabras en su tumba”. Al parecer, años después, ambos se arrepintieron de haber incluido esta frase.

 

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Los gatos de Meteora

Pocas son las personas que visitan Grecia y no vuelven con fotos de gatos, sobre todo de Creta, Santorini… Gatos en muros blancos con un mar azul de telón de fondo. No parecen temer a los turistas ni tampoco estar hambrientos. Los griegos no tienen problemas con los gatos, pertenecen a todos y se les deja comida, aunque solo sean restos. Suelen aparecer en los puertos a primera hora de la mañana, cuando vuelven los barcos de pescadores. Los gatos en las islas se benefician de un clima templado y se les considera muy útiles porque no solo alejan a las ratas, también matan a los escorpiones y a las serpientes.

Sin embargo, apenas existen citas de gatos en la Antigua Grecia. Aristófanes (450 a.C.) los menciona con fines cómicos e incluso acuñó la frase “La culpa es del gato”, pero hay muy pocas reproducciones de ellos y parece ser que en esa época, los griegos – así como los romanos – tenían por costumbre utilizar a comadrejas domesticadas para ahuyentar a ratas y ratones. En el siglo II d.C, Antonino Liberal, en su “Metamorfosis”, cuenta que los dioses, huyendo de Tifón, se transformaron en animales: Ares en pez, Dionisio en cabra y Artemisa en gato. También hay una leyenda en la que el gato protegió al Niño Jesús de roedores y serpientes.

Actualmente, “gato” en griego es gata, pero en griego antiguo era Ailouros, de donde provienen las palabras “ailurofobia” (miedo incontrolado e injustificado a los gatos) y aerulantropía (facultad de transformarse en gato o persona-gato).

En el centro de Grecia hay varios monasterios construidos en extrañas formaciones rocosas que se asemejan a enormes columnas donde viven gatos, además de monjes y monjas. Los gatos no son propensos al vértigo, menos mal. Desde los años veinte del siglo pasado se accede a los monasterios mediante escaleras talladas en la roca, pero no siempre fue así. No hemos podido enterarnos de si había gatos anteriormente a la construcción de las escaleras, pero es muy probable y tal vez fueran transportados hacia las alturas en cajas cerradas mediante el sistema de poleas que usaban los monjes.

La formación rocosa de Meteora es el hogar de seis monasterios ortodoxos, encaramados en enormes pilares, que dominan la llanura y la ciudad de Kalambaka. Hace unos sesenta millones de años, una serie de movimientos sísmicos empujó el lecho marino hacia arriba, creando una meseta y dando lugar a numerosas fallas verticales en la gruesa capa de piedra arenisca.

Meteora también alberga la cueva de Teopetra, situada a cuatro kilómetros de Kalambaka, que consiste en una enorme sala rectangular de quinientos metros cuadrados por encima del pueblo de Teopetra, con una entrada de diecisiete metros de ancho y tres de alto. Se estima que la cueva fue habitada de forma discontinua desde 50.000 a 5.000 años a.C. Asimismo, contiene la estructura más antigua hecha por el ser humano hace 23.000 años, una pared de piedras que cerraba dos tercios de la entrada, probablemente para protegerse de los fríos vientos de la Edad de Hielo.

Los primeros habitantes de las elevadas pilastras, algunas de ellas con una altura de hasta 550 metros, fueron ermitaños que se instalaron en los huecos y fisuras de la roca. Estos eremitas vivían en la más absoluta soledad, reuniéndose en contadas ocasiones para orar en una capilla construida al pie de la roca Doupiani. En el siglo XI, unos monjes se establecieron en las cuevas naturales de Meteora. El monje Athanasios Koinovitis descubrió los asombrosos pináculos en 1344 después de ser expulsado de su monasterio en el monte Athos y decidió fundar el Gran Meteoro, o monasterio de la Transfiguración.

 

En un intento de controlar la fértil llanura de Tesalía, las incursiones turcas amenazaban el norte de Grecia a finales del siglo XIV. Muchos monjes, huyendo de la ocupación turca, se refugiaron en las inaccesibles cimas. Poco a poco se construyeron más monasterios en Meteora, que en el siglo XVI contaba con un total de veinticuatro recintos sagrados con monjes o monjas. Teófanes hizo construir el imponente monasterio de Varlaam en 1517, famoso por guardar el dedo de San Juan y el omoplato de San Andrés.

Gran Meteoro

No debió ser fácil subir los materiales necesarios para unas construcciones nada sencillas con un complicado sistema de poleas y escaleras de madera que podían retirarse para impedir la llegada de intrusos. Los suministros eran elevados en grandes cestas y las personas en resistentes redes, aunque esto requería carecer de vértigo y tener una fe inquebrantable. Cuentan que las redes “solo se sustituían cuando el Señor dejaba que se rompieran”. El monasterio de Varlaam, por ejemplo, domina el valle desde una altura de 373 metros y “simboliza la fragilidad de una vida eternamente amenazada por la muerte”.

En 1921, un año después de que acabaran de tallarse los escalones, la reina María de Rumanía se convirtió en la primera mujer en visitar el monasterio del Gran Meteoro. Los cenobios fueron bombardeados sin piedad por la aviación alemana durante la II Guerra Mundial al ser un refugio de la resistencia griega. Actualmente, como hemos dicho antes, solo quedan seis en uso en las torres de Meteora, los demás no son más que ruinas. De estos seis, el de San Esteban (fundado en 1545) y el de Rousanou (fundado en 1529) están habitados por monjas, y los otros cuatro, por monjes. En total, la población de religiosos es de quince monjes repartidos en cuatro monasterios y de cuarenta y una monjas en dos.

Meteora, Kalambaka, Grecia


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Gatos en los autorretratos de Tsuguharu Foujita

Pocos artistas, incluso nos atreveríamos a afirmar que ninguno, han realizado tantos autorretratos con gato como Foujita, y en la inmensa mayoría se trata de su gato Miké. En una entrevista, el pintor contó que “una noche, o mejor dicho, un amanecer, ya era mucho más de las doce, volviendo a casa andando desde Montmartre a Montsouris, me di cuenta de que me seguía un gatito tan tímido como terco. Intenté alejarle, pero estaba empeñado, y acabamos delante de mi puerta al mismo tiempo”. El pintor le dejó entrar en su taller y le llamó Miké, que en japonés significa “tres pelos” porque era un atigrado de tres colores.

También dijo: “Antes de Miké no conocía bien a los gatos, pero él me ha enseñado que los animales mandan. Ahora sé que debo alimentarle, ocuparme de él, caerle bien, llevarle de paseo al parque Montsouris y ponerle música”. A la pregunta de si a los gatos les gustaba la música, contestó: “A este no me cabe duda. Si quiero retratarle en una pose que me gusta, basta con abrir la caja mágica y el modelo permanece inmóvil, sus ojos dorados brillan, le recorren pequeños escalofríos por la espalda…”

Al principio de iniciar este blog publicamos una pequeña entrada acerca de Tsuguharu Foujita (https://gatosyrespeto.org/2014/12/05/mike-y-el-pintor-foujita/), pero esta vez queremos centrarnos en sus autorretratos. El joven y elegante japonés de 27 años llegó a París el 6 de agosto de 1913 y casi inmediatamente conoció en un café al pintor Manuel Ortiz de Zárate, que le llevó al taller de Pablo Picasso.

Hijo de Tsugakira Fujita, médico y general del ejército imperial, tuvo una vocación muy precoz a la que su padre no se opuso, todo lo contrario. A los 14 años, uno de sus dibujos fue seleccionado para formar parte del Pabellón de Japón en la Exposición Universal de París. Tres años después empezó a asistir a clases de francés con la idea de ir a estudiar a París, pero su padre prefirió que ingresara en la Escuela de Bellas Artes de Tokio, donde se graduó a los 24 años. El general aceptó darle el dinero suficiente para pasar una temporada en París unos años después.

Ya era demasiado mayor para matricularse en la Escuela de Bellas Artes y decidió pedir una licencia de copista en el Louvre que le permitía recorrer todas las salas a su antojo. Se impregnaba de la atmósfera de la ciudad y dibujaba en los cafés. Anne Le Diberder, directora de la Casa Museo Foujita, dice: “Ningún artista japonés se había atrevido a transgredir las convenciones de su país”. El pintor entendió muy pronto que el talento no bastaba, había que darse a conocer, sobresalir, y para eso se dejó ver en cafés, fiestas, exposiciones. Tardó unos años en adoptar el aspecto que luciría toda la vida y equivaldría a su firma: el famoso flequillo, joyas, tatuajes y ropa muy sofisticada.

Conoció a la modelo Fernande Barrey en marzo de 1917 y se casó con ella trece días después. Se divorciaron en 1928, aunque hacía tiempo que se habían separado. Ese mismo año expuso un centenar de acuarelas en la galería Georges Chéron, marchante de Modigliani y Soutine, con un éxito total. Picasso fue el primer día y se quedó varias horas, extasiado ante los cuadros. Al acabar la I Guerra Mundial y reabrirse el Grand Palais en la primavera de 1919, y luego el Salón de Otoño, sus obras se expusieron con los grandes de la pintura francesa.

Autorretrato en tatami

Detalle

Todo el mundo quería olvidar “la Gran Guerra” y Montmartre conoció una euforia sin precedentes. En 1922, Tsuguharu Foujita vio a Lucie Baloud, que aún no tenía veinte años, en el café La Rotonde. El día de su cumpleaños le ofreció un descapotable cuyo tapón de radiador era un bronce de Rodin. La apodó Youki, “Rosa de las nieves”, por la blancura de su piel y se convirtió en su modelo predilecta, inspirándole sus mejores desnudos. En 1927, la gran retratista austríaca Dora Kallmus le fotografió con su gato, y sabemos que ese mismo año se mudó de la calle Delambre a la plazoleta Montsouris, donde encontró a Miké. Sin embargo, en la fotografía no está Miké, sino un gato blanco con una oreja negra, lo que nos lleva a pensar que el pintor tuvo más de un gato.

En la casa de Montsouris diseñó y cosió sus trajes, creó su vajilla, filmó y fotografió, además de pintar sin cesar. A través de sus incontables autorretratos, con o sin Miké, nos dejó una mirada extrañamente impasible y distante. Pero en 1930, Youki se enamoró perdidamente de Robert Desnos, y Foujita decidió dejar París un año después para trasladarse al continente americano con una joven bailarina, Madeleine Lequeux. Juntos recorrieron Brasil, Argentina, Colombia, Perú, México y California. Al llegar a Río de Janeiro en 1931, el pintor Candido Portinari le organizó varias exposiciones. En Tokio fue recibido con los honores de una estrella en 1933, expuso en la galería Nichido y realizó grandes obras murales. Madeleine murió inesperadamente de una sobredosis en junio de 1936.

Regresó brevemente a París en 1930, pero al estallar la II Guerra Mundial no le quedó más remedio que volver a Japón y convertirse en “pintor de guerra”. Su colaboración con el militarismo japonés y posteriormente con Estados Unidos no pasó inadvertida y fue bastante criticado. Por fin consiguió un visado para Estados Unidos en 1949 gracias al general MacArthur. Los cuadros que expuso en Nueva York durante su estancia se cuentan entre sus obras maestras.

Volvió definitivamente a París en enero de 1950 con Kimiyo, su esposa japonesa, y empezó de cero, contactando con marchantes que organizaron exposiciones en Argelia, Marruecos y España. Obtuvo la nacionalidad francesa en 1955, y después de una iluminación mística en 1959 mientras visitaba la basílica de Saint-Rémi en Reims, se convirtió al catolicismo y adoptó el nombre de pila de Léonard en honor a Da Vinci. Murió el 29 de enero de 1968 a los 82 años de un cáncer y está enterrado en la Capilla Foujita, que diseñó e hizo construir, al lado de Kimiyo, fallecida en 2009.

Parece ser que se había hecho tatuar un gato en un antebrazo. En 1930, Covidi Friede publicó “Book of Cats” con poemas de Michael Joseph y veinte grabados de Foujita. Está entre los quinientos libros raros más caros jamás vendidos y los expertos lo consideran “el libro más popular y más deseado sobre gatos que se ha publicado”.


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Gatos de Almería y Seven Lives

Hace un tiempo supimos de la existencia de Seven Lives (Siete vidas) y nos pusimos en contacto con Fátima Estevanez, interesándonos por el proyecto que creó con otras dos personas, Ana Martínez y Alfonso García. Fátima es almeriense de adopción, sevillana de nacimiento y residió muchos años en Barcelona. Aprendió a ser cuidadora de colonias felinas desde pequeña con su padre cuando vivían en la capital catalana, y al llegar a Almería siguió haciéndolo.

Fátima Estevanez y Nur

Fátima, Ana y Alfonso unieron sus fuerzas hace unos años y fundaron Seven Lives en defensa de los gatos de Almería. Ana se ocupa de luchar con la ley en la mano, además de ser una estupenda conferenciante; Fátima se encarga de los contactos y de la comunicación en general, y Alfonso lleva la web y realiza reportajes.

Ana Martínez

Alfonso García con Marlene, Xindi e Imon

Como en muchas ciudades de España, el Ayuntamiento de Almería prefiere sacrificar a los gatos callejeros antes de implementar un programa CES (Captura, esterilización y suelta), un método que ha demostrado ser el único eficaz para el control de colonias felinas en múltiples ciudades europeas, estadounidenses y latinoamericanas. De hecho, en España está implantado en Zaragoza, Málaga, Barcelona, Mérida, Plasencia, Zamora, Huelva, Bilbao, Torremolinos, Madrid (en parte) y numerosos municipios de más de 5.000 habitantes, pero hay ayuntamientos que sencillamente rehúsan adoptar este método, Pamplona, Córdoba, Almería, por ejemplo. La alternativa es sacrificar a los animales callejeros.

Casco antiguo de Almería

Desde su creación, y conjuntamente con Escuadrón KAT, Seven Lives lucha para que esto cambie, aunque hasta ahora se han topado con una pared. El primero en rechazar de pleno el CES es el veterinario del Consistorio. Siempre que hablamos de un grupo que defiende a los gatos, publicamos fotos de las colonias, pero en este caso nos han pedido que no lo hagamos por una sencilla razón: si las fotos indicasen claramente dónde se encuentran, posiblemente desaparecerían al cabo de pocos días. Eso mismo le pasó a Fátima. Una mañana llegó a alimentar a una colonia, pero ya no quedaba un solo gato.

Alcazaba de Almería

Seven Lives cuenta con el apoyo incondicional de Jordi Esteva, cineasta, fotógrafo, escritor y gran amante de los gatos. Le citamos: “Víctor Hugo dijo que Dios había creado al gato para que el hombre pudiera acariciar y mantener a un tigre en su regazo. Baudelaire, Faulkner, Mark Twain, Patricia Highsmith, Colette o Truman Capote, y otros muchos escritores, eran fanáticos de los gatos. Por todo ello es necesario que cuidemos a nuestros gatos. Una sociedad que no respeta a sus animales es una sociedad profundamente enferma. En nuestras ciudades viven gatos abandonados o asilvestrados. Hay que cuidarlos. Se acabó la época de la crueldad. Por eso resultan tan dignos de elogio los esfuerzos de la plataforma felina almeriense en la que estarán aglutinadas todas las personas, colectivos y asociaciones que quieren que esta situación cambie y no sean exterminados los felinos ante la indiferencia o peor aún, ante los métodos expeditivos y crueles de nuestras autoridades, que con su actitud muestran la debilidad de su creencia en los valores que dicen defender”.

Jordi Esteva

Agnès Dufau, apodada la “Nobel de los gatos” y que gestiona la Plataforma Gatera de Barcelona, también apoya activamente a Seven Lives en conferencias y congresos; así como Isabel Mercader, decana de la Facultad de Ciencias de la Educación, Enfermería y Fisioterapia de la Universidad de Almería, que intenta legalizar con otra compañera las colonias felinas del centro universitario, donde se han dado varios casos de envenenamiento.

Agnès Dufau

Seven Lives, además de alimentar a muchos, captura, esteriliza y suelta a gatos ferales dentro de sus posibilidades, pero lo lógico sería hacerlo en conjunto con el Ayuntamiento porque dispone de medios. Seven Lives presentó un estudio de lo que se hace en Málaga y que podría aplicarse sin mucho esfuerzo en Almería. Ahora mismo, Fátima Estevanez calcula que hay unos 1.100 gatos callejeros en la ciudad y unos 95 cuidadores, por lo que estamos hablando de más de cien gatos por cuidador, algo insostenible.

Seven Lives también se dedica a dar charlas sobre fauna urbana en institutos de Almería y Roquetas de Mar, y ha participado en las primeras Jornadas Felinas de Andalucía. Además, intentan llegar a un acuerdo con la Autoridad Portuaria para que las inmediaciones del Cable Francés de Almería, ahora un espacio descuidado y abandonado, acoja un parque para gatos. Actualmente hay una colonia de 25 gatos en la zona. “Como una muestra de voluntad y del interés que tenemos, limpiamos el espacio donde el humano dejó alrededor de unas veinte bolsas de basura de 100 litros llenas de todo lo imaginable y dos cajas de cartón con cristales y latas. Esa suciedad no la generan los felinos, esa suciedad la generamos los ciudadanos, y entendemos que si ese espacio se ve bonito, con los gatos cuidados por los voluntarios, desparasitados, alimentados de modo adecuado y esterilizados por la Autoridad Portuaria, aplicando el CES (Captura, esterilización y suelta), puede ser un punto de referencia a la hora de caminar por el paseo marítimo”, explican Fátima Estevanez y Ana Martínez.

Otro proyecto es crear una colonia felina legalizada en las cercanías de Carrefour e impedir así que sigan capturándolos y llevándolos a la perrera. Y por fin, está “el canto a la esperanza”, así lo define Fátima. Implantar en la cárcel de Acebuche, Almería, lo mismo que se ha hecho en la cárcel de Quatre Camins, situada a 40 km de Barcelona, donde viven 90 gatos a los que cuidan los reclusos. Pero esto será el tema de otra entrada dentro de unas semanas.

Desde aquí agradecemos el empeño y esfuerzo a favor de los gatos de Almería por parte de Seven Lives. En los países latinos se dice que los gatos tienen siete vidas, pero en los de habla inglesa, nueve. Según un proverbio inglés: “Un gato tiene nueve vidas. Durante tres vidas, juega; durante tres, se pierde, y durante las últimas tres, se queda en casa”. Ojalá dentro de poco podamos publicar un artículo diciendo que ya hay colonias legales en Almería.

Alcazaba de Almería