Hasta no hace mucho tiempo, en numerosos países se consideraba al gato negro como portador de mala suerte, y a partir del siglo XVI se empezó a asociar a los gatos de cualquier color con las brujas. La primera mención de las nueve vidas de un gato aparece en el libro titulado “Beware of the Cat” (Cuídese del gato), de William Baldwin, publicado en 1584, donde en la página 22 dice: “De ahí viene el conocido dicho de que un gato tiene nueve vidas; es decir, que una bruja puede meterse en su cuerpo nueve veces”.
A pesar del título y de lo mucho que se habla de gatos en lo que ha llegado a llamarse la primera novela escrita en inglés, se trata sobre todo de una sátira de la sociedad de la época, más que de un tratado sobre gatos, pero incluye numerosas creencias populares bastante negativas hacia ellos, sobre todo los de color negro.
La oscuridad del pelo de un gato se debe a la presencia de melanina, un pigmento que funciona del mismo modo en la piel de los seres humanos. Los gatos domésticos tienen 38 cromosomas, y uno de ellos, el E2, lleva el gen ASIP, que produce gatos negros. Ahora bien, ambos padres deben ser portadores del ASIP – aunque no sean negros – para que nazca un gatito negro, ya que el gen es recesivo en el gato doméstico. Aparte de eso, nada diferencia a un gato negro de otro de cualquier color.
La creencia de que los gatos, y sobre todo los de color negro, empezaron a ser odiados en la Edad Media está muy arraigada. Basta con teclear “gatos y Edad media” para que aparezcan numerosos artículos atestiguando esta supuesta “verdad”. En muchos se acusa al muy longevo Papa Gregorio IX (1145-1241) de odiar a los gatos y de ser el responsable de que se quemaran y mataran miles de gatos en los “oscuros” siglos XII y XIII.
Para empezar, deberíamos replantearnos el supuesto oscurantismo de la Edad Media. Basta con admirar las iglesias y edificios que se construyeron entonces, los textos y poemas que se escribieron, así como la música que se compuso. Es verdad que en algunos países de Europa, la piel del gato servía para hacer abrigos y se comía su carne. Quizá no venga mal recordar aquí que en las guerras europeas del siglo XX se comía gato.
Volviendo a Gregorio IX, también se le acusa ser el creador de la Inquisición. Sin embargo, fue creada por el papa Lucio III en 1184 para combatir el auge de los Cátaros en el Rosellón y establecida definitivamente por Inocencio III en Tolosa, Francia, en 1224. Gregorio IX no ocupó el trono papal hasta el 1227, año a partir del que se dedicó a combatir las numerosas herejías aparecidas en Europa.
En junio de 1233 publicó la bula “Vox in Rama” (Voz en Rama, la ciudad de la tribu de Benjamín, Jeremías 31:15) condenando el luciferianismo, que proliferaba en Alemania. Se mandaron copias de la carta al emperador Federico II, al rey Enrique de Alemania, al arzobispo Sigfrido III de Maguncia, al obispo Conrado II de Hildesheim y al predicador Conrado de Marburgo.
La bula describe detalladamente el rito de iniciación de los herejes: un sapo enorme, del tamaño de un perro, se acercaba al neófito, y un hombre demacrado le daba un beso para que olvidara inmediatamente la fe católica. Después de compartir una comida con los otros miembros, aparecía la estatua de un gato negro que cobraba vida y andaba hacia atrás con el rabo muy tieso. El iniciado primero y el maestro luego besaban el trasero del gato. Al finalizar una orgía, un hombre salía de una esquina oscura: “De la cintura para arriba brillaba como el sol. De la cintura para abajo era peludo como un gato”. La ceremonia acababa con una breve letanía.
En ningún momento incita Gregorio IX en su bula a matar a gatos ni a quemarlos vivos. Se limita a condenar la herejía, y pide a las autoridades religiosas y seculares de la diócesis que impidan estas prácticas y encarcelen a los participantes. El texto no acusa a los gatos de ser satánicos y no se han encontrado pruebas documentales o arqueológicas de un exterminio masivo de gatos en las ciudades europeas durante los siglos XIII y XIV, ni siquiera en Maguncia y alrededores.
La caza de brujas no empezaría realmente hasta el siglo XVI. Elizabeth Lowys fue la primera mujer en ser condenada a muerte por bruja de acuerdo con el “Witchcraft Act 1563” (Ley de Brujería de 1563). Otro caso muy temprano involucró a tres mujeres, Agnes Warehouse, su hija Joan, y su hermana Elizabeth Francis; aquí, un gato tuvo un papel de lo más relevante.
Elizabeth Francis reconoció tener un espíritu familiar, un gato negro con manchas blancas llamado Sathan, un regalo de su abuela, la persona que le había enseñado brujería cuando tenía doce años. El gato permaneció con ellas unos quince o dieciséis años, y se lo regaló a Agnes Warehouse a cambio de un bollo. Según Elizabeth, el gato hablaba con voz ronca y bastaba con darle una gota de su sangre para que hiciera lo que ella le pedía. También dijo que el gato la instruyó sobre qué hierbas tomar para abortar.
Además, reconoció haber matado a varias personas y robado ovejas antes de acusar a Agnes Warehouse. Dijo haberle revelado los secretos de la brujería e indicado, refiriéndose al gato, que “debía llamarle Sathan y darle su sangre y leche”. Agnes guardaba al gato en una vasija forrada de lana, pero al querer utilizar la lana para otros menesteres, lo convirtió en sapo. Otras fuentes dijeron que el propio gato se había convertido en sapo.
A continuación, la pequeña Agnes Warehouse, de doce años, dijo haber utilizado al gato para molestar a una niña vecina que había rehusado darle un trozo de pan y queso. Curiosamente, Agnes no reconoció haber matado a nadie, pero fue condenada a la horca. Y aunque la pena fue bastante menor para Elizabeth, se la condenó a muerte trece años después. Antes de morir, Agnes se arrepintió y dijo que siempre había rezado mucho en latín porque el gato le prohibía hacerlo en inglés. Curioso detalle si tenemos en cuenta que la misa se decía en latín hasta mediados de los años sesenta del siglo pasado.
Nada de lo anterior explica por qué, a partir de finales del siglo XV, los gatos, sobre todo los negros, empezaron a ser asociados con las brujas. Habrá que indagar más.
















