Calle Amaniel

A los madrileños se les llama gatos, pero ¿por qué? Según el catedrático de Historia Contemporánea Luis Enrique Otero Carvajal, de la Universidad Complutense de Madrid, la leyenda cuenta que, en 1085, cuando Alfonso VI se preparaba para conquistar la entonces denominada Mayrit del dominio árabe, un soldado se lanzó a escalar la muralla construida en 852 con la ayuda de una daga. Una vez arriba, permitió la entrada a las tropas del rey cristiano.

Calle Cedaceros

Después de hacer prueba de tan gran destreza al trepar por el alto muro, sus compañeros le apodaron gato. Parece ser que el soldado incluso decidió cambiarse el apellido por Gato y que, con el tiempo, en Madrid se empezó a llamar “gatos” a los valientes, antes de pasar a denominar a los nacidos en Madrid. Pero no a todos, solo a los que podían probar que eran (y son) de tercera generación.

Gatos en parque madrileño

No hemos encontrado otra explicación al apodo de los madrileños, aunque reconocemos que la leyenda nos parece algo exagerada. Pero además de los habitantes de la ciudad, ¿hay más gatos? Pues sí. Según los datos del censo de animales de 2024, cohabitan con sus 3.460.491 habitantes 174.251 gatos, aproximadamente la mitad que perros. Sin embargo, diez años antes solo había 40.551 gatos. Suponemos que este incremento se  debe a que los dueños de gatos son cada vez más conscientes de la necesidad de poner un chip a sus felinos.

Gatos en la Puerta del Sol, Lorenzo Goñi (Aguafuerte)

En los edificios de la Edad Media e incluso anteriores pueden verse las marcas de los canteros grabadas en la piedra. En Madrid existen grabados que podrían recordar a estas marcas. Desde hace décadas, arquitectos, albañiles y constructores que trabajan en la ciudad dejan dibujos tallados en bancos, vallas, escalones, suelo. No se sabe exactamente cuántos hay – aunque son muchos –, ni siquiera se ha realizado un listado oficial de los grabados. Pero todos tienen algo en común, se encuentran a la altura de nuestros tobillos o de nuestros pies.

Según Obras y Equipamiento del Ayuntamiento: “Las marcas e imágenes que se han ido insertando en el pavimento y mobiliario responden al objetivo de recuperar la memoria de lugares y reforzar el valor patrimonial de algunas fincas. La idea es dejar pequeñas señales secretas en la ciudad que se descubran por casualidad”. Al igual que las marcas de canteros, no intentan ser las protagonistas, solo quieren ayudar a que se recuerde la identidad del sitio.

Hablamos de estas marcas madrileñas porque el hilo conductor es el gato: “El gato es uno de los símbolos no oficiales de la ciudad, y todas nuestras reformas, en principio, contarán con su presencia, asociándolo a su historia o a alguna de las actividades singulares que se llevan o han llevado a cabo en la plaza”, cuenta José Luis Sanz Guerrero-Strachan, Arquitecto de la Dirección General de Espacio Público e Infraestructuras del Ayuntamiento.

Jardín Botánico

Por ejemplo, hay uno delante del Jardín Botánico en un recuadro de piedra que protege una farola. El gato tiene una pata levantada para jugar con una flor, lo que tiene sentido dada su ubicación. Y otro en la plaza de Pontejos jugando con un ovillo porque en esa plaza estaba el gremio de las mercerías.

Jardín Botánico
Plaza de Pontejos

En la plaza de la Cebada encontramos un gato jugando con un ramo de cebada porque, antaño, era el lugar donde llegaban con carros repletos de cebada para venderla en el mercado que está detrás. La plaza de Alfredo Mahou se creó en 1979 y, en honor, al inventor de la famosa cerveza, vemos un gato jugando con un botellín vacío.

Plaza de la Cebada
Plaza de Alfredo Mahou

En la plaza de Cervantes, el gato lee, y en la de Tamayo y Baus está de pie ante unas máscaras de teatro.

Plaza de Cervantes
Plaza de Tamayo y Baus

También hay un gato rojo que vigila Madrid desde las alturas. Se encuentra en la calle de Alcalá, 31, en un emblemático edificio diseñado por Antonio Palacios cuya construcción tuvo lugar entre 1935 y 1943, antes sede del Banco Mercantil e Industrial y, desde su remodelación en el 2002, sala de exposiciones perteneciente a la Consejería de Empleo de la Comunidad de Madrid.

dEdmo (Calle de Alcalá)

El gato rojo es obra del artista dEdmo (Eladio de Mora) y empezó a otear el horizonte madrileño desde 35 metros de altura a partir de 2008. Por cierto, dEdmo tiene otras dos esculturas felinas muy cerca de Madrid, concretamente en Getafe. Un gato azul corona el Ayuntamiento de la localidad y otro verde, la residencia de estudiantes de la Universidad Carlos III.

dEdmo (Getafe)
dEdmo (Getafe)

A finales de febrero de 2019, y solo durante dos semanas, apareció bruscamente un gato negro de tres metros de alto realizado en fibra de carbono en la plaza del Callao. Se trataba de Balance, obra del artista urbano madrileño Sabek.

Sabek (Plaza del Callao)

No podemos acabar esta entrada sin mencionar el famoso cuadro “Riña de gatos”, de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828),  para un tapiz que formaba parte de los que debían decorar el comedor de los Príncipes de Asturias (el futuro Carlos IV y María Luisa de Parma) en el Palacio de El Pardo, encargado en 1786. Se trataba de una serie de trece tapices descritos como “Pinturas de asuntos jocosos y agradables” con escenas campestres y de las estaciones. El cartón se conserva en el Museo del Prado.

Riña de gatos, Francisco de Goya

También en el Prado está el famoso cuadro de «El jardín de las delicias», de El Bosco. Buscando un poco, hemos encontrado a dos gatos. Uno, localizado en el panel central, es bastante inquietante, luce un extraño cuerno en la frente y tiene la cabeza cubierta con un paño. El otro, sin embargo, situado en el panel izquierdo, es mucho sencillo: un gato con un ratón – o una lagartija – en la boca.

El jardín de las delicias, El Bosco (Detalle del panel central)
El jardín de las delicias, El Bosco (Detalle del panel izquierdo)

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