En “Suite Française” (Suite francesa), de Irène Némirovsky, el gato ocupa un lugar tan inesperado como importante, convirtiéndose en un personaje de pleno derecho en el capítulo 20. Es el testigo mudo silencioso de las tensiones y de las alteraciones en la vida del pueblecito de Bussy, en Francia, bajo la ocupación alemana durante la II Guerra Mundial.
La escritora nunca pudo acabar la novela que empezó a imaginar durante la debacle de junio de 1940, cuando se refugió con su marido y sus dos hijas en un pueblecito del Morvan, una región de Borgoña, donde se dieron cuenta demasiado tarde de que la huida no les protegería de los nazis. Pensó en un libro de cinco tomos, pero en verano de 1942 fue llevada a Auschwitz y murió de tifus unas semanas después. Solo había escrito “Tempête en juin” (Tempestad en junio) y “Dolce”. “Captivité” (Cautividad) era un esbozo y los dos últimos tomos no eran más que proyectos.
Irène Némirovsky, nacida en Kiev el 11 de febrero de 1903 en el seno de una familia judía adinerada, recibió la educación habitual de la alta burguesía de la época completamente volcada en la cultura francesa. Sus padres, huyendo de la revolución rusa, se instalaron en París y ella fue a la universidad. Conoció a Michel Epstein, su futuro marido, el 31 de diciembre de 1924, y se casó con él año y medio después.
La primera foto de la escritora con un gato es de 1928. En las cuatro que hemos encontrado, siempre se ve a Kissou, un gato negro enorme al que tiene en brazos para la foto. En 1928 ya debe de tener unos tres años para haber alcanzado semejante tamaño. En la foto con sus hijas Denise, nacida en 1929, y Elisabeth, en 1937, Kissou tendría 15 o 16 años, ya que la niña pequeña parece tener algo menos de dos años.
Para poder incluir todo el fragmento dedicado al gato Albert en “Suite francesa”, esta entrada se publicará en dos partes.
El gato Albert había escogido pasar la noche en el cuarto donde dormían los hijos de la familia Péricand. Al principio subió a la colcha doblada a los pies de Jacqueline y empezó a amasar y a morder suavemente la cretona que exhalaba un olor a pegamento y a fruta, pero Tata entró y le echó. Tres veces seguidas, en cuanto se volvió, regresó al sitio con un salto silencioso y una gracia aérea, pero acabó por abandonar la lucha y acostarse debajo de la bata de Jacqueline en el hueco de la butaca.
Todos dormían en el cuarto. Los niños descansaban tranquilamente y Tata se había quedado traspuesta con el rosario en la mano. El gato, inmóvil, clavaba un ojo verde en el rosario que brillaba bajo la luz de la luna; mantenía cerrado el otro. Tenía el cuerpo escondido debajo de la bata de franela rosa. Poco a poco, con suma lentitud, sacó una pata, luego la otra, las alargó y las sintió estremecerse desde su articulación superior, un muelle de acero disimulado bajo una piel suave y cálida, hasta sus uñas duras y transparentes. Tomó impulso, saltó a la cama de Tata y se quedó largo rato observándola sin moverse; solo vibraban las extremidades de sus finos bigotes. Por fin avanzó una pata e hizo moverse las cuentas del rosario; al principio, apenas las agitó, pero le gustó el tacto de las minúsculas esferas redondas y perfectas que rodaban entre sus uñas. Al darles una sacudida algo más fuerte, el rosario cayó al suelo. El gato se asustó y desapareció debajo de la butaca.
Al poco rato, Emmanuel se despertó y gritó. Las ventanas estaban abiertas, como también lo estaban las contraventanas. La luna alumbraba los tejados del pueblo; las tejas centelleaban como las escamas de un pez. Del jardín apacible se desprendía un perfume y la luz plateada parecía moverse cual agua transparente, flotar y caer suavemente en los frutales.
El gato, después de alzar con el hocico los flecos de la butaca, contempló el espectáculo con expresión grave, extrañada y soñadora. Era un gato muy joven que solo había conocido la ciudad, y allí, las noches de junio se olisqueaban únicamente desde la distancia; a veces se respiraba una bocanada tibia y embriagadora, pero aquí el perfume le llenaba los bigotes, le envolvía, le asía, le penetraba, le mareaba. Con los ojos medio cerrados, notaba ondas de olores fuertes y dulces recorrer su cuerpo, los últimos lilos con un tufillo a descomposición, la savia de los árboles, la tierra tenebrosa y fresca, los animales, pájaros, topos, ratoncillos, todos ellos presas, olor almizclado mezcla de pelo, piel, olor a sangre…
El deseo le hizo bostezar, saltó al alfeizar. Se paseó durante un buen rato a lo largo del canalón. Ahí mismo, anteayer, una mano vigorosa le había cogido y tirado a la cama de una Jacqueline sollozante. Pero esta noche, nadie le atraparía. Midió con la mirada la distancia que le separaba del suelo. Franquearla no era nada para él, pero quizá quiso darse más importancia exagerando la dificultad del salto. Movió la parte posterior del cuerpo con el aire feroz del vencedor, barrió el canalón con su largo rabo negro, se lanzó y acabó en la tierra recién movida.
Dudó un instante, metió el hocico en el suelo; ahora estaba en el centro, en el hueco más profundo, en el mismo regazo de la noche. Había que olerla desde el suelo, todos los perfumes se encontraban entre las raíces y las piedrecitas, aún no se habían evaporado, aún no se habían desvanecido hacia el cielo, aún no se habían diluido en el olor de los humanos. Olores que hablaban, secretos, cálidos. Estaban vivos. Cada uno liberaba una pequeña vida escondida, feliz, comestible… Escarabajos, musarañas, grillos y ese sapito cuya voz parecía llenarse de lágrimas cristalinas…
Las largas orejas del gato, pequeños conos rosados con pelos plateados, puntiagudas y delicadamente enrolladas como la flor de la campanilla, se irguieron; escuchaba los ligeros ruidos de las tinieblas, tan ligeros, misteriosos y, a sus oídos, tan claros: crujido de paja en el nido donde el pájaro vigila la nidada, escalofrío de plumas, golpecito del pico contra la corteza del árbol, agitación de alas, de élitros, de patas de ratoncitos rascando suavemente la tierra, hasta la explosión sorda de las semillas que germinan.
Ojos dorados huían en la oscuridad, los gorriones dormidos bajo las hojas, el mirlo gordo, el carbonero, la hembra del ruiseñor; el macho sí estaba despierto, cantaba, le contestaban desde el bosque y el río.
(Seguirá la semana que viene)














