Gatos y Respeto

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Los gatos de la isla de Lamu

Lamu es un pequeño archipiélago situado a pocos kilómetros de la costa de Kenia, cerca de su frontera norte, con una población de unos 20.000 habitantes, de los que el 90% son de origen suajili. Se cree que la ciudad del mismo nombre, en la isla también llamada Lamu, fue fundada en el siglo XII. Portugal invadió el archipiélago en 1505 debido a su excelente ubicación para controlar el comercio en el océano Índico. Un siglo y medio después, el sultanato de Omán ayudó a Lamu a oponerse al control portugués, dando pie a la época dorada de la ciudad.

Lamu, la ciudad

Además de convertirse en un importante núcleo comercial, también fue conocido como centro artístico, literario y académico. En el siglo XIX, la poetisa Mwana Kupona, autora de una de las primeras obras de la literatura suajili, alcanzó un estatus social mucho más elevado de lo que le habrían permitido en Kenia en su época. Lamu pasó a ser dominado por el sultán de Zanzíbar y, posteriormente, por los alemanes. Desde la independencia de Kenia en 1963, ha recuperado gran parte de su autonomía.

Lamu

La isla de Lamu es Patrimonio de la Humanidad, pero además cuenta con dos valores añadidos a nuestro modo de ver: sus gatos y sus burros. Hablando de los primeros, cada día, con la marea alta y exactamente media hora antes del regreso de los pescadores, decenas de gatos se apostan en el puerto mirando hacia el mar. Al poco de llegar, los pescadores les tiran la morralla, que se disputan a menudo con los marabúes.

Estos gatos no se parecen mucho a los que acostumbramos a ver en occidente. De silueta sumamente grácil, ojos rasgados y cabeza triangular, orejas grandes y puntiagudas, cuello largo, patas altas y delgadas, a primera vista recuerdan al “mau” egipcio. Muchos defienden que los gatos de Lamu son los últimos representantes de la raza domesticada hace 2.500 años a orillas del Nilo.

Teóricamente, los gatos de Lamu habrían llegado a la isla (y a todo el archipiélago) incluso antes de que un comerciante griego, contemporáneo de la dinastía ptolemaica, describiera la costa en el “Periplo del mar Erítreo”, escrito unos 200 años a. de J.C. Los barcos de entonces siempre llevaban gatos a bordo para combatir a las ratas y anclaban a menudo en el archipiélago, protegido de las olas por una barrera de coral.

No sabemos a ciencia cierta si hace tanto tiempo que llegaron los felinos a Lamu, pero sí puede asegurarse que ya estaban durante la fundación de la ciudad en el siglo XII. Curiosamente, los gatos han conservado la elegancia de sus antepasados, aunque el pelaje ha adoptado todos los colores habidos y por haber. Son gatos gregarios y suelen formar auténticos clanes, aunque esto no excluye las habituales peleas territoriales.

Se calcula que hay aproximadamente diez mil gatos en las cuatro islas que forman el archipiélago, y que unos cuatro mil viven en la ciudad de Lamu. Teniendo en cuenta que una gata puede dar a luz a unos dieciséis gatitos cada año, si no se controlase la población felina, esta no tardaría en superar al número de habitantes humanos.

Y aquí es donde aparece la “Lamu Animal Welfare Clinic” (http://www.lamu-vet.org/), una clínica veterinaria creada para cuidar de los animales de la isla, y dedicada especialmente al programa CES en lo que a gatos se refiere. Operan entre 20 y 30 diarios, incluso más cuando tienen ayuda de veterinarios voluntarios procedentes del continente o del extranjero. Dos personas salen a la calle diariamente a capturar gatos para esterilizarlos. Los machos se sueltan a las 24 horas y las hembras, unos días después de la operación.

La clínica, que funciona como una organización benéfica, abrió sus puertas en 2004, para controlar la proliferación de gatos y, asimismo, evitar que enfermasen y pasasen hambre. La ONG sobrevive gracias a la ayuda financiera de los habitantes de la isla, comercios y negocios, del ayuntamiento y del departamento veterinario del archipiélago. También la apoyan varias fundaciones extranjeras, como la Fondation Brigitte Bardot, Help Animals International, Humane Society International y Alice Noakes Memorial Charitable Trust, entre otras.

Las habitantes de Lamu, musulmanes en su inmensa mayoría, no tienen nada contra los gatos, todo lo contrario. No olvidemos que Mahoma amaba a los gatos y que su primer discípulo, Abu Huraira, era llamado “Padre de los gatos”. Pero no todos – ni mucho menos – aprueban la esterilización, lo que plantea ciertas dificultades a la clínica veterinaria, aunque cada vez menos.

Hace 20 años, en 2009, falleció Fatuma Paka, que compartía su casa con unos cien gatos. Sus vecinos cuentan que en su lecho de muerte, solo le preocupaba el destino de sus queridos amigos. Fatuma Paka, cuyo segundo nombre significa “gatito” en suajili, se gastó lo poco que tenía alimentando y cuidando a sus gatos. Por suerte, la clínica veterinaria logró encontrar hogares para la mayoría de ellos.

En 1998, el documentalista Jack Couffer pasó una temporada en Lamu estudiando, siguiendo y fotografiando a los gatos de la isla. El libro “The Cats of Lamu” es una joya, pero los vecinos del autor, durante su estancia, no solo le tacharon de excéntrico, sino incluso de loco por seguir a gatos noche y día.

Diecisiete años después, Julie Delfour, apasionada por el mundo animal, doctorada en Geografía y licenciada en Ciencias Sociales y Etiología, publicó otro libro magnífico, “Les chats de Lamu – Sur les traces des premiers chats” (Los gatos de Lamu – Siguiendo la huella de los primeros gatos).

La isla de Lamu carece de carreteras y las calles de la ciudad son muy estrechas, tanto que no caben los coches. Más de seis mil burros sirven como medio de transporte. Son tan fundamentales para la economía de la isla que la ONG más importante del lugar se dedica solo a ellos y uno de los dos únicos coches es una ambulancia para asnos.