Francisco José Domingo Marqués nació en Valencia (España) el 12 de marzo de 1842 hijo de un comerciante. Poco se sabe de sus primeros años hasta que se matriculó en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de la misma ciudad en 1862. Su profesor y maestro fue el miniaturista Rafael Montesinos y Ramiro, gran admirador de Ribera, al que José Domingo copió asiduamente de joven.

En 1864, a los 22 años, se trasladó a Madrid para seguir estudiando en la Real Academia de San Fernando, donde ganó el Premio Roma tres años después. Gracias a este galardón podía terminar su formación en Roma. Allí estudió desde 1868 en el taller de Eduardo Rosales y conoció a Mariano Fortuny, a quien retrató póstumamente en 1884.  En 1867 fue profesor de la Academia de San Carlos desde su taller en Valencia y entre sus alumnos figuraban los hermanos José y Mariano Benlliure.

De hecho, este último le consideraba el artista que había permitido el renacimiento de la escuela valenciana. La amistad entre ambos perduró en el tiempo y Benlliure le dedicó un busto que ganó la Medalla de Oro del Emperador en la Exposición Internacional de Viena de 1894. Domingo Marqués obtuvo reconocimiento muy pronto en su tierra natal y creó una red de pintores amigos entre los que estaban Juan Peyró, José Benlliure, Ignacio Pinazo, Antonio Muñoz Degrain, Emilio Sala y Joaquín Sorolla.

Busto del pintor, por Benlliure

A partir de 1871 no regresó a Roma, por lo que perdió su beca y decidió mudarse a Madrid, impulsado por el éxito obtenido en la Exposición Nacional de 1871. A pesar de que sus obras fueron muy bien recibidas en la capital y de obtener varios encargos para decorar palacetes de Portugalete y Fernán Nuñez, debido a la crisis económica en la que estaba sumida España, su éxito no le garantizaba una estabilidad financiera suficiente, sobre todo después de casarse con la madrileña Elvira Fallola, con la que tuvo cuatro hijos; el tercero de los cuales fue el pintor Roberto Domingo.

Debido a que los marchantes franceses Henri Haro y Adolfo Goupil comercializaban en Europa su cuantiosa producción, se instaló en París en 1875, ciudad donde permaneció hasta 1914. Su casa fue punto de encuentro de cuantos españoles visitaban la ciudad, especialmente de sus paisanos Mariano Benlliure y Joaquín Sorolla. Durante casi todo el último cuarto del siglo XIX, su versatilidad como pintor le permitió satisfacer las demandas del mercado europeo mediante retratos y cuadros de género, muchos de ellos ambientados en un pasado  novelesco. No en vano fue calificado por Mariano Fortuny como el Meissonnier español.

Entre su extensa producción se encuentran obras con asuntos militares de época napoleónica, en pequeño formato, en las que no suelen faltar caballos, perros y gatos, aunque estos últimos en menor cantidad. Los interiores constituyen otro tema recurrente: alcobas, salas, gabinetes, fogones, anticuarios, juegos de cartas y dados, actividades domésticas, escenas donde la luz entra por una ventana convirtiéndose en un personaje más de la composición.

También fue retratista, con especial sensibilidad en los cuadros de niños, como lo demuestra en el encargo que recibió de la reina regente María Cristina de Ausburgo, en 1887, para realizar el retrato de su augusto hijo, futuro rey Alfonso XIII, de apenas dos años de edad y por el que percibió la cantidad de cien mil pesetas, cifra astronómica en aquella época, según recibo conservado en el Archivo General del Palacio de Oriente, lo cual avala su calidad y prestigio como pintor. El lienzo se encuentra actualmente en las que fueron las habitaciones privadas de la citada reina.

Sus obras fueron requeridas por el marchante Everard para sus casas de Londres y París, así como por el millonario Vandervild en Nueva York, o por Archer Huntington. A partir de 1900 se hizo un hueco en el mercado sudamericano a través de José Artal; recibió el encargo de pintar los retratos de los presidentes argentinos Sarmiento y Mitre, además de los solicitados por la prestigiosa familia de Torcuato de Alvear, con quien mantuvo una estrecha relación.

En 1914, ante el estallido de la Primera Guerra Mundial, regresó a Madrid con su familia. Participó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1915 con varias obras. A instancias de amigos y alumnos, entre estos Sorolla, Marceliano Santamaría y Casado del Alis, ingresó como académico de número en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, a la que regaló su magnífico Autorretrato. En 1918, Valencia le tributó un caluroso homenaje presidido por Mariano Benlliure, entonces director general de Bellas Artes.

Autorretrato, 1884 (Museo del Prado)

Falleció en Madrid, a los setenta y ocho años de edad, el día 22 de julio de 1920. A lo largo de su vida obtuvo condecoraciones y títulos honoríficos por la exquisitez y perfección de su pintura. Fue considerado un seguidor de Francisco de Goya, y es verdad que este cuadro de dos perros recuerda a algunos del célebre pintor.

Solo hemos encontrado diez lienzos de gatos de la mano de Domingo Marqués, una minucia entre su enorme producción. Pero lo más sorprendente es que se trata del único pintor que alcanza esta cifra entre los artistas españoles de finales del XIX y principios del XX. Los gatos estaban de moda en Inglaterra, Francia, Alemania o, mejor dicho, el Imperio Austrohúngaro e Italia. Al parecer, en la Península Ibérica no embellecían las moradas burguesas ni los palacetes de la nobleza. Habrá que ahondar más en este tema.

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