El afecto que el escritor Haruki Murakami siente por los gatos es conocido de todos sus lectores. Además de convivir con ellos, aparecen regularmente en sus novelas. Pero Murakami fue más allá. En 1974 abrió con su mujer el bar/café/club de jazz “Peter Cat” (Pedro Gato), llamado así por uno de los gatos favoritos del autor que en esa época había sido trasladado a la casa que un amigo tenía en el campo porque en el piso de Tokio se estresaba. El bar estaba lleno de figuritas y dibujos de gatos.
Tres años después, los Murakami trasladaron el bar a un lugar más céntrico. Fuera, una enorme cara del gato de Cheshire daba la bienvenida a los clientes, y dentro había más figuritas, dibujos y cuadros de gatos. Pero eso ocurrió antes de hacerse famoso como escritor. Años después reconoció que fue muy duro mantener el bar abierto durante varios años. En 2015 le preguntaron por su empeñó, y contestó: “Poníamos discos a todas horas, músicos jóvenes venían a tocar, escuchaba jazz quince horas diarias”. Puede que los gatos sean una pasión para Murakami, pero el jazz es otra.
Después del éxito de “Kafka en la orilla” (Tusquets, 2006), un periodista insistió en la importancia que daba a los gatos en esa novela, a lo que Murakami respondió: “Será porque los gatos me gustan. Siempre he tenido gatos, desde pequeño. Ignoro si hay otra razón”.
El 7 de octubre de 2019, la revista “The New Yorker” publicó parte del libro “Abandoning a Cat: Memories of My Father” (Abandonar a un gato: Recuerdos de mi padre), aún traducido al español. Cuenta brevemente que cuando aún era muy pequeño, cree que podría ser en 1955, a los seis años, su padre se lo llevó para abandonar a una gata. Subido en la parte trasera de la bicicleta, Haruki sujetaba la caja con la gata.
No recuerda por qué, pero dice que entonces era lo más normal abandonar a un gato. El caso es que los tres llegaron a la playa de la ciudad de Nishinomiya y dejaron allí a la gata. Regresaron inmediatamente en bicicleta, con el padre pedaleando, y al llegar a casa, la gata les esperaba con el rabo muy tieso. Ni el padre ni el hijo entendieron cómo había podido adelantarles, pero la expresión de sorpresa del padre se tornó en alivio y la gata se quedó a vivir con ellos.
En 1985 publicó un pequeño ensayó titulado “Acerca de la muerte de mi gato”, que empieza así: “Mi gata murió hace poco. Era una abisinia. Me la había dado Ryū Murukami (otro famoso novelista japonés) y se llamaba Kirin por el mítico unicornio chino, nada que ver con la cerveza”.
Sigue explicando cómo la incineraron y depositaron la urna en el santuario familiar en el jardín de casa. “Ahora vivo en una casa antigua muy japonesa y es cómodo disponer de un santuario para casos como este. Me parece difícil encontrar un lugar donde dejar las cenizas de un gato si se vive en un apartamento moderno en Tokio. No creo que sea lo mejor dejarla encima de la nevera, ¿verdad?”
A continuación da una lista de todos sus gatos hasta entonces. Fallecidos: Kirin, Butch, Sundance, Mackerel y Scotty; regalados: Calico y Peter; desaparecidos: Black y Tobimaru, y la gata que aún queda, Muse. “Ahora que me paro a pensarlo, solo un mes en los últimos quince años no ha habido un gato en casa”. No sabemos si los gatos de Murakami se llaman realmente así o si es una traducción al inglés de su nombre japonés.
En otro ensayo, “Choju neko no himitsu” (El secreto de un gato anciano), cuenta cómo le pidió a una de las ejecutivas de la editorial Kodansha Ltd. que cuidara de su gato mientras él realizaba un viaje. A cambio le prometió que escribiría una novela que ellos publicarían, y esta fue la superventas “Tokio Blues”, aparecida en 1987 en Japón, el libro que le catapultó a la fama.
En ese mismo ensayo dice: “Aún recuerdo cuando escribía mi primera novela, “Escucha la canción del viento”, de noche con el gato en mi regazo y tomándome una cerveza. Al gato no parecía gustarle que escribiera y a menudo sembraba el caos con mi manuscrito”.
En las novelas de Murakami, los gatos también sirven de portales para llegar a otros mundos, como en “Kafka en la orilla”, donde median entre el mundo “real” y un mundo paralelo que, al parecer, carece de explicación. En “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”, la búsqueda de un gato lleva al protagonista a un patio donde hay un pozo que le llevará a otro mundo.
Haruki Murakami nació en 12 de enero de 1949 en Kioto, durante la explosión de natalidad después de la II Guerra Mundial. Creció en Nishinomiya, Ashiya y Kobe. Hijo único, su abuelo paterno era un sacerdote budista y su abuelo materno, un mercader de Osaka. Sus padres eran profesores de literatura japonesa. A pesar de eso, creció leyendo a autores occidentales como Braughtigan, Chandler, Fitzgerald, Dostoievski, Kerouac, Vonnegut, Salinger, Chejov, cuya influencia le diferenció de la mayoría de autores japoneses de su generación.
Mientras estudiaba Arte Dramático en la Universidad de Waseda, en Tokio, conoció a su esposa Yoko. Empezó a trabajar en una tienda de discos y poco antes de acabar los estudios universitarios, Yoko y él abrieron “Peter Cat”, que vendieron en 1981.
Haruki Murakami es un entusiasta del maratón y del triatlón, aunque no empezó a correr hasta los 33 años. En junio de 1996 completó su primer ultramaratón, una carrera de cien kilómetros alrededor del lago Saroma en Hokkaido. Habla de lo que correr significa para él en “De qué hablo cuando hablo de correr”.
La leyenda cuenta que en 1978 estaba en el estadio Jingu viendo un partido de béisbol cuando Dave Hilton, un jugador estadounidense, entró a batear. En el momento en que realizó un doble, Murakami supo que podía escribir una novela. Se fue a casa, y esa misma noche empezó a escribir. Ha sido traducido a más de cuarenta y cinco idiomas.
Incluimos cuatro acuarelas del pintor japonés Yutaka Murakami, cuyo tema favorito son los gatos. A pesar de llevar el mismo apellido, no tiene nada que ver con el autor. Murakami – que significa “el pueblo de arriba” – es el apellido número 35 en orden de importancia en Japón y proviene sobre todo del centro y de la isla de Okinawa.

















