Gatos y Respeto

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Gatos curiosos y la autora Angela Carter

La escritora británica Angela Carter decía que escribió su primera novela a los seis años, “Bill and Tom Go to Pussy Market” (Bill y Tom van al mercado gatuno), que según ella “estaba llena de realismo social: gatos yendo a sus ocupaciones diarias”. De niña, su favorito se llamaba Charlie, un gato bastante maleducado que se hacía pis en los zapatos de su madre.

Angela Carter con un gato

Pasaron los años y adoptó a un gato “de orejas color lavanda y ojos verdes helecho” con su primer marido. Vivió dos años en Tokio y la acompañó una tricolor. De vuelta a Londres, Cocker y Ponce se quedaban en el jardín cuando soltaba a Adelaide y Chubbeleigh (dos pájaros) por el salón. En una entrevista explicó: “Me llevo bien con los gatos porque algunas de mis antepasadas fueron brujas”.

Angela Carter escribió dos libros infantiles dedicados a gatos. El primero, “Comic and Curious Cats”, es una especie de abecedario. Por ejemplo, en la letra I dice: “Me gusta mi gato con I porque es Ingenioso, Ingenuo y se Insinúa. Se llama Iñigo, vive en Inverurie y come calamares Incesantemente. Claro que en inglés calamar es “Inkfish” y también empieza por I, pero no hemos encontrado ningún habitante de los mares que empezara por I en español. El libro está ilustrado por Martin Leman, a quien dedicaremos una entrada muy pronto.

El segundo libro infantil, “Sea-Cat and Dragon King” (Gato Marino y Rey Dragón), cuenta cómo Gato Marino lleva fabulosos trajes incrustados de piedras preciosas que le hace su madre. Sin embargo, el Rey Dragón vive en la más absoluta soledad debido a su tremenda fealdad. En cuanto ve a Gato Marino, quiere su traje, pero Gato es listo y sabe que su madre puede transformar las lágrimas de rubíes de Dragón en el traje más maravilloso para el pobre Rey.

El libro más famoso de Angela Carter es “The Bloody Chamber and Other Stories” (La cámara sangrienta y otros cuentos), publicado en Inglaterra en 1979 y en España en 1991, una antología de diez cuentos de hadas reimaginados por la escritora. Entre estos se encuentra “El gato con botas”, pero no tiene nada que ver con el cuento de Perrault del que hablábamos la semana pasada (https://gatosyrespeto.org/2019/11/21/el-gato-con-botas/) Tres años antes había aceptado un encargo para traducir los cuentos de Perrault al inglés, de ahí nació la idea de dar la vuelta a los cuentos de hadas.

En esta versión, Gato ya tiene botas cuando conoce a un joven tan descarado como él. Ambos viven en Bérgamo y hablan italiano, aunque Gato también habla francés porque “solo se puede ronronear en francés”. Los dos son tramposos, mujeriegos o “gatariegos”, y sobreviven a base de trampas y engaños hasta que el amo se enamora perdidamente de una joven a la que ven pasar en compañía de su vieja criada. Gato no puede creerse que su amo ya no esté interesado en otras mujeres y piensa que la única solución es conseguir que la joven se entregue a él. Eso le curará seguro.

Descubre que la joven está casada con un hombre de avanzada edad y que tiene una gata, Atigrada. Se hace amigo de Atigrada. Esta acepta ayudarle y entrega una carta a su ama. El joven le canta una serenata a su amada, pero hay mucho bullicio en la plaza y no le oye. Gato escala la fachada para avisarla y baja mediante un peligroso triple salto mortal.

El triple salto mortal

Otro triple salto mortal

Deciden que se presentarán como “cazarratas” una vez que Atigrada haya esparcido ratas medio muertas por la casa. La vieja criada, aterrada, les hace pasar y la doncella la convence para que la deje a solas con los “cazarratas” en su dormitorio. Los dos jóvenes hacen el amor apasionadamente mientras Gato simula cazar. Cuando entra la vieja y pregunta por qué está deshecha la cama, el joven le dice que Gato ha librado una terrible batalla con una rata enorme.

Pero el encuentro no cura a su amo. Atigrada le cuenta a Gato que el viejo marido tiene dinero de sobra para mantenerlos a todos y que el pobre podría caerse por las escaleras una buena mañana. Y así es. La criada avisa a un médico y el amo de Gato se hace pasar por doctor. Atigrada no se ha andado con chiquitas, el Sr. Pantaleone se ha roto el cuello. Los dos jóvenes aprovechan para hacer el amor en el suelo (el anciano esposo está en la cama). Ella hereda la fortuna de su difunto marido y se casan. Gato se resigna a dejar atrás sus días de soltero, convive con Atigrada y tienen tres preciosos gatitos.

A primera vista, las versiones de Angela Carter no se parecen a los cuentos originales. Pero basta con fijarse un poco para darse cuenta de que las versiones actuales de los cuentos infantiles tradicionales han sido totalmente edulcoradas si las comparamos a las que se contaban hace sesenta años. Los cuentos de hadas eran mucho más oscuros, sorprendentes y mágicos que los de ahora.

Comic and Curious Cats (contraportada)

Angela Carter nació el 7 de mayo de 1940 y fue la niña mimada de sus padres. En el instituto, sus profesores la animaron para estudiar en Oxford, pero cuando su madre se iba a mudar allí para estar con ella, cambió de idea y prefirió casarse para huir del amor agobiante de su progenitora. Paul Carter, su marido, la introdujo en el mundo de los cuentos. A los 22 años, Angela se matriculó en la Universidad de Bristol, se especializó en Estudios Medievales, y descubrió a Freud y el surrealismo.

Empezó a publicar y en 1969 ganó el Premio Somerset Maugham, que consistía en quinientas libras, y se fue a vivir a Japón sola durante un tiempo para alejarse de las depresiones de su marido. Siempre dijo que sus dos años en Japón la convirtieron en una feminista porque “las jóvenes de Tokio se comportaban como si fueran sus propias muñecas”. Regresó a Londres cuatro años después y siguió escribiendo sin preocuparse mucho por la trama ni el desarrollo de los personajes. Quizá por eso sus mejores obras son historias cortas o cuentos en general bastante truculentos.

Un día, dos años después de volver de Japón, uno de los grifos de la cocina se rompió. Había visto a un albañil trabajando en la casa de enfrente y corrió a pedirle ayuda. Se llamaba Mark Pearce, tenía 19 años entonces, y ella, 34. Mark entró en casa de Angela y nunca se fue. Era muy apuesto, no hablaba mucho; siguió siendo albañil, ella siguió escribiendo. En 1983, a los 43 años, dio a luz a su hijo Alexander.

En una entrevista dijo: “Me asombra ver que en la lista de ‘escritores británicos contemporáneos importantes’ no aparezca una sola mujer, ni siquiera Doris Lessing, la única de todos con auténtica reputación internacional”.

A principios de 1991, poco antes de publicar “Niños sabios”, empezó a sentir dolores en el pecho. Le diagnosticaron un tumor inoperable en el pulmón derecho. Se casó con Mark – no se habían molestado en hacerlo hasta entonces -, y semana tras semana, sentada en su salón, organizó pequeños encuentros para despedirse de sus amigos. Falleció en su casa el 16 de febrero de 1992 a los 51 años.


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El libro del gato, de Miss Frances Simpson

En 1903, la Srta. Frances Simpson publicó “The Book of the Cat” (El libro del gato),

Miss Frances Simpson con el persa plateado Camyses

compuesto por doce láminas a color y 350 ilustraciones y fotografías en 376 páginas repartidas en 32 capítulos que van desde el origen del gato hasta sus enfermedades y cómo tratarlas, además de un índice. Cabe preguntarse qué empujó a la Srta. Simpson a abarcar tal magna obra.

Bonny Boy, uno de sus gatos persas

Para hacer un brevísimo resumen de su vida, diremos que nació en 1857 en Haughton Le Skerne, Durham, Inglaterra, y que sus padres eran el reverendo Robert James Simpson y Mary Elizabeth Simpson. Tuvo tres hermanos y dos hermanas. Fue periodista, escritora, criadora de gatos, juez en concursos felinos y secretaria honoraria de la Sociedad de Persas Azules. Murió el 19 de enero de 1926 a los 66 años.

Tres entusiastas de los gatos no han desaparecido en el olvido, y estos son Louis Wain, Harrison Weir y “Miss” Frances Simpson, como siempre la llamaban. Los tres se conocieron bien, coincidieron como jueces en concursos felinos y estuvieron entre los primeros amantes de los gatos de la era victoriana. La vida de los dos primeros, Louis Wain y Harrison, es conocida, pero se sabe muy poco de Frances Simpson más allá de los artículos que publicaba en revistas.

Big Ben, otro de sus gatos persas

Su estilo literario es el de una mujer culta; no cabe duda de que defendía la ética victoriana y que creía en trabajar duro. Las fotos que acompañan los informes de los concursos felinos publicadas en la revista “Fur and Feathers” (Pelo y pluma) son las de una joven elegante de su época.

Posiblemente haya sido la escritora más prolífica del naciente entusiasmo por los gatos, y sus libros se consideran como auténticas fuentes de conocimiento de entonces. Se la cita como la escritora del famoso “Libro del gato”, aunque en realidad actuó más bien como editora, recopilando información, encargando artículos a criadores, naturalistas y veterinarios. No fue sencillo reunir la enorme cantidad de material contenido en el libro y suponemos que debió andarse con pies de plomo para no herir las sensibilidades de las clases altas de la época eduardiana y victoriana a la hora de dar consejos acerca de cómo cuidar a los gatos.

Crystal, propiedad de la Srta. Frances Simpson

A finales del siglo XIX y principios del XX, lo habitual para una joven de su clase social antes de casarse, o si no se casaba, era convertirse en dama de compañía. Pero Miss Frances Simpson fue periodista y jamás se casó. Es muy probable que, de haberlo hecho, no habría podido dedicar el suficiente tiempo y energía al mundo de los gatos.

Frances Simpson juzgando a un persa

 

Frances Simpson y Louis Wain

El reverendo Simpson se trasladó a Londres con su familia en 1870. Un año después, a los 14 años, Frances Simpson visitó la primera exposición de gatos celebrada en el Crystal Palace de Sydenham, en Londres. Probablemente fue entonces cuando le contagió el virus del entusiasmo por los gatos que recorría entonces la sociedad londinense, debido en gran parte a la enorme labor de Harrison Weir, el primero en organizar una exposición felina. Si a Harrison Weir se le consideró “el padre fundador” del “Cat Fancy”, Frances Simpson se ganó el apodo de “hada madrina”. Defendió a capa y espada el bienestar de los animales, y a menudo regañaba a los criadores y exhibidores por transportar a los gatos en malas condiciones.

Frances Simpson y un persa azul

Crió persas azules, que estaban muy de moda, pero reconocía sentir debilidad por los atigrados; defendió a los siameses y premió a varios. En aquella época, los gatos callejeros no formaban parte del esquema de la clase alta. Sin embargo, personas más sencillas como Louis Wain y su esposa tenían un gato blanco y negro llamado Peter (https://gatosyrespeto.org/2015/09/10/los-gatos-psicodelicos-de-louis-wain/). Basta con leer algunos párrafos de la introducción al “Libro del gato” para convencerse de que Miss Frances Simpson los amaba a todos, fueran de pelo largo o corto, de raza o callejeros.

La introducción empieza así: “Hace tiempo que los amantes de los gatos sienten la necesidad de un libro que hable en un estilo popular de estos animales, por lo que ha sido un auténtico placer dedicarme a escribir ‘El libro del gato’ y plasmar los resultados de una larga experiencia de la forma más interesante y sencilla posible, para que el libro pueda interesar a los criadores, y para que también atraiga a esa parte de la comunidad que ama a los gatos porque sí, y no solo por sus premios y pedigrí. Es posible que las maravillosas reproducciones de esta obra consigan convencer a alguna que otra persona que declara odiar a los gatos para que se dé cuenta de su error y acabe por abrir su corazón al pobre minino”.

Hacia la mitad del párrafo cuarto dice: “Mi mente vuela a lejísimos años del pasado, cuando el gato era un dios o un ideal, y se le adoraba. Mucho más tarde, ‘nuestro gentil Will’ lo llamó ‘el gato inofensivo y necesario’ (Shakespeare, El mercader de Venecia), y eso siempre lo ha sido, e incluso más para muchos. Cuán solitario es el hogar sin un gato;  por fin ahora, y espero que dure mucho, los gatos están de moda. Hace treinta años tenía muy claro que no se valoraba lo suficiente a los gatos y se me ocurrió sugerir un concurso felino. Dicen que la novedad encanta, pero pobre del que sugiere algo nuevo. Se rieron de mí sin compasión. Pero nada tiene tanto éxito como el propio éxito. Y si me permiten decir algo sobre las exposiciones actuales, creo que no han cumplido con mis expectativas”.

Y sigue diciendo: “¿Por qué? Porque todo el mundo se ocupa y preocupa de ciertas razas felinas. ¿A qué viene hablar tanto de los gatos de pelo largo, sean azules o plateados? Eso no es criar gatos. Deseo y espero vivir para ver muchos más ‘gatos inofensivos y necesarios’ en nuestros concursos y exposiciones; un gato de pelo corto de categoría es uno de los animales más perfectos que jamás he contemplado”.

La autora concluye con estas palabras: “Solo espero que las numerosas páginas que he dedicado al ‘gato inofensivo y necesario’, cuya amistad ante la chimenea he disfrutado durante toda mi vida, despierten el interés y la admiración por estas amables y complejas criaturas que devuelven un poco de comprensión con mucho amor”.