Gatos y Respeto

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El niño que dibujaba gatos

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Hace mucho tiempo, en un pueblecito de Japón, vivía un granjero y su mujer. Eran pobres, tenían muchos hijos y les costaba alimentarlos a todos. El mayor ya trabajaba con su padre a los 14 años y las niñas ayudaban a su madre en cuanto tenían edad suficiente.

Pero el último en nacer, un niño, no parecía hecho para el trabajo duro. Era muy listo, más que sus hermanas y hermanos, pero era pequeño y débil, y todos decían que nunca llegaría a ser muy fuerte. Así que sus padres pensaron que sería mejor que se hiciera monje en lugar de granjero. Le llevaron al templo del pueblo y le pidieron al viejo monje que le aceptase como ayudante.

El anciano hizo algunas preguntas al niño y al ver con qué inteligencia contestaba, decidió educarle. El chico aprendía rápido y era muy obediente, pero tenía un defecto: le gustaba dibujar gatos mientras estudiaba, y los dibujaba incluso donde no debía.

Dibujaba gatos en cuanto estaba solo. Gatos en los márgenes de los libros, en los biombos del templo, en las paredes, en las columnas… Por mucho que el monje le reprendiera, el niño no podía remediarlo. Le poseía “el genio artístico” y no era el acólito ideal. Un buen acólito estudia, no dibuja.

Edición de Frédéric Clément

Después de pintar unos gatos en un biombo, el monje le dijo que no podía seguir en el templo. Y antes de que se fuera, le dio un consejo: “No lo olvides, evita los lugares grandes de noche, escoge siempre un lugar pequeño”. El niño no entendió el consejo, pero no se atrevió a preguntar y se limitó a despedirse del anciano.

Edición de Lafcadio Hearn
Edición de Frédéric Clément

Estaba muy triste y no sabía qué hacer. No se atrevía a ir a casa, convencido de que sus padres le regañarían por haber desobedecido al monje. Entonces se acordó de que en otro pueblo, a unos 20 kilómetros, había un templo muy grande con muchos monjes. Decidió andar hasta allí y pedirles que le acogieran como acólito.

Edición de Frédéric Clément

El chico ignoraba que el templo estaba cerrado desde hacía tiempo porque un duende se había apoderado del edificio y había asustado a los religiosos. Unos valientes guerreros habían intentado echar al duende, pero nadie volvió a verles nunca. El niño no lo sabía, echó a andar y llegó al pueblo de noche.

Edición de Frédéric Clément

Todo el mundo se había acostado, las casas estaban sumidas en la oscuridad, solo brillaba una luz en el templo. Al llegar a la puerta, llamó. El silencio era total, volvió a llamar y, al no recibir respuesta, empujó suavemente la puerta. No estaba cerrada con llave, de lo cual se alegró.

Edición de Frédéric Clément

Le extrañó que la lámpara estuviera encendida y que no hubiera nadie. También se dio cuenta de que había mucho polvo y telas de araña por doquier, pero pensó que era una buena señal: los monjes necesitaban un ayudante. Lo que más le gustó fue descubrir varios biombos grandes y blancos, perfectos para pintar gatos. Encontró un estuche de pinturas, trituró tinta y se puso manos a la obra.

Edición de Lafcadio Hearn

Después de pintar muchos gatos, empezó a tener sueño. Y recordó el consejo del monje: “Evita los lugares grandes de noche”. El templo era enorme. Por primera vez sintió un poco de miedo y decidió dormir en un pequeño mueble con puerta corredera. El sueño se apoderó de él nada más acurrucarse. Ya de madrugada, le despertó un ruido terrible, como de una tremenda pelea. Era tan horrible que ni siquiera se atrevió a mirar por el resquicio de la puerta.

Edición de Frédéric Clément

La lámpara se apagó, el espantoso escándalo siguió durante mucho tiempo. Por fin se restableció el silencio, pero el niño no asomó la nariz hasta que los primeros rayos de sol penetraron en el interior del mueble por una ranura. Todo el suelo estaba cubierto de sangre y en el centro del templo yacía muerto un enorme, un monstruoso duende rata, ¡más grande que una vaca!

Edición de Lafcadio Hearn

Pero ¿quién lo había matado? De pronto le llamó la atención que las bocas de los gatos que había dibujado la noche anterior estaban rojas y húmedas de sangre. Comprendió que sus gatos habían matado al abominable duende y entendió el consejo del anciano monje.

Con el tiempo, el niño se convirtió en un célebre artista. Todavía hoy se enseña a los viajeros algunos de los gatos que dibujó aquella noche.

Edición de Lafcadio Hearn

El texto original de este cuento fue traducido del japonés al inglés por Lafcadio Hearn en 1898. Es el número 23 de la “Serie de cuentos de hadas japoneses”, de Hasegawa Takejirō, que Hearn incluyó en su recopilación con ilustraciones de Suzuki Kason. La historia era conocida desde la región de Tōhoku hasta la de Chugoku y en la isla de Shikoku como “Eneko to nezumi”, y algunos expertos la hacen remontar al siglo XV.

Patrick Lafcadio Hearn, escritor, periodista, traductor, nació el 27 de junio de 1850 en la isla de Lefkada, Grecia, de madre griega y padre irlandés. Debido a una serie de complicados acontecimientos, la familia se trasladó a Dublín, ciudad en la que primero le abandonó su madre, a continuación su padre y finalmente su tía abuela paterna, a la que habían nombrado su tutora.

Obligado a embarcarse para Estados Unidos a los 19 años, consiguió trabajo de reportero en Cincinnati y, posteriormente, en Nueva Orleans, antes de que le mandaran como corresponsal al Caribe francés, donde permaneció dos años. Desde allí, el periódico le envió a Japón, país en el que vivió el resto de su vida.

Se casó con una japonesa y tuvieron cuatro hijos. Se integró en la cultura de su país de adopción y se cambió el nombre por el de Koizumi Yakumo. Gracias a sus traducciones y publicaciones, Occidente pudo empezar a conocer una cultura tan desconocida como fascinante.

Lafcadio Hearn
Edición de Lafcadio Hearn

Es recordado sobre todo por sus recopilaciones de leyendas e historias de fantasmas, como “Kwaidan: Historias y estudios de cosas extrañas”. También se le conoce por haber escrito sobre Nueva Orleans, basándose en los diez años que residió en esta ciudad.

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