Gatos y Respeto

Por unos gatos felices

El gato en la literatura medieval

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Esta entrada no intenta ser más que una aproximación muy general del papel del gato en la literatura medieval. Poco a poco intentaremos aportar más datos acerca de lo que representaron y de cómo fueron tratados en una época que tendemos a considerar como oscura, opinión que quizá merezca ser revisada. Los gatos tuvieron grandes defensores y también, por desgracia, grandes enemigos, como los papas Inocencio VII (1336 – 1415) e Inocencio VIII (1432 – 1492). Este último publicó una bula ordenando que se quemara vivas a las brujas así como a sus gatos. Aunque estos papas ya no pertenecían a la Edad Media, sino al Renacimiento.

Hemos escogido unos fragmentos de cinco libros que nos parecieron interesantes y divertidos.

En las Etimologías, de Isidoro de Sevilla, libro 12, 2:38, del siglo VII, se dice que: “El gato es llamado musio porque ataca al ratón (mus). Otros dicen que se llama cattus (del sustantivo “captura”), y otros que se llama cattat (ver) porque ve tan bien que su mirada penetra la oscuridad”.

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Curiosamente, El bestiario de Aberdeen, publicado en el siglo XII en Inglaterra, y que consiste en una recopilación de distintos libros similares, principalmente el “Physiologus” griego, dice algo muy similar: “El gato es llamado musio, cazador de ratones, porque es el enemigo de estos. Comúnmente se le llama catus, gato, por captura, el acto de cogerlos. Otros dicen que el nombre viene de capto, porque atrapa a los ratones con sus agudos ojos. Pues tiene una vista tan penetrante que vence a la oscuridad de la noche con el brillo de la luz en sus ojos. Así, catus significa en griego agudo, o ingenioso”.

En la novela Perceval o El cuento del Grial (Capítulo “Las gotas de sangre en la nieve”), de Chrétien de Troyes, leemos: “Bien lo sabréis amansar como se amansa a un gato”, frase que dice el senescal Keu a Gawain antes de que este vaya a ver a Perceval ensimismado en la contemplación de las tres gotas de sangre en la nieve.

Bartholomaeus Anglicus, en De proprietatibus rerum (libro 18), del siglo XIII, describe al gato como sigue:

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Es una bestia lasciva en su juventud, rápida, ágil y alegre, y salta en todo lo que está ante él; le distrae una paja, y con ella juega; pero con la edad se hace gordo y dormilón, y espera furtivamente a los ratones, a los que descubre más por el olfato que por la vista, y los caza y lleva a lugares recónditos, y cuando atrapa a un ratón, juega con él y lo come después de jugar. En época de amoríos, lucha para conseguir compañera, y uno araña y magulla al otro mordiendo y arañando. Hace un ruido espantoso cuando se pelea con otro; y no se hace daño cuando se le tira de lugares elevados. Y cuando es de pelaje claro, parece enorgullecerse de ello, y cuando se le quema el pelo, en casa se queda; y a menudo se le lleva a matar y a despellejar”.

El Evangelio de las ruecas es una colección de cuentos medievales escritos por Fouquart de Cambray, Duval Antoine y Jean d’Arras en Bestiario_medieval_4lengua de oil y en picardo, publicados en Brujas por Colart Mansion en 1480. El libro cuenta las conversaciones de seis mujeres llamadas “sabias doctoras e inventoras” que se reúnen durante seis veladas en las que hablan de las enfermedades y sus remedios, de recetas, dichos, consejos, y citan a los gatos en varias ocasiones:

Si veis un gato sentado en una ventana al sol, lamiéndose el trasero y levantando la pata para pasarla por encima de la oreja, no dudéis que ese día no lloverá”. Segundo día, capítulo XXII.

Si se quiere mantener al gato o la gallina en casa para que no se pierdan, hay que coger el gato o la gallina, darles tres veces la vuelta alrededor de las llares, y después restregarles las patas contra la pared de la chimenea; así ya no podrán salir de la casa”. Segundo día, capítulo XXIIII.

Si una mujer pone en la oreja de su marido plumas de un capón que hubiera estado con jóvenes polluelos, pelo de la pata derecha de su perro y pelo del extremo de la cola del gato, permanecerá siempre enamorado de ella”. Quinto día, capítulo I.

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