Gatos y Respeto

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Gatos en los autorretratos de Tsuguharu Foujita

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Pocos artistas, incluso nos atreveríamos a afirmar que ninguno, han realizado tantos autorretratos con gato como Foujita, y en la inmensa mayoría se trata de su gato Miké. En una entrevista, el pintor contó que “una noche, o mejor dicho, un amanecer, ya era mucho más de las doce, volviendo a casa andando desde Montmartre a Montsouris, me di cuenta de que me seguía un gatito tan tímido como terco. Intenté alejarle, pero estaba empeñado, y acabamos delante de mi puerta al mismo tiempo”. El pintor le dejó entrar en su taller y le llamó Miké, que en japonés significa “tres pelos” porque era un atigrado de tres colores.

También dijo: “Antes de Miké no conocía bien a los gatos, pero él me ha enseñado que los animales mandan. Ahora sé que debo alimentarle, ocuparme de él, caerle bien, llevarle de paseo al parque Montsouris y ponerle música”. A la pregunta de si a los gatos les gustaba la música, contestó: “A este no me cabe duda. Si quiero retratarle en una pose que me gusta, basta con abrir la caja mágica y el modelo permanece inmóvil, sus ojos dorados brillan, le recorren pequeños escalofríos por la espalda…”

Al principio de iniciar este blog publicamos una pequeña entrada acerca de Tsuguharu Foujita (https://gatosyrespeto.org/2014/12/05/mike-y-el-pintor-foujita/), pero esta vez queremos centrarnos en sus autorretratos. El joven y elegante japonés de 27 años llegó a París el 6 de agosto de 1913 y casi inmediatamente conoció en un café al pintor Manuel Ortiz de Zárate, que le llevó al taller de Pablo Picasso.

Hijo de Tsugakira Fujita, médico y general del ejército imperial, tuvo una vocación muy precoz a la que su padre no se opuso, todo lo contrario. A los 14 años, uno de sus dibujos fue seleccionado para formar parte del Pabellón de Japón en la Exposición Universal de París. Tres años después empezó a asistir a clases de francés con la idea de ir a estudiar a París, pero su padre prefirió que ingresara en la Escuela de Bellas Artes de Tokio, donde se graduó a los 24 años. El general aceptó darle el dinero suficiente para pasar una temporada en París unos años después.

Ya era demasiado mayor para matricularse en la Escuela de Bellas Artes y decidió pedir una licencia de copista en el Louvre que le permitía recorrer todas las salas a su antojo. Se impregnaba de la atmósfera de la ciudad y dibujaba en los cafés. Anne Le Diberder, directora de la Casa Museo Foujita, dice: “Ningún artista japonés se había atrevido a transgredir las convenciones de su país”. El pintor entendió muy pronto que el talento no bastaba, había que darse a conocer, sobresalir, y para eso se dejó ver en cafés, fiestas, exposiciones. Tardó unos años en adoptar el aspecto que luciría toda la vida y equivaldría a su firma: el famoso flequillo, joyas, tatuajes y ropa muy sofisticada.

Conoció a la modelo Fernande Barrey en marzo de 1917 y se casó con ella trece días después. Se divorciaron en 1928, aunque hacía tiempo que se habían separado. Ese mismo año expuso un centenar de acuarelas en la galería Georges Chéron, marchante de Modigliani y Soutine, con un éxito total. Picasso fue el primer día y se quedó varias horas, extasiado ante los cuadros. Al acabar la I Guerra Mundial y reabrirse el Grand Palais en la primavera de 1919, y luego el Salón de Otoño, sus obras se expusieron con los grandes de la pintura francesa.

Autorretrato en tatami

Detalle

Todo el mundo quería olvidar “la Gran Guerra” y Montmartre conoció una euforia sin precedentes. En 1922, Tsuguharu Foujita vio a Lucie Baloud, que aún no tenía veinte años, en el café La Rotonde. El día de su cumpleaños le ofreció un descapotable cuyo tapón de radiador era un bronce de Rodin. La apodó Youki, “Rosa de las nieves”, por la blancura de su piel y se convirtió en su modelo predilecta, inspirándole sus mejores desnudos. En 1927, la gran retratista austríaca Dora Kallmus le fotografió con su gato, y sabemos que ese mismo año se mudó de la calle Delambre a la plazoleta Montsouris, donde encontró a Miké. Sin embargo, en la fotografía no está Miké, sino un gato blanco con una oreja negra, lo que nos lleva a pensar que el pintor tuvo más de un gato.

En la casa de Montsouris diseñó y cosió sus trajes, creó su vajilla, filmó y fotografió, además de pintar sin cesar. A través de sus incontables autorretratos, con o sin Miké, nos dejó una mirada extrañamente impasible y distante. Pero en 1930, Youki se enamoró perdidamente de Robert Desnos, y Foujita decidió dejar París un año después para trasladarse al continente americano con una joven bailarina, Madeleine Lequeux. Juntos recorrieron Brasil, Argentina, Colombia, Perú, México y California. Al llegar a Río de Janeiro en 1931, el pintor Candido Portinari le organizó varias exposiciones. En Tokio fue recibido con los honores de una estrella en 1933, expuso en la galería Nichido y realizó grandes obras murales. Madeleine murió inesperadamente de una sobredosis en junio de 1936.

Regresó brevemente a París en 1930, pero al estallar la II Guerra Mundial no le quedó más remedio que volver a Japón y convertirse en “pintor de guerra”. Su colaboración con el militarismo japonés y posteriormente con Estados Unidos no pasó inadvertida y fue bastante criticado. Por fin consiguió un visado para Estados Unidos en 1949 gracias al general MacArthur. Los cuadros que expuso en Nueva York durante su estancia se cuentan entre sus obras maestras.

Volvió definitivamente a París en enero de 1950 con Kimiyo, su esposa japonesa, y empezó de cero, contactando con marchantes que organizaron exposiciones en Argelia, Marruecos y España. Obtuvo la nacionalidad francesa en 1955, y después de una iluminación mística en 1959 mientras visitaba la basílica de Saint-Rémi en Reims, se convirtió al catolicismo y adoptó el nombre de pila de Léonard en honor a Da Vinci. Murió el 29 de enero de 1968 a los 82 años de un cáncer y está enterrado en la Capilla Foujita, que diseñó e hizo construir, al lado de Kimiyo, fallecida en 2009.

Parece ser que se había hecho tatuar un gato en un antebrazo. En 1930, Covidi Friede publicó “Book of Cats” con poemas de Michael Joseph y veinte grabados de Foujita. Está entre los quinientos libros raros más caros jamás vendidos y los expertos lo consideran “el libro más popular y más deseado sobre gatos que se ha publicado”.

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