Gatos y Respeto

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Gatos, palomas, peces de colores y Henri Matisse

El pintor Henri Matisse amaba a los gatos y a las palomas. Existen numerosas fotos suyas con Minouche, Coussi o La Puce, los tres gatos que tuvo cuando vivió en la villa “Le rêve”, en la Costa Azul. Minouche era un atigrado con una “M” dibujada en la frente y el pintor solía decir: “Eme de Matisse”. La Puce, que significa “La pulga”, pero también “La pequeña”, era negra y a menudo le acompañaba cuando no podía levantarse de la cama. Coussi era el más joven de los tres, quizá un hijo de La Puce, ¿quién sabe?

Con La Puce y Coussi (Foto de Robert Capa)

Año 1951

Matisse también tenía un gran interés por las palomas y los peces de colores, y tuvo varios perros. No es difícil llegar a la conclusión de que amaba a los animales en general. Sin embargo, solo pintó dos cuadros con gatos; el famoso “Gatos y peces de colores”, en el que vemos a un gato meter la pata en un bol en un intento de pescar algún pez, y el retrato de su hija Marguerite con un gato negro en el regado. El primero lo pintó en 1910, y el segundo en 1914. No se conocen otros cuadros suyos con gatos, y aunque aparecen dos o tres más en Internet, solo se trata de imágenes trucadas.

Gatos y peces de colores (1914)

Nació el 31 de diciembre de 1869 en Le Cateau-Cambrésis, una ciudad del norte de Francia donde su padre vendía grano. De joven estudió Derecho en París, desde 1887 a 1889, cuando regresó a su región natal para trabajar en un bufete, pero no tardó en asistir a clases de dibujo antes de ir al trabajo. Empezó a pintar a los 21 años mientras se recuperaba de una enfermedad y su madre le llevó lápices y un bloc de dibujo. Mucho más tarde dijo: “En cuanto tuve los lápices en las manos, supe que era mi vida”. Su madre fue la primera en aconsejarle que no siguiera las “reglas habituales”, sino que se dejara guiar por sus emociones.

Marguerite con el gato negro (1910)

Matisse se entregó a la pintura en cuerpo y alma, hasta el punto de que en una ocasión le dijo a Amélie Parayre, la joven con la que se casaría a los tres meses de conocerla: “La amo de verdad, señorita, pero sepa que siempre más a la pintura”. Se trasladó a París en 1891 para ingresar en la Escuela de Bellas Artes y en la Academia Julian, dos centros muy academicistas, pero también se familiarizó con las obras posimpresionistas de Paul Cézanne y de Vincent van Gogh.

Con su esposa Amélie

Empezó a exponer sus cuadros a mediados de los noventa y, generalmente hablando, las reacciones fueron favorables. En 1898 se casó con Amélie y tuvieron tres hijos, Marguerite, Pierre y Jean. Fueron años difíciles y si no hubiera sido porque la Sra. Matisse diseñaba maravillosos sombreros, la joven pareja y su hija lo habrían pasado muy mal.

Autorretrato

El galerista Ambroise Vollard (https://gatosyrespeto.org/2018/04/26/un-gato-sin-nombre-y-el-marchante-ambroise-vollard/) le organizó su primera exposición en solitario en 1904. Ese mismo año viajó a Saint-Tropez y a Collioure, en la Cataluña francesa, donde pintó varios cuadros que se expusieron en el Salón de Otoño de París en 1905. Estos cuadros y algunos de otros artistas no gustaron y un crítico comparó a los pintores con bestias salvajes, “fauves” en francés, dando pie al estilo fauvista. El cuadro más vilipendiado fue “Mujer con sombrero”, un retrato de su esposa. Sin embargo, lo compraron los coleccionistas Gertrude y Leo Stein, lo que dio a Matisse una inyección de moral en medio de tantas críticas negativas.

Matisse empezó a ser famoso, y entre 1906 y 1917 vivió en París, en una espléndida mansión llamada “Hôtel Biron”, con Auguste Rodin, Jean Cocteau e Isadora Duncan de vecinos. Era un hombre de costumbres regulares: se levantaba muy temprano para trabajar hasta la hora del almuerzo, volvía a su estudio después de comer y a última hora de la tarde tocaba el violín antes de tomar una cena ligera (un plato de sopa, dos huevos duros, una ensalada y una copa de vino). Solía acostarse temprano.

Con La Puce

Viajó extensamente a España, Italia y Marruecos entre 1909 y 1914 huyendo de los fríos inviernos de París. En esta época, el coleccionista ruso Sergei Shchukin fue uno de sus compradores más fieles adquiriendo un total de 32 cuadros. “Siempre se llevaba los mejores”, dijo Matisse. En 1917, queriendo alejarse de la Gran Guerra que destruía el norte de Francia, se mudó a Niza con su familia y solo regresó a París unas semanas al año en verano. Gran parte de su obra fue comprada por coleccionistas americanos, además de rusos.

Se separó de su esposa en 1939, después de 41 años de matrimonio. A partir de ese momento, la rusa Lydia Delectorskaya se ocupó de todos los asuntos del pintor con absoluta meticulosidad. Después de sufrir una operación en 1941, pasó largas temporadas sin poder moverse de la cama, lo que no le impidió seguir trabajando en compañía de sus gatos. Cuando se trataba de obras murales, y al no poder subirse a un andamio, ataba un pincel a un palo largo como hizo para la decoración del hotel Regina. Pero esa técnica no era una novedad, ya la había usado en 1910 para pintar el mural “El baile”.

Trabajando en “El baile” (1910)

Trabajando con Lydia en el hotel Regina, Niza (1952)

Matisse siempre intentó permanecer alejado de las corrientes filosóficas y de la política. Le causó una enorme sorpresa enterarse de que su exmujer había trabajado para el Partido Comunista, que su hija estuvo encarcelada seis meses por los nazis y que su hijo Jean saboteaba trenes para la Resistencia.

Con Coussi

Hacia el final de su vida sintió un nuevo impulso creador que le llevó a introducirse en las artes gráficas y a ilustrar libros. En 1951 acabó un proyecto que le llevó cuatro años, la decoración de la Capilla del Rosario (Chapelle du Rosaire) en Vence, que escandalizó a la jerarquía católica y tampoco fue bien vista por el mundo del arte contemporáneo de la época, muy influenciado por el comunismo.

Henri Matisse murió de un infarto a los 84 años el 3 de noviembre de 1954, con su hija Marguerite y Lydia Delectorskaya a su lado. Esta última abandonó la casa inmediatamente con la maleta que tenía preparada desde hacía 15 años. Está enterrado en el cementerio del monasterio de Nuestra Señora de Cimiez.

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Gatos en la pintura de Francis Picabia

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Francis-Marie Martinez de Picabia fue un pintor, dibujante y escritor francés perteneciente al dadaísmo y al

Autorretrato (1919)

Autorretrato (1919)

surrealismo. Su padre, Francisco “Pancho” Picabia, era de origen cubano y trabajaba en la Embajada de Cuba en París, ciudad en la que nació el pintor en 1879. Su vocación se manifestó muy pronto e ingresó en la Escuela de Artes Decorativas en 1895. Sin embargo, prefirió ir a la Escuela del Louvre y a la Academia Hubert, donde trabajó con Georges Braque y Marie Laurencin. En 1897 descubrió el impresionismo a través de los lienzos de Alfred Sisley, y un año después conoció a la familia Pisarro.

Durante los siguientes diez años, una de sus épocas más fecundas, pintó cientos de cuadros. Su primera exposición en solitario tuvo lugar en 1905 en la galería Hausmann con un éxito absoluto. Poco después empezó a dudar de los valores plásticos que le habían hecho famoso y en 1908 conoció a Gabrièle Buffet, muy unida al movimiento dada, que le animó a seguir su camino. Picabia rompió con el impresionismo y con sus marchantes gracias a la fortuna que le dejó su madre.

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Se casó con Gabrièle en 1909 y tuvieron cuatro hijos, Laure, Pancho, Jeannine y Vincente. Dos años después se unió al grupo de Puteaux, encabezado por Jacques Villon. Su primer éxito internacional le llegó con una exposición en el Armory Show de Nueva York. Poco después fundó con Marcel Duchamp (hermano de Jacques Villon) y Man Ray la revista “291” (llamada así por la galería 291 de Nueva York) y adoptó la estética del diseño industrial.

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En 1916 lanzó la revista “391” en Barcelona poco antes de unirse al dadaísmo, pero dos años después jugó a sabotear el movimiento con André Breton. Polémico, iconoclasta, sacrílego, provocador, era anti todo, antiburgués y anticomunista, puede que incluso anti Picabia.

Conoció a Germaine Everling en 1917 y la siguió a Lausana. En los años siguientes viajó a menudo a Nueva York, a Normandía y a la Costa Azul, donde era un asiduo de los casinos no siempre con muy buena fortuna. Con Germaine tuvo un hijo, Lorenzo, y la pareja contrató a una joven suiza, Olga Mohler, para ocuparse del niño.

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Francis Picabia no solo era un jugador empedernido, también un apasionado de los coches. Llegó a poseer 150 automóviles, lo que probablemente tuvo que ver con su ruina económica. También amaba el cine y escribió el guión de un cortometraje, “Entr’acte”, que dirigió René Clair y que se proyectaba en el intermedio de su ballet instantaneista con coreografía de Jean Börlin y música de Erik Satie. Realizó numerosos decorados para los Ballets Suecos, dirigidos por Rolf de Maré.

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Germaine Everling acabó dejándole y en 1940 se casó con Olga Mohler en el centro de Francia, donde habían huido ante la invasión alemana. Una vez acabada la guerra, volvió a un estilo abstracto. Arruinado, por primera vez debió vivir gracias a la venta de sus obras. En esa época pintó numerosos cuadros más bien pequeños de todo tipo de estilo. En 1949 la galería René Drouin organizó su primera retrospectiva. Poco después, su salud empezó a deteriorarse y sus últimas pinturas tendieron al minimalismo, puntos de color sobre fondos monocromáticos. Murió el 30 de noviembre de 1953, después de haber sufrido durante dos años de una arterioesclerosis paralizante que le impedía pintar.

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Hay una web dedicada al pintor (http://www.picabia.com/) con una biografía muy completa (en francés y en inglés), pero en ningún sitio se menciona que tuviera gatos. Picabia pintó cientos de cuadros durante su vida. Que hayamos encontrado nueve retratos de gatos no demuestra que le gustasen. En cuatro de estos cuadros representa al mismo gato blanco: dos magníficos retratos, un estudio con personajes y un cuadro con dos perros. En dos retrata al mismo gato negro y en otro vemos a un gato blanco; estos tres parecen pertenecer a la misma época. El octavo es un gato blanco y negro, y el noveno pertenece a la época de “transparencias” (1934). Casi nos atreveríamos a decir que al artista no solo le gustaban los gatos, sino que compartió su vida con alguno.